Jorge Javier Romero Vadillo
Cuba: de la mitificación romántica a la tragedia humanitaria
05/02/2026 - 12:02 am
"La cerrazón de Estados Unidos y el despropósito del embargo han ofrecido durante décadas la coartada perfecta para explicar un deterioro que ha sido autoinfligido".

La violencia se volvió gesta, la escasez adoptó el aire de virtud y el poder concentrado se vistió de épica liberadora; la toma del Estado se contó como redención colectiva y la autoridad, desnuda y dura, quedó cubierta por un relato de sacrificio, dignidad y destino histórico. Desde 1959, Cuba ofreció a buena parte de la izquierda latinoamericana el escenario perfecto para esa operación simbólica: barbudos victoriosos, Sierra Maestra, alfabetización, soberanía desafiando al imperio y una iconografía que convirtió la coerción en heroísmo y la disciplina en virtud cívica. La isla dejó de ser un país para convertirse en emblema, dejó de ser una sociedad concreta para volverse metáfora, y en ese tránsito la épica desplazó a la realidad, la consigna sustituyó al diagnóstico y la admiración estética por la revolución terminó por borrar la pregunta elemental por la libertad y el bienestar de quienes debían vivir dentro de la utopía.
Nací en 1959, el año del triunfo de la revolución cubana, en un entorno familiar donde, si no había devoción, sí imperaba un respeto casi reverencial por aquella hazaña que desafiaba al imperio y parecía encarnar un impulso justiciero. En casa circulaban las imágenes de la Sierra Maestra y la alfabetización con la naturalidad de los mitos bien instalados, aunque mi padre empezó a deslizar su escepticismo cuando el Che Guevara se lanzó a sus aventuras errantes por el mundo y, con mayor claridad, después de su viaje a la isla en 1968. Aun así, crecí en un clima donde la Cuba comunista funcionaba como ejemplo y referencia moral. Los ecos de esa gesta me llevaron, en 1980, a enrolarme en la Cruzada Nacional de Alfabetización en Nicaragua, con la ilusión de emular a aquellos jóvenes que habían enseñado a leer a los campesinos cubanos en los primeros años sesenta. El contacto con la revolución real, con sus iniquidades, sus abusos y las ambiciones muy terrenales de quienes la administraban, me devolvió a casa no sólo decepcionado del sandinismo, sino definitivamente curado de cualquier veleidad revolucionaria.
Desde el estallido del caso Padilla, a inicios de los años setenta, una parte de la intelligentsia latinoamericana empezó a mirar la revolución cubana sin el velo de la épica. El encarcelamiento del poeta y su humillante autocrítica pública dejaron al descubierto el costo político de la unanimidad obligatoria y la estrechez del margen para disentir. Algunos intelectuales que habían celebrado el experimento comenzaron a tomar distancia. Otros cerraron filas con una fidelidad de tono religioso, enviando al campo de los cómplices del imperio a cualquiera que se atreviera a cuestionar las virtudes del régimen. Para entonces, Cuba dependía ya de manera estructural del subsidio soviético, porque la gestión socialista había desmontado buena parte de su economía productiva, pero ese dato material pesó menos que la fe. La mitología resistió mejor que la realidad.
La caída de la Unión Soviética dejó al descubierto, sin coartadas, el vaciamiento económico que había producido la gestión revolucionaria y la apropiación estatal de casi toda la producción. El llamado período especial fue leído por algunos como la hora final de Castro, aunque el mito todavía apuntaló la estructura en ruinas. Fuera de la isla, en México y en buena parte de América Latina, una izquierda aferrada a su relato siguió sin registrar el fracaso y el sufrimiento que empujaba a los cubanos a escapar en cuanto encontraban una rendija, huyendo de un paraíso de calor infernal y carencias interminables.
En 1994, el impacto del EZLN descansó en buena medida en el deseo de ver reencarnado al Che Guevara en la figura del subcomandante Marcos, quien cultivó con esmero esa imagen de trasunto del guerrillero heroico. La violencia volvió a narrarse con acentos románticos y una parte considerable de la izquierda quedó embelesada por un halo de heroicidad con resonancias cubanas, como si en las montañas de Chiapas asomara, por fin, nuestra propia Sierra Maestra.
Mientras tanto, en Cuba, la inversión turística española ofrecía un respiro al desastre. Uno de los mitos fundacionales de la Revolución proclamaba que la isla dejaría de ser el burdel de los Estados Unidos. En los noventa, se convirtió en el lupanar de italianos, europeos y mexicanos que llegaban menos por las playas que por las jineteras y los efebos. La distorsión de incentivos alcanzó un punto grotesco: prostituirse rendía más que estudiar cualquier carrera y el horizonte más deseable consistía en largarse de esa cárcel de muros de agua.
La cerrazón de Estados Unidos y el despropósito prolongado del embargo han ofrecido durante décadas la coartada perfecta para explicar un deterioro que, en lo esencial, ha sido autoinfligido. La asfixia externa sirvió para ocultar la devastación interna. Hoy la isla toca fondo. Trump, miserable como es, percibe la oportunidad de rematar a la presa, pero el fracaso no nació en Washington: se incubó en la necedad de imponer una pretendida racionalidad revolucionaria que agotó recursos, desmanteló incentivos y dejó exangüe a la sociedad. La represión sofoca cualquier protesta y quienes podrían construir una alternativa ya se marcharon a vivir sus vidas en Estados Unidos, en España, incluso en México.
Aun así, los doctrinarios de la izquierda mexicana —muchos instalados en la coalición de poder— siguen sin mirar lo evidente. Cuba ha sido durante sesenta y siete años una dictadura despiadada y un desastre económico persistente. Nadie que aspire con honestidad a la justicia social y a la prosperidad de las personas puede seguir defendiendo a ese monstruo agonizante.
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