Agenda Ciudadana
Lorenzo Meyer
¿Cambio de régimen al norte del Bravo?
05/02/2026 - 12:05 am
"¿Estados Unidos, cuyo régimen político se fundó a fines del siglo XVIII, no estará experimentando un proceso de cambio en algunas de sus centenarias instituciones?".
Cambios. En América Latina y desde hace más de dos siglos se ha escrito y discutido mucho sobre los cambios en sus regímenes políticos. Por buenas y malas razones los ciudadanos latinoamericanos estamos familiarizados con la naturaleza imperfecta y mutante de las reglas fundamentales de nuestros procesos políticos. Sin embargo, y hasta hace poco, en las sociedades al norte del Río Bravo, sobre todo en Estados Unidos, había prevalecido una extraordinaria confianza en la longevidad de las estructuras constitucionales creadas por sus “padres fundadores”. Se daba por sentado que esos Estados Unidos de América eran algo tan excepcionalmente bien ideado que podría sostenerse por siglos con apenas pocos cambios.
Ni duda que la solidez del régimen político norteamericano es notable, pero también es evidente que hoy en el país de Donald Trump hay ciertos principios políticos clave de su estructura política, como la división de los tres poderes clásicos -ejecutivo, legislativo y judicial- que pareciera que ya no funcionan tan bien como antes, en particular los que fijan los límites del poder presidencial.
Y es que no pueden verse y entenderse como normales -como politics as usual- los choques abiertos, físicos, que han tenido lugar en media docena de estados de la Unión Americana entre ciudadanos airados y las milicias federales patrullando las calles y a las que los primeros definen como fuerzas de ocupación, particularmente en los casos de la Patrulla Fronteriza y del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas o ICE, que van masiva y literalmente a la caza violenta de sus presas -inmigrantes indocumentados- lo mismo en las calles que en sus viviendas. El supuesto motivo de esta cacería humana es que los indocumentados -a los que simplemente se identifican por sus rasgos físicos o forma de hablar y vestir -pueden ser personas peligrosas y nocivas para la preservación de la identidad nacional norteamericana.
De acuerdo con cálculos del Pew Research Center, el conjunto de extranjeros sin documentos migratorios en el país del norte alcanzó su cifra pico en 2024: 14 millones, en su mayoría mexicanos, aunque hoy ya son menos. Y como la orden del asesor de seguridad nacional de Trump, Stephen Miller, es que las redadas deben lograr al menos una captura de tres mil personas diarias, la cacería humana ha adquirido un carácter masivo, indiscriminado y brutal. Hasta ahora, las protestas contra operaciones bautizadas como Metro Surge o Catch of the Day han modificado muy poco su modus operandi, pero su objetivo sigue invariable: tres mil al día. Por tanto, los arrestos masivos continúan y el discurso presidencial que los legitima insiste en la bondad de su razón de ser: la “salvaguarda” de un supuesto y patriótico interés nacional.
Las operaciones Surge, Catch y similares lo mismo que las protestas masivas en su contra que los argumentos de las autoridades locales acusando a Trump y a las agencias federales de abuso de poder; todos son otros tantos indicadores de que hay algo muy disfuncional en el sistema político del país vecino.
Ahondando en las causas de los choques y protestas callejeras en urbes norteamericanas y difundidas por los medios mundiales lo mismo que los significados de fondo de ciertos discursos de los actores, de análisis de observadores y académicos, se encuentra que el corazón de la discusión se centra menos en las causas de lo inmediato -los indocumentados- y más en hipótesis que hasta no hace mucho parecían ociosas o irrelevantes: ¿Estados Unidos, cuyo régimen político se fundó a fines del siglo XVIII no estará experimentando un proceso de cambio en algunas de sus centenarias instituciones -Presidencia, Poder Judicial, Congreso, partidos, medios- y de sus hábitos políticos?
En la América de origen ibérico tenemos un nutrido historial de cambios de régimen. Sólo en el período comprendido entre inicios de la Guerra Fría al presente hay decenas. Y tras la reciente y violenta captura del Presidente de Venezuela por el ejército estadounidense puede estar tomando forma uno más. Y con el corte de suministros de petróleo venezolano a La Habana, Washington busca lograr por fin el cambio que no logró detonar el desembarco de su “Brigada 2506” en Bahía de Cochinos en abril de 1961. En fin, que la fragilidad de los regímenes de América Latina forma parte esencial de su historia nacional pero no es el caso en la América al norte del Río Bravo.
Qué es lo que puede cambiar. No hay una única definición del concepto de régimen o sistema políticos pero una adecuada para esta columna puede ser esta: el conjunto de instituciones, reglas y valores formales e informales que efectivamente rigen la lucha por el poder y su ejercicio dentro de un Estado. Desde esa perspectiva el régimen es el corazón de la forma de vida de una comunidad soberana.
Las imágenes de los enfrentamientos callejeros en ciudades de Estados Unidos entre ciudadanos y efectivos armados de dos cuerpos paramilitares dependientes del Departamento de Seguridad Interior (DHS), la Patrulla Fronteriza, el ICE -estructura creada a nivel de gabinete tras los ataques a las Torres Gemelas de Nueva York-, son en realidad choques entre el trumpismo y esa parte de la ciudadanía que teme y rechaza lo que considera políticas de corte francamente autoritario, encaminadas no sólo a detener migrantes sino a imponer la autoridad y supremacía de un Presidencia super poderosa y sus oponentes.
Tradicionalmente, la Presidencia norteamericana no se inmiscuía en los asuntos de seguridad de las ciudades, esa era esfera de competencia casi exclusiva de las policías locales y de los alcaldes pero ahora so pretexto de una “invasión de indocumentados” Trump se ha impuesto en la geografía urbana dominada por sus adversarios con el pretexto de que debe cumplir una promesa –“la gran promesa”- de sus dos campañas presidenciales: recuperar el control de las fronteras -sobre todo la del sur- y expulsar a la mayor cantidad posible de “invasores extranjeros”, es decir de trabajadores indocumentados. Al inicio, esa decisión pareciera haber sido apoyada por una parte importante del electorado. Se trató de aquellos grupos sociales culturalmente predispuestos a aceptar la caracterización que Trump y el trumpismo hicieron y siguen haciendo de los indocumentados como una horda de bárbaros invadiendo a una nueva Roma imperial, es decir, a los Estados Unidos blancos y protestantes.
Los cambios de fondo. Después de la espectacular “guerra de los aranceles” declarada por Trump al resto del mundo y del despliegue del trumpismo armado en la geografía norteamericana lo que hay de fondo es eso que resume a la puntualidad y con indignación y pasión moral el discurso que pronunció en el capitolio de Washington el Senador progresista por Vermont Bernie Sanders el 31 de enero al justificar su voto en contra de autorizar fondos para el ICE, al que define como un “ejército doméstico” con acciones anticonstitucionales que aterroriza a la población donde actúa. Sanders hizo una disección puntual de la deriva del trumpismo hacia el establecimiento de un sistema político y social propio de un régimen autoritario; un autoritarismo al servicio de los intereses de una cada vez más poderosa oligarquía que ha vuelto a Estados Unidos un país cada vez más desigual e injusto y cada vez menos democrático.
De no haber una reacción más amplia y firme de la sociedad norteamericana como la que propone Sanders, el trumpismo tiene ya el potencial necesario para intentar transformar a la potencia del norte en un sistema de presidencialismo descontrolado. Obviamente de darse esa evolución las consecuencias negativas se dejarían sentir de inmediato en México -de hecho, ya se sienten los prolegómenos-. Ojalá la alerta de Sanders y de los que hoy protestan en las ciudades norteamericanas sea escuchada y remediada por los votantes de ese país y el temido cambio de régimen al norte de nuestra frontera se frustre.
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