Fuego en el Mar. Pintura de Tomás Calvillo Unna.

“Mas si osare un extraño enemigo
profanar con su planta tu suelo…”
Himno Nacional Mexicano – Francisco González Bocanegra

“En todo proceso político el factor “fortuna” es parte del juego (Maquiavelo). Está por verse de qué manera y hasta qué punto la mala fortuna que ha significado el Covid-19 para México —y para el mundo— va a afectar o de plano determinar el futuro del país”

La fragilidad de los planes – Lorenzo Meyer

La sociedad de consumo encontró desde hace lustros su fuente principal de expansión en la capacidad de masificar la tecnología digital, que nos acorta la distancia y pretende capturar el tiempo a través del vértigo de la velocidad. Ciertamente somos una sociedad hipnotizada, y hoy día atemorizada sin capacidad de respirar, contagiada de una ansiedad con un poder disruptivo personal y colectivo similar al de las guerras.

Cada minuto alimentamos esta atmósfera, de fobias, miedos, y desesperación; egos nuestros que exigen un mínimo de atención. Esta densa carga se apropia de la cotidianidad y encuentra su complemento en una epidemia emotiva que busca un anclaje al ser, en su desnudez y naufragio.

El coronavirus vino a evidenciar nuestra alienación tecnológica y la naturaleza de la guerra hoy en día, cuyo campo de expansión es la mente, donde se disputa el destino de los cuerpos; es la bifurcación cultural que impacta en nuestros quehaceres y exacerba nuestras conductas prácticamente en todos los órdenes.

La separación de nuestra dimensión biológica, ya advertida desde hace décadas, nos lleva a transitar por una virtualidad que irrumpe en el espacio y tiempo, los disloca y a la vez que multiplica posibilidades de elección (muchas de ellas aparentes por las diversas condiciones de cada uno) impone la absorción de la pantalla como el remplazo del lugar mismo.

La cuarentena ya estaba preparada en la cotidianidad, al igual que sus jerarquías sociales y laborales, el uso de nuestros medios de comunicación (que incluso, son en muchos casos micro medios de producción), dinamizaron un sistema con sus propios códigos que no requiere el contacto físico directo.

La actual pandemia tiene estos dos niveles, el virtual y el físico, y ambos se cruzan y entremezclan. En el físico habita la política que ordena (o pretende hacerlo) la vida social y ahí es donde el país encuentra su mayor debilidad ante un sistema político al borde del colapso, que la emergencia sanitaria vino a exhibir con crudeza.

El marasmo cibernético se alimenta de la emotividad, de las fobias y filias de cada uno; las trincheras del Twitter se refuerzan y las batallas ideológicas y económicas se degradan en insultos. El imaginario está en llamas, puros y pecadores por igual se revuelcan cada minuto; la victoria no es de nadie, la derrota de todos y la descomposición se expande.

Ciertamente semanas atrás hubo un paréntesis sociológico: La marcha de las víctimas y de las mujeres que fueron un viento fresco, ¿volverá? Un trazo de conciencia que recupera el horizonte.

Mientras el andamiaje del poder cruje porque ya no corresponde a estos tiempos, y no hemos logrado un acuerdo mínimo para procesar los cambios que se requieren, en su lugar la fractura social y regional de México se ahonda.

El detente del Presidente debe aplicarse a la dinámica política donde él juega un papel relevante y está obligado a asumir su responsabilidad reformulando su quehacer, sin necesariamente renunciar al meollo de su actuar político: el disminuir la desigualdad. Ya lo han dicho diversas voces, una y otra vez: escuche, escuche, escuche; y no son las voces de sus adversarios.

La historia nacional, tan recurrida en estos últimos meses, nos recuerda que el Presidente Juárez se rodeó de las figuras liberales más brillantes y los escuchaba con atención. Sabía que el ejército se había rendido ante la invasión francesa, pero el Presidente era un civil, no un militar; y decidió llevar en su investidura a la República.

Incluso podemos afirmar que su pasaporte a la historia se debe a su conducta política durante esa emergencia: la guerra de intervención. En ese periodo su tenacidad (resistencia que sostiene, no terquedad que hunde) fue clave para sostener el proyecto de Nación independiente. Sin este periodo extraordinario su lugar en la memoria histórica hubiera sido otro; incluso su Presidencia posterior a la intervención francesa no significó una etapa relevante que lo enalteciera a diferencia de otros.

El Juárez que no se rindió, que supo en medio de la desgracia operar políticamente y entender a cabalidad sus fortalezas, sus debilidades, y los tiempos políticos del país y su mundo de entonces, puede ser una inspiración para tiempos como el presente, sabiendo contextualizarlo. Es necesario entender a cabalidad que para ese Juárez de la segunda mitad del XIX, en cada rincón del territorio de México y en cada habitante se encontraba la Nación.

Juárez estuvo 6 meses en San Luis Potosí tratando de reconfigurar su Gobierno itinerante, después prosiguió al norte para no caer preso, más tarde retorno a la capital potosina, y estuvo tres meses más esperando la derrota definitiva de Maximiliano y su fusilamiento, junto al de Mejía y Miramón. Fueron los “castigos ejemplares” para detener de esa manera las divisiones entre los mexicanos y permitir la reunificación del país y cerrar así las heridas abiertas entre las familias. La República triunfante requería de todos sin distinción incluso del bando al que pertenecían y desde el cual habían luchado.

El México de hoy hereda, no una guerra entre liberales y conservadores, sino algo más denso y espinoso: la violencia sistémica como resultado de la simbiosis entre el crimen y la política que precede la irrupción de una crisis global, que va a obligar a redefinir la sociedad híper tecnológica cuya hegemonía desplaza los tradicionales discursos políticos, tanto de la derecha como de la izquierda. Discursos que están empantanados en esquemas ideológicos incapaces de responder a los nuevos desafíos y dilemas.

Se requiere reconocer que la complejidad es una fuerza de articulación para cualquier proyecto mínimamente democrático que pretenda consolidar una política donde la nación sea el eje fundamental; una Nación donde los diversos pueblos se encuentran cuando el Estado se reconoce en esa diversidad dinámica donde logra fusionarse. La cohesión social es la llave, y ésta no sólo requiere de combatir la desigualdad sino de edificar un lenguaje que permita el encuentro de la diversidad y no su supresión. Cuando la historia se constriñe a un álbum de estampas se evapora en los deseos de la ficción de una infancia perdida.

Si el Presidente AMLO, hace referencia a Benito Juárez, y comprende el sentido de su hazaña, tendría que reconocer que su peregrinaje por el país hoy en día debe detenerse para convocar a los principales actores políticos, económicos y sociales a acordar juntos el proyecto de Nación que las actuales condiciones exigen. Debe transitar de una Presidencia personalizada y continuamente provocadora, al ejercicio político de equipos profesionales y plurales para operar las estrategias que fortalezcan la cohesión social, y evitar así la fractura de la República.

En estas condiciones el viaje a la tierra del “Chapo” no es un buen augurio, más bien apunta hacia la fatalidad, por decir lo menos. La polémica como estrategia se convierte en una bomba de tiempo en un país al que le urge serenidad, una palabra que no le es ajena al mandatario.

Sus benditas redes sociales deben transformarse en un potencial para el ejercicio de Gobierno, distanciándose del campo ideológico minado por el fanatismo desde donde suelen operar. Utilizar la tecnología de la información para ejecutar políticas públicas en consonancia con la urgencia que atañe a toda la sociedad.

Si el estilo de Gobierno se entrampa en la provocación, lo que se avecina para México será una desgracia mayor.

Sin duda lo que enfrentamos en estos días es la última llamada; son y serán los ciudadanos los que decidan el rumbo, todo apunta a reconocer que la tormenta ya llegó, esperemos que seamos capaces de caminar juntos todavía.