Hoy seguimos sin saber cuándo será nuestra muerte, pero la campaña mediática (necesaria, sin duda para prevenir los contagios) ha incrementado, con el miedo al virus y a la crisis económica, nuestra conciencia de muerte. Foto: Óscar de la Borbolla.

Cada uno de nosotros está en el centro de un bombardeo de información y de desinformación. Hoy como nunca las redes sociales han terminado por suplantar lo real, pues como ya no tenemos más que contactos virtuales, quiero decir, no hay manera de vernos las caras unos enfrente de los otros en un lugar público para sentarnos a platicar, sino que lo hacemos por teléfono, por WhatsApp, por Instagram, por Facebook… nuestro mundo es un coctel de memes y mensajes que ya no podemos atemperar con el trato presencial con los demás. La realidad es para cada uno de nosotros esa fantasmagoría y ahí, en esa representación, de modo omnipresente, aparece un virus mortal, el Covid 19. Y, por supuesto, todos tenemos miedo.

¿Miedo a qué? Básicamente a dos formas de morir: por la infección o por la falta de dinero, por asfixia o por inanición. Miedo a morir uno o a que mueran las personas que queremos ya sea por el virus o por la desgracia económica. Sin embargo, el miedo a morir, hoy reforzado por cada uno de los mensajes que construyen nuestra “realidad” no produce en nosotros una conciencia como la del condenado a muerte: aquel que sabe el día y la hora precisa en la que será ejecutado, es tan sólo una conciencia de muerte reforzada pero igual de difusa como la que hemos tenido siempre: Mors certa, hora incerta. La incertidumbre normal de sabernos mortales es hoy mayor, pero no llega a ser la certidumbre del sentenciado.

Esta conciencia de muerte reforzada, sin llegar a convertirse en certeza, es lo que explica, al menos en mi caso, la falta de ánimo como para entregarme a la confección de algo que realmente valga la pena. Porque uno puede proponerse una obra valiosa cuando el futuro es indefinido, y uno cree que será profundo, o cuando uno sabe con precisión la aciaga fecha y frenéticamente dedica la víspera a poner en orden sus asuntos (como dicen que ocurrió al matemático Francois Galois, quien la noche anterior al duelo en el que perdió la vida puso en limpio su contribución para resolver las ecuaciones cuadráticas).

Hoy seguimos sin saber cuándo será nuestra muerte, pero la campaña mediática (necesaria, sin duda para prevenir los contagios) ha incrementado, con el miedo al virus y a la crisis económica, nuestra conciencia de muerte. No sólo sabemos que moriremos, sino que sabemos-sabemos que moriremos.

Esto produce un peligroso tono social parecido al que se presenta en la guerra; el mundo está ahí, pero nuestra representación del mundo tiene un tinte amenazante: afuera está el mal, el mal puede entrar por la puerta traído por nuestros zapatos, en los objetos comestibles que vienen del exterior y que necesitamos para sobrevivir… el mal asecha.

Cuando el miedo nos invade no podemos pensar y como nuestro enemigo es invisible: el virus no se ve, lo vemos en todos lados: estamos paranoicos y aunque puede que sea con razón, eso no nos quita lo paranoicos.

Ante esta situación invoco al valemadrismo, a esa actitud tan mexicana como sana. Tenemos como pueblo una virtud que nos ha envalentonado ante la muerte y que es la clave, ha sido la clave de nuestra alegría pese a que, desde que tengo memoria, hemos vivido siempre instalados en la adversidad. Pero necesitamos un valemadrismo equilibrado: tomar con rigor todas las indicaciones que nos dicen: no salir, lavarnos las manos, desinfectar todo lo que entre en nuestros domicilios y, ya hecho eso, olvidarnos, echar desmadre, burlarnos de la muerte y de la vida: recuperar el humor, que seguramente sirve para mejorar nuestro sistema inmunológico. Porque una cosa sí es cierta y ya la han dicho: un día nos vamos a morir, pero todos los demás días no. Cuidémonos pero cuidemos también nuestra salud mental.

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