Quien pegue en la capital así, pega en todo el país y trasciende al mundo entero. Foto: Mario Jasso, Cuartoscuro.

El atentado que sufrió Omar García Harfuch provoca reflexiones sin fin. Entiendo que involucrar el concepto “terrorismo” para caracterizarlo no va a ser bien visto porque se le asignan connotaciones específicas y cae más en el terreno de la política y de los fundamentalismos religiosos. Está de más decir que es una categoría que tiene una vasta historia. Sin embargo, que un grupo de criminales organizados y en expansión en el tiempo mexicano actual adopte una medida de esa dimensión y la realice en el corazón de la República, nos obliga a caracterizar bien el hecho y, sobre todo, a que busquemos subrayar los grandes riesgos a los que nos estamos adentrando cuando esa violencia arraigue en nuestra megalópolis. Ahí habrá un cambio cualitativo y el futuro del país se puede decir que se cubrirá de acechanzas, riesgos y peligros.

Aunque el atentado deja entrever deficiencias para exterminar al jefe policiaco, no cabe duda que la decisión de llevarla a efecto se realizó sobre la base de un detallado análisis de lo que se buscaba. Quien pegue en la capital así, pega en todo el país y trasciende al mundo entero. Se dirá que no es terrorismo porque la acción no obedece a una doctrina esclarecida, pero reconozcamos, como lo ha planteado Walter Laqueur, que el terrorismo se ha producido sin el respaldo de doctrinas ni estrategias sistemáticas. Más se encuentra en sacar adelante los objetivos y luchar por ellos. Aquí encontramos a un cártel posicionándose hacia un gran desafío, más si vemos al Presidente liberando a Ovidio Guzmán y saludando con cortesía a su señora abuela. El autor referido de alguna manera nos deja fríos cuando caracteriza esto con una frase del legendario Fausto: “En el principio era el hecho”. El hecho ahí está, se lamentan vidas que fueron cegadas y reconforta que el objetivo central del ataque haya salido con vida.

Obviamente que para valorar estos sucesos carezco de una información suficiente, de tal manera que me muevo en el ámbito de lo conjetural y con una preocupación específica: cuando ese tipo de violencia alcance reiteradamente la capital de la república, estaremos al borde del caos y a los grandes males que aquejan al país se le sumará este como una especie de siniestro colofón que puede llevarnos al fracaso mismo de nuestra nación.

No está de más resaltar en estos hechos que los objetivos de la violencia van acercándose rápidamente a los gobernantes, a los jueces federales, a los políticos. He escuchado el reclamo del porqué elevamos más la voz cuando se involucra a estos y no a los que todos los días, víctimas o inocentes, perecen en medio de una violencia sin fin. Desde luego reconozco que toda víctima que pierde su vida o patrimonio tiene la misma dignidad, igual que todos los demás seres humanos. Pero cuando la violencia se aproxima peligrosamente a quienes detentan el poder, indiscutiblemente debemos reconocer un cambio de calidad en el curso de las cosas, un curso siniestro.

Frente a él ya no son admisibles las balandronadas, ni las frivolidades de que el pueblo sabio cuida a sus buenos gobernantes. Del Presidente para abajo, todos son blancos posibles y la mera posición de ellos al vulnerarse nos daña a todos. Por eso, el atentado contra García Harfuch repercutió y reverberó en las más apartadas poblaciones del país. Obliga, en consecuencia, a mejorar o disponer los mecanismos de seguridad para que no se vayan a perpetuar hechos mayores, que los vimos, por ejemplo, en la etapa de descomposición de una sociedad como la alemana antes del encumbramiento del totalitarismo hitleriano. Asesinar, generar un caos, presentar al país como una entidad ingobernable, salvo por la mano dura, puede ser la siniestra visión de quienes le apuestan a un México balcanizado y al garete.

Se sostiene como una hipótesis plausible que la guerra contra el narcotráfico vino a sustituir al mundo bipolar de la Segunda Guerra Mundial, que es el sinónimo del mal que cobija al crimen organizado ligado al narcotráfico, al lavado de dinero en circuitos financieros y al descarado trasiego de armas para el que parece no haber solución en nuestras porosas fronteras, especialmente en las del norte. Y ya no se trata de unas cuantas pistolas o metralletas, se trata de artículos que tienen un importante valor táctico y estratégico para una guerra informal, como la que vimos en un capítulo en las calles de la Ciudad de México, con blanco en Omar García Harfuch.

La familia del jefe policiaco tiene modestas raíces en Ciudad Camargo, Chihuahua, y muy profundas en la Sierra de Autlán, Jalisco, donde surgió Marcelino García Barragán. De ahí las filiaciones de García Paniagua y el nieto que se encuentra ahora en apuros.

Deshilvanadas y sólo sugerentes y provocadoras estas reflexiones que pretendo lleguen a nuestros lectores: cuando este terror se esparza en la capital, empezará el derrumbe.