Crecí en la enmarañada latitud salvaje de las orillas de Iztapalapa. Cuando nací, mis padres no tenían un clavo para sacarme del hospital en el que estuve varios días interna, y tuvieron que pedir prestado. He logrado infiltrarme, desde abajo, hasta donde ninguno de mis vecinos podría atinar. Eso es algo que compartimos José y yo. Poco a poco fuimos escalando hasta lo que se conoce como la comodidad de la clase media.

La carne, como dicta el proverbio, busca a la carne. Inusitadas tribulaciones suceden en el trasfondo de las relaciones humanas… Estas son las ideas que planto en cualquier parte para saber donde estás, José.

Por Fernanda Mora Triay

Ciudad de México, 7 de diciembre (SinEmbargo).- La carne, como dicta el proverbio, busca a la carne. Así esta ciudad gloriosa, una vez cumbre de la Hispanidad fuera de España, obelisco sagrado de piedra caliza, estuco y arena, erigió su centro, de afuera hacia dentro, para que éste hiciera de ombligo del mundo. Las aves chillaron famélicas desde el cielo rojo que se anochecía sobre el antiguo lago de Texcoco —hace tanto tiempo antes de que tú y de que yo siquiera figuráramos en las constelaciones— y con su llanto enardecido dictaron el destino inescrutable de estas tierras.

Pese a las predicaciones de los sabios y de los viajeros, la Plaza de la Constitución se obstinó en la memoria colectiva como el único centro de la mexicanidad, más allá del influjo del imperialismo yanqui, del american way of life, del facebook y de los teléfonos inteligentes. Permaneció en el imaginario colectivo como bastión fuera del tiempo de los hombres. Pero, oh, sorpresa, inusitadas tribulaciones suceden en el trasfondo de las relaciones humanas. La carne busca la carne. La carne necesita dinero. La sombra de la Catedral Metropolitana de la Asunción de la Santísima Virgen María a los cielos de la Ciudad de México no basta para cubrir las cabezas de todos sus devotos.

Lejos de lo que hubieran podido prever las mentes insulsas y coartadas de sus pobladores, surgió el Sur. Entre milpas y caminos de terracería, cuando ya todo era autopistas urbanas y civilización post porfiriana, nació el Sur. Y con él, una raza casi mitológica que creció lejos del bullicio de la Calzada de Izazaga o de Regina o de Madero. Y tras ella, una generación que nació predispuesta a congregar sus infancias alrededor de la Central de Autobuses del Sur, del CNA, de Pericoapa y de los humildes territorios que se extienden hasta la Nopalera[1].

Crecí en la enmarañada latitud salvaje de las orillas de Iztapalapa. Cuando nací, mis padres no tenían un clavo para sacarme del hospital en el que estuve varios días interna, tras algunas complicaciones, y tuvieron que pedir prestado. Atrás del edificio a donde me llevaron en brazos y al que llamé hogar, había un establo enorme que emanaba sus efluvios corrosivos hacia la estancia y los cuartos, por lo que nunca pudimos hacer uso de las ventanas, pese al bochorno y el calor. Nuestro primer y único adorno, esa primogénita navidad, fue una pequeña serie de vagoncitos de cerámica, desde los cuales se asomaban unos renos y un Santa, que compramos en la Bodega Aurrerá.

Tuve la buena o la mala suerte de nacer blanca y hermosa en este país de machos racistas y por lo mismo he logrado infiltrarme, desde abajo, hasta donde ninguno de mis vecinos podría atinar. Eso es algo que compartimos José y yo. No obstante, además del genotipo privilegiado, desde la barriada, poco a poco fuimos escalando hasta lo que se conoce como la comodidad de la clase media.

Por mi parte, nos mudamos a una casa a la que yo veía enorme y en donde creía que iba poder guardar elefantes y leones en la inmensidad de su patio de cuatro por tres, y que no se hallaba mucho más lejos del edificio donde pasé mis primeros años.

A esta zona que maldigo y que amo no llegaban las elegantes carrozas naranjas del sistema colectivo metro hasta bien entrada la modernidad, es decir, por ahí del 2012. Habemus un museo en la redonda, el ex convento de Culhuacán, que apenas posee un par de piezas prehispánicas auténticas y una armadura del imperio japonés; extensos y hermosos murales de los siglos XV y XVI abandonados a su suerte y, sin embargo, sólo yo puedo decir que alguna vez tuve un pato al que llamé Stalin y que tuve que liberar para proteger de la malvadísima mujer que nos ayudaba con la limpieza para que no lo cocinara, y que nadó libre en las aguas verdosas del antiguo canal que aún corre al otro lado de la avenida.

La primera vez que recuerdo haber ido al centro, creí que me estaban llevando fuera de la ciudad. Los sesenta minutos que pasamos en el coche lo cubrían de un halo de tierra exótica e indomada de provincia y me llevaron a imaginar que me estaban llevando de vacaciones, quizás a una playa virgen y lejana, o un bosque frío y remoto lejos del caos dentro del caos donde me tocó vivir.

Esta no es una autobiografía. Es la dilucidación de un crimen. Es mi aparato de rastreo. Son las ideas que planto en cualquier parte para saber donde estás, José.


[1] No está demás inmiscuir al lector en materia de economía urbana. El crecimiento de la ciudad no se puede ver simplemente como expansión territorial e incremento de población. Por debajo de este doble fenómeno subyacen importantes hechos económicos y sociales que configuran y facultan esta expansión. La concentración económico-poblacional en determinados sectores de la ciudad, así como la expansión y el flujo hacia nuevos sitios de reciente importancia, sugieren que la población se desplaza de lugares de alta concentración poblacional a zonas de alta concentración económica, y viceversa.

Tradicionalmente se ha pensado que una ciudad como la ciudad de México ha crecido a partir de un centro importante desde el punto de vista económico, político y social hacia sus áreas de influencia, constante y uniformemente. Sin embargo, la ciudad, sí, creció a partir de un centro fuerte, de altas concentraciones poblacionales y económicas, pero éste fue perdiendo el peso que antes lo caracterizaba. Se abandonaron sitios de gran relevancia en estas materias para ocupar nuevos lugares relativamente cercanos, ya fuera por menores costos de suelo, por la reconfiguración de los espacios de vivienda o por otro tipo de costos que ni la población, ni las empresas decidieron afrontar.