El muro está entre nosotros. Pintura Tomás Calvillo Unna

Podemos abordar la compleja realidad desde otros ángulos que permitan apreciar la dimensión de los retos y la densidad de las responsabilidades.

Asistimos a la desarticulación de los estados nacionales y a su reacomodo en el mundo globalizado de la sociedad híper-tecnológica hegemónica, donde el capitalismo se ha regenerado a un costo altísimo en términos humanos, en el sentido profundo de lo que significa. Los retos (desastres) ecológicos son una expresión más que visible de ello.

En México la llamada 4T, puede ser vista como el fin de un largo ciclo histórico que inició en la década de los 20s del siglo pasado; la construcción de un estado nacional que definía una identidad territorial política y cultural bajo la dinámica en ese entonces aún incipiente pero ya definitoria de los procesos de industrialización.

La 4T intenta rehabilitar ese estado nacional, retomando incluso su ámbito cultural y político nacionalista en un periodo histórico donde la revolución tecnológica digital cuyo centro de gravedad está en los grandes corporativos, afecta y trastoca todos los órdenes (laborales, familiares, mentales, etc.) y en particular el de los propios lenguajes políticos.

Son tiempos disruptivos porque la velocidad de los engranajes de la híper-tecnología aplicada a la sociedad de consumo que es el motor del llamado crecimiento, fractura los mismos conceptos del espacio y tiempo, y desborda los territorios de dominio ideológico, o al menos los erosiona.

La representación, cualquiera que esta sea, se modifica continuamente y las batallas políticas y sociales son más emocionales, reactivas y fugaces.

En estas tensiones propias de una cotidianidad, donde todas nuestras actividades están prácticamente mediadas por la tecnología e insertadas en una atmósfera que multiplica cada minuto los deseos entretejiendo la experiencia temporal en la realidad virtual; el ámbito de la política naufraga y busca una tierra firme en el pasado imaginado para mantenerse a flote con la construcción de su propia narración que otorgue identidad, misma que le permita sumar apoyos de toda índole, de actores particulares y colectivos.

El poder político es más que nunca frágil estructuralmente, porque no tiene espacio para tener más tiempo y termina intensificando su auto-referencia para expresar su existencia y capacidad de transformación. No obstante, esta última ya no está en los márgenes de la política, y entre menos se comprenda esto sus capacidades se debilitan y el curso de los acontecimientos llevarán a un drama mayor, incluso a una tragedia. Se requiere recapacitar en el lenguaje y sus virtudes conceptuales y amalgamadoras dejando de lado, al menos temporalmente, las reducciones ideológicas, sería una señal valiosa para orientar un ejercicio del poder con cierto sentido de mayor temporalidad y profundidad.

Recuperar la brújula que conlleva la cultura por su virtud de entrelazar desde lo local a lo global la diversidad, en un país como México, puede ser más que relevante. Por lo mismo retomar conceptos como el de la autonomía en sus diversas modalidades y experiencias institucionales (municipio libre emblemático de los orígenes de la nación y de los procesos democráticos) y territoriales como la de los pueblos indígenas y la experiencia zapatista por mencionar sólo algunos, apuntaría a rehacer las redes, los vasos comunicantes de la nación en esta retadora etapa que nos toca vivir.

La reestructuración del estado nación en este periodo de redes tecnológicas será posible en la medida que se fortalezcan las autonomías territoriales e institucionales del estado y la sociedad para sacudir y reducir a un mínimo la simbiosis del crimen con la política la empresa y la dinámica económica-social.

El discurso del poder y desde el poder debe retomar la presencia de la palabra en su empatía con el dolor de las víctimas de un país saturado de violencia, empatía con las opciones constructivas de múltiples grupos, comunidades, actores sociales que responden a sus contextos locales y regionales, donde han apostado y sostienen una convivencia democrática, amenazada cada día por el rostro político del capitalismo salvaje alimentado por los cárteles que involucran a actores empresariales, sociales y políticos en una telaraña criminal.

Cuando se encasilla la realidad y se pretende congelar el tiempo, reducirlo a un propósito único cuyas evidencias son las de su propia retórica, se corre el riesgo de provocar un corto circuito de dimensiones sociales sólo equiparable a la metáfora de una gran torre que se desploma.