Las crisis nos permiten identificar las fallas estructurales dentro de los distintos sistemas. Foto: Andrea Murcia, Cuartoscuro.

Las crisis nos permiten identificar las fallas estructurales dentro de los distintos sistemas. Para el periodismo mexicano esta es la hora de la verdad. Durante la pandemia se pone en evidencia la “esencialidad” de la profesión por la importancia que supone una sociedad informada y capaz de tomar decisiones sobre su salud y su vida; también las fallas históricas que han hecho que el periodismo se desvincule con la sociedad por una relación perversa con el poder y la falta de apego a la verdad.

En México, la prensa ha cargado con estigmas históricos. Durante el movimiento cívico estudiantil de 1968 la consigna fue “prensa vendida”. Luego, tras la masacre de estudiantes en la Plaza de las tres culturas en Tlatelelolco y su consecuente negación mediática, el lema se arraigó en la población. Con el paso de los años, en el sexenio de Enrique Peña Nieto, la proliferación de un periodismo independiente en diversas partes del país, llenó de aire los pulmones de la sociedad y empezó a tejer nuevos vínculos de confianza que dieron lugar, incluso, a la defensa de periodistas. Fue gracias al periodismo que pudimos observar los primeros dejos de verdad y justicia en el país como lo fue en el caso de Javier Valdez en Sinaloa que contó la tragedia de las desapariciones y de las secuelas del narco en el país.

Sin embargo, la violencia económica que se ejerció desde el gobierno hacia algunos medios de comunicación y que, además, deriva en una relación de amor/odio del “no te pago para que me pegues”, sigue permeando en sus líneas editoriales y por lo tanto en la información que recibe la gente.1

La conflictividad, el miedo, la intensidad de la noticia y el pánico son una prueba para ver si el periodismo mexicano y los medios de comunicación están a la altura de las circunstancias. En los últimos días, hemos visto cómo las fallas estructurales del sistema de medios son más identificables que nunca.

La precariedad a la que se enfrenta el periodismo; la desigualdad entre las reporterías que no cuentan con seguro social y los dueños de los medios que hoy se podrían ver beneficiados por la condonación de los “tiempos fiscales del Ejecutivo”; la perversidad de la relación económica entre medios, periodistas y gobiernos que se traducen en “golpes mediáticos” de aquellos que buscan publicidad oficial y; la falta de códigos de ética y del reconocimiento del derecho de réplica y corrección, son solamente algunos de los problemas no resueltos que explican los sesgos informativos que leemos y escuchamos en este momento.

Es ahora cuando podemos leer y escuchar a aquellos que buscan aprovechar la crisis para sacar una ventaja política o económica como oposición generando pánico y desinformando a la población o aquellos que por congraciarse con el gobierno en turno comentan sus acciones como si fueran las de Corea del Sur.

Hoy más que nunca necesitamos un periodismo ético, que ceda al interés personal y al interés económico, que reconozca su función social. Requerimos un periodismo que haga las preguntas correctas a funcionarios públicos y sirva de intérprete de esas políticas nacionales que impactarán en lo local, en la vida de las comunidades, principalmente las más vulnerables (indígenas, migrantes, niñez, población penitenciaria). Un periodismo que funja como el mediador entre los informes oficiales y la sociedad. Las cifras no importan si no sabemos lo que viene para cada uno y para nosotros como sociedad, en nuestra comunidad.

Necesitamos un periodismo que informe de manera precisa, sin editorializar, sin fijar una posición política. Las recomendaciones del Dart Center son claras al respecto dicen: “Sé conciso. A menos que sea una historia de gran interés social, guardate la prosa elegante para tu novela. La gente que esta lo suficientemente preocupada para leer y escuchar tu historia quiere estar informada, más importante aún, tranquilizarla lo antes posible”.

También requerimos saber con “hechos y datos” por qué lo que dice un funcionario público no es verdad, más allá de nulificar su verdad. Es decir, en este momento es importante decir por qué, con base en fundamentos científicos y comparativos de años anteriores, vale la pena cuestionar la incidencia de COVID respecto a los casos de “neumonía atípica”, por qué se vuelve relevante el tema para la sociedad, en qué nos afecta. El periodismo tiene la responsabilidad de mostrar o exponer la multiplicidad de factores que pudieron disparar el registro de este tipo de padecimientos antes de arribar a conclusiones precipitadas que refieran más una teoría de la conspiración que a información verificada per sé.

El periodismo debe preocuparse en este momento por mantener la confianza de sus audiencias y abstenerse de convertirse en una fuente de desinformación, procurar la veracidad y la precisión. Incluso es responsabilidad del periodismo, remitir a la ciudadanía a las fuentes autorizadas para alejarlas de las aquellas que buscan desinformar.

El periodismo tiene que mediar entre el pánico y la intensidad de la noticia. Es cierto, hay temor por lo desconocido, por lo que viene que parece ser terrible. Por esto, este es el momento en el que sociedad mexicana reconoce la “esencialidad” de la prensa o reafirma sus estigmas. En la secuela del COVID el periodismo habrá jugado un papel relevante para bien o para mal y tendrá que rendir cuentas a la sociedad.


1 El gobierno de Andrés Manuel López Obrador redujo el gasto en publicidad oficial más del 500%. Sin embargo, los montos erogados por otras entidades gubernamentales además de la Administración Pública Federal se mantiene, principalmente a nivel local. La falta de criterios claros de asignación de la pauta abre la puerta a un golpeteo mediatico que puede derivar