Me canso ganso de tantas mañaneras. Foto: Andrea Murcia, Cuartoscuro.

Creo que he visto demasiadas mañaneras. Ya sé cuando el Presidente dirá “Trúmp” (con acento en la ú) y no “Trún”, porque lo dice de la dos maneras dependiendo de la circunstancia. Ya sé cuándo se comerá las eses del plural, como los indígenas: “mil peso”, dice a veces, sin la ese. Ya sé cuando se sentirá acorralado y recurrirá a la maravillosa (por efectiva) muletilla de “no somos iguales”. Nunca me burlaría de alguien que utiliza el “dijistes”. Está mal dicho si consultamos a la RAE. Pero es la RAE, y estoy muy lejos de la RAE (en ánimo y en espíritu) y sé que la RAE está como guardián de lo inevitable: que la lengua evolucione. Pero el Presidente lo usa con propósito. Es para hacerse sentir del pueblo y para darle la contra a quienes se lo han criticado. He visto muchas mañaneras.

Quizás, como digo, he visto demasiadas mañaneras, porque mentalmente me adelanto a sus personajes recurrentes y sé cuándo, más o menos, los va a usar: el jornalero que le aconsejó separar el poder político del económico (salvo Ricardo Salinas Pliego, supongo); el de la bicicleta que le dijo, en la toma de protesta, aquel famoso “no nos puedes fallar”; el periodista de radio al que, durante los comerciales, le prohibieron que siguiera la entrevista. O el “elefante reumático”, que no es reumático ni elefante cuando se trata de los trabajadores de Petróleos Mexicanos.

Sí, quizás he visto demasiadas mañaneras: López Obrador, me digo, es un mago. Trae siempre un pañuelo largo en la boca; trae un conejo bajo el sombrero. Pero la semana pasada, cuando una reportera lo confrontaba por el escándalo sobre Notimex, al estirar un brazo sonaron las costuras. La reportera preguntaba legítimamente algo; el Presidente usó muletillas para intentar desarmarla. Y la defensa de uno y la ingenuidad razonada de la otra contrastaron. Quizás he visto demasiadas mañaneras pero prefiero eso: un López Obrador a la defensiva y a una periodista honesta obligándolo a salirse del cajón; lo prefiero al tapetito de flores que le extienden los aduladores para que lleve la conferencia a sus terrenos y entonces allí –es lo que veo–, en sus terrenos, el Presidente se extiende. Una pregunta a modo con su respuesta generosa: historia, anécdotas, repasada a los medios; otra historia, otra repasada a los medios y una que otra frase, si es necesario, de las pegadoras. Ya no el “no, primo hermano” pero el “y dónde estaban cuando…” Ya no el “me canso ganso” pero sí el “eso sí calienta”; o a la otra, tan rendidora, del “callaron como momias”.

Creo que he visto demasiadas mañaneras cuando adivino, al ver un informe económico publicado, la respuesta del día siguiente: “Yo tengo otros datos”.

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Los presidentes de México solían dar una conferencia cada muchos años, y casi siempre eran a modo. Daban discursos, desde los salones previstos para ello en Los Pinos. Y nada más. Para no ir más lejos: Enrique Peña Nieto dio una inusitada conferencia de prensa como Presidente de México a mediados de octubre de 2017; nadie recordaba entonces cuándo había dado la anterior. Parece que no hay anterior. Cumplía casi cinco años en el poder. En cambio, todo ese tiempo, a cambio de conferencias y de preguntas de periodistas en vivo, daba boletines y dinero. Mucho dinero para los medios. En 2017, el año en el que dio esa conferencia que maravilló a todos, se gastó 10 mil 725 millones de pesos en medios, monto que AMLO, quizás, disponga en todo su sexenio. (Busque las reseñas de esa conferencia de prensa de Peña: “El Presidente está listo para la pelea”, dijo uno. “Con ánimo para jugar sus fichas en la sucesión presidencial y ganar con su candidato, con su partido, con sus alianzas, con su estrategia”, dijo otro).

Creo que he visto demasiadas mañaneras y creo que las seguiré viendo porque es mi trabajo. Le hallo montones de recovecos, lugares a los que el Presidente se va a refugiar para huir de temas, para no responder a otros o para darles la vuelta. Pero a veces, en algún momento –y no me refiero a lo que hizo Jorge Ramos, que es más espectáculo para televisión–, una Reyna Haydee Ramírez lo encara, lo jala de la camita de pétalos adonde lo acuestan los moléculas y le coloca dos o tres rápidos en la zona hepática: zum, zum. AMLO es buen fajador, pero es defensivo; comparte con JC Chávez la cabeza dura: la usa de defensa, cansa a los que tiene enfrente. Ese juego entre el poder y la prensa es el que debiera existir siempre. Me parece que si esa conferencia se alimentara de gente que está no porque se levanta temprano sino porque va a lo que va, tendría un impacto mayúsculo. Pero a todos nos gustan las camitas de pétalos y son todas las mañanas del mundo: decenas, centenas, miles de conferencias (al finalizar el sexenio) en las que debe estar alerta.

Un 15 de junio de 2017, el periodista Álvaro Delgado Gómez sacó una manta en una ceremonia en Los Pinos. Decía: “Basta de sangre. Rectifique, Presidente. #NiUnoMas”. Peña Nieto adulaba, en ese acto, a los miembros de una cosa que se llama “Consejo de la Comunicación”. El periodista fue rodeado por elementos del Estado Mayor Presidencial; querían que bajara la manta. Intentaron intimidarlo allí, en Los Pinos, hoy convertido en parque recreativo. Delgado estaba encabronado (todos lo estábamos) por el asesinato de Javier Valdez, y protestaba. En otros tiempos lo habrían desaparecido o, mínimo, unos buenos madrazos. Ahora pregunto: si mi colega y amigo hubiera salido ayer con esa manta en Palacio Nacional, ¿lo habrían rodeado con guaruras, le habrían dado de madrazos o lo habrían intimidado como sucedió hace poco menos tres años?

He dicho antes que las mañaneras son más un ejercicio propagandístico que conferencia de prensa. Y así es. Pero qué rico se siente y qué poderoso se ve el Presidente cuando alguien lo confronta sin mayor pretensión, sin agenda perversa, sin ganas de ser la nota sino de sacar la nota. Diría que prefiero este ejercicio –sí, medio cucho y repetitivo–  que lo que había en el pasado. El pasado es hace menos de dos años. Eran boletines, ríos de dinero para los dueños de la prensa, y cero preguntas: pues sí, callaban como momias y adulaban como perritos de brazos.

Quizás el Presidente deba revisar su ejercicio matutino, que llamamos “mañanera”. Es muy mejorable y podría ser un ejercicio realmente poderoso, moderno; inédito lo es pero podría ser muchísimo mejor: una verdadera conferencia de prensa sin bufones ni paleros. No me corresponde dar esos consejos.

Pero, sí, concluyo: Creo que he visto demasiadas mañaneras y las seguiré viendo junto con miles cada día. En mi caso, es porque es materia prima para mi trabajo. Me agota, sí, verlas. Me aburro muchas veces. Me canso ganso, primo hermano. Pero las prefiero a la simulación que había en el pasado.

Podrían mejorar o podrían ser una herramienta más poderosa, sin duda. Pero… no sé: quizás AMLO tenga otros datos.