Antes de perder a la perra que tenía por mascota, ya sabía que no quería tener hijos. ¿Cómo cuidar un hijo si no soy capaz de cuidar un perro? Encima no concibo la idea de mirarme con desdén al espejo al observar mi vientre colgado después de haber parido un hijo que, indudablemente, se irá aunque le ate una correa del acero más recio. Tanta vanidad no me cabe en un solo cuerpo, necesito otro.
Mi carta de presentación es un preámbulo como el anterior, pero con un sabor a brandi, con los modales ocultos, con amor cercenado, con algarabía interior, con olor a tierra mojada, con obsesiones absurdas. Ahora mismo te digo por qué.
Le intenté vender mi alma al Diablo y no la quiso. Me dijo que el precio era demasiado alto, según lo que recuerdo:
—Supongo yo, querido Diablo, que hasta en el infierno existen jerarquías. Si se le hace más fácil, ponga mi alma en formol y enciérrela en una bóveda helada. Esto a causa de mi sediento nomadismo, y disculpe, usted me enseñó a ser así.
—Tu alma está rota como tus alas y es tibia como tu carne. Vete a otro infierno, nómada impropia, porque en este yo no te quiero.
Y ahí estaba yo, ofreciendo un alma que ni el mismo diablo quería. El precio era accesible: un cuarto de 20 X 20 metros tapizado de botellas llenas de ron, coñac y amaretto, una cafetera roja de cristal, una mujer que fuera todas las mujeres, el original del Hombre de Vitrubio, un gato persa blanco como la cocaína, 12 charlas con Freud, un colchón matrimonial, un juego de sábanas egipcias de 1500 hilos, una memoria más grande para mis recuerdos tan pesados, una pila de libros existencialistas, una antología de la mitología griega, un estante repleto de literatura latinoamericana, textos sagrados hinduistas y una Biblia.
—No se haga usted el difícil, señor Diablo. ¿Qué no le he servido lo suficiente hiriendo de muerte a todos mis amantes con el tósigo de los pedazos de mi corazón, siendo una nómada perfecta?
—Te ofrezco la mitad de todo lo que me has pedido.
—¿Tres cuartas partes?
Y ahí estaba yo, regateando mi alma al único postor.
—Hecho.
Entré en la jaula con mi libertad a tres cuartos y un frío entero. El gato no tenía cabeza, se me salían los pies del colchón, faltaban las Upanishad, la mujer sensata, Leopoldo Lugones, Borges, el génesis bíblico, Afrodita y el cuarto de memoria donde puse todo lo que faltaba.
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