Julieta Cardona

A mi abuelo

31/03/2012 - 12:02 am

Nunca sé cómo empezar a escribir una carta, no te decepciones de mí todavía, pero sentí la necesidad de revelarlo.

Me gusta crear ambientes dignos de la escritura: siempre tengo café o una copa de ron al alcance, una servilleta por si se me derrama, enciendo velas y la lámpara de tocador, tomo una pluma, me ubico en la hoja nueva de mi libreta vieja, pienso al tiempo que voy sintiendo y las letras me vienen como en modo automático, como los autos, como el colibrí al néctar de flor, como la soledad al alma triste, como el pensamiento al objeto, como el perdón a los corazones fuertes. Si bien la escritura parte de la disciplina, también la rudeza de la necesidad por escribir busca un baile en las yemas de los dedos que se traduce en un hormigueo sobre el papel. ¿Alguna vez has observado el recorrido de las hormigas juntas cuando van a casa? Llevan comida y piedras sobre la espalda, llegan a su destino quitándose todo peso y vuelven a empezar. Las envidio porque sus piedras son más pesadas que ellas mismas y yo a veces no sé cómo quitarme el dolor de un solo día. No te decepciones de mí todavía, pero sentí la necesidad de revelarlo.

Y entonces tengo tantas preguntas como años tienes tú, mi viejo sabio. Entre tantas me surgen las urgentes que tal vez tu voz cansada me contestaría sin temor: ¿Cuándo es conveniente olvidar? ¿Por qué nos descosemos más que la ropa vieja? ¿Cómo saber si un destino se rompe?

Tú tan experto en el mundo de la Física y yo creyendo que la fórmula de un cuerpo en caída libre se puede romper si hay manos capaces de sostener una agonía; tú entendiendo con precisión al tiempo y yo creyendo que el pasado son maletas nunca livianas.

¿Recuerdas aquella vez que me dijiste que los oídos se volvían sordos cuando la necedad vence la galanura del raciocinio? Yo aún no lo olvido, me has enseñado que las palabras bien acomodadas son como estacas en carne blanda, roja, viva.

Abuelo, no soy buena hablando de amor, ni siquiera sé si soy buena haciéndolo, pero sé que con frecuencia los humanos somos tan torpes para identificarlo que al mínimo brote de un brillo lo dejamos pasar, nos vence, lo destruimos. No te decepciones de mí todavía, pero sentí la necesidad de revelarlo.

«Yo ya estoy muy viejo», me repites sin cesar. Dúrame más tiempo que las velas se quedan encendidas cuando yo termino de escribir.

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