Julieta Cardona

Sobre plantones

05/05/2012 - 12:01 am

Daniel. Supe que no era para mí desde la primera vez que me plantó en mi propia cocina. Hubo una reunión grande y, al enviar a los invitados a sus dormitorios, me despedí de Daniel quedando de vernos a las 9 de la mañana para tomar café. El ingrato se quedó dormido; yo me quedé con el café alborotado, y las ganas, y las palabras en la garganta, y los besos que no le di.

Isabel. A Isabel le encantaba pedir perdón por teléfono y decirme con un tono lastimoso “tengo que verte”, entonces me citaba en un río repleto de patos cerca de mi casa y mi antigua escuela. En aquel tiempo yo no tenía auto así que caminaba y caminaba deseando llegar a aquel río, y al mismo tiempo, me hacía  múltiples películas mentales (todas ellas con un final feliz). Llegaba a tiempo, siempre llegaba a la hora acordada; ahí estaba, sentada, mirando patos, piedras y nubes, volteando sin cesar esperando que Isabel apareciera en el camino; caminaba buscándola… nada, así pasaban horas. Después comprendía que Isabel no llegaría. Seis días después sonaba el teléfono: “Perdón, tengo que verte”. Seis, vaya ironía de un número matemáticamente perfecto.

Guillermo. Guillermo es mi padre. Dejamos de vivir en la misma casa hace más de 10 años, entonces cada quincena nos poníamos de acuerdo para ir a comer o a cenar. “Nos vemos a las 4”, me decía mi padre para llegar 3 horas después. Yo le llamaba por teléfono una y otra vez, pero jamás contestaba; cuando él marcaba decía estar en el lugar acordado en menos de cinco minutos, pero siempre mentía.

Elías. Yo realmente me esmeraba para que todo saliera perfecto con él. Me había costado mucho trabajo aceptar salir con alguien, pero los brillantes ojos de Elías me habían convencido; yo lo veía tan desprotegido y en mi esmero por hacerlo feliz lo metí en las ilusiones que tenía a manos llenas para los dos. Entonces, te decía, acepté pasar una noche con él: nos compré regalos, prendí velas (muchas y de canela), cociné pasta, compré coñac (su favorito) y me puse un vestido que guardaba para una ocasión especial. Me quedé despierta hasta el amanecer y con todo intacto. Elías le temía a la felicidad, no sabía cómo ser feliz y la sola idea le abrumaba, por eso nunca llegó.

Ivana. Guardaba lo último de mi perfume favorito para aquella noche. Teníamos esperándonos meses por culpa de nuestros viajes fuera de la ciudad; al fin convergeríamos. De nada sirvió que deseara con la fuerza de un desastre natural que apareciera a un lado mío. Una vez le escribí un contrato de amor que ignoró y a pesar de pensarle tanto como pude y anhelarle más de lo que algún día me permití, no la he vuelto a ver. Otro día le dibujé, le compré flores, le mandé una carta hablando mucho sobre mí, más por desnudez y desesperación que por soberbia. Le escribí una historia de amor que no quiso leer por miedo, una historia que no le daré por astucia y porque si su corazón estaba roto, a pesar de mi riesgo por astillarme de muerte, no sanará en una tumba que ella misma se cavó, como José Agustín. Amé a Ivana.

Los plantones nos duelen porque nos rompen con todo adentro: ilusiones, esperanzas, amor guardado, finales felices e incluso orgullo. Hay personas que nacen siendo desiertos, otras nacemos siendo terrenos fértiles y nos convertimos en jardines con flores de todos colores o jardines con semillas que mueren sabiendo que ahí no era su lugar.

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