Yo escribía concentradamente sobre una pareja de viejos que habían resuelto pasar sus últimos años en una cabaña cerca del mar. Estaba sentada en una banca del parque “El Olivar”, parque inmenso situado en el distrito de San Isidro, Lima. Es un parque repleto de olivos, a donde mires es color verde y ahí mismo descansa una laguna que le da un toque pintoresco al lugar.
El hombre se sentó a un lado mío, no le di importancia y seguí sumergida en mi historia: la pareja de viejos se llevaría a Matías, el gato, y dejaría todo lo demás. La ciudad los tenía cansados y necesitaban las olas del mar rompiendo en sus pies, querían escuchar los gritos del océano por la noche y…«Si escribes un cuento, yo tengo que ser el príncipe», dijo sonriéndome. No lo negaré, me molesta excesivamente ser interrumpida mientras escribo, y me enojé, pero no pude ser tan grosera como hubiera querido:
—¿Y si estoy escribiendo una canción?
—Entonces déjame ver las notas.
—Es una historia sobre dos viejos y su gato.
—¿Cómo se llama el gato?
—Matías, pero se muere.
—¿También los ancianos mueren?
—Sí, no pude lograr que vivieran.
—Yo haré que los dejes vivos. Me llamo Arturo.
Fue así como me convenció de abandonar mi historia por un rato y caminar por el parque. Anochecía; parecía que en aquél lugar nunca llegaba el frío, que nunca dejaba de ser verde. Era mi última noche en Lima y El Olivar era la perfecta despedida nocturna: luces tenues, mil caminos dentro de uno solo, árboles, quietud, colores que parecían uno solo y un hombre queriéndole dar vida a dos ancianos destinados a morir.
Ojos pardos claros como sacados de una puesta de sol, así describo a Arturo.
Hablamos de viajes, trabajo, comida, árboles. Me dijo que guardaría algo mejor para la próxima vez. No le hice saber que me iría a la mañana siguiente para no romper los ritmos que habíamos creado, entonces seguimos. «El fin de un amor es una forma de morir también, yo me deshice de a poco, es algo así como no saber caminar, un desamparo, rabia, algarabía interior, es no terminar de vaciarte. El desamor es también un nombre propio», Arturo me dijo rompiendo todos nuestros ritmos, asentí. Me despedí prometiendo un desayuno por la mañana y destinando la banca donde me abordó, como punto de encuentro.
Regresé a mi hotel decidida a continuar la historia de los viejos, el gato y la muerte. Al final no pude matarlos, la mujer vieja llena de arrugas y de canas era yo, el viejo se llamaba Arturo. Salía el sol y cantaban los pájaros, pasé al parque y sobre la banca dejé una nota: “Los viejos viven”. Después me fui.
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