Cuando niña, tenía una fijación extrema por preguntarle a mi madre qué cosa era el amor. Aún recuerdo que me contestaba con cierto brillo singular en el rostro, que era algo así como un cuerpo grande grande que cobijaba todo lo virtuoso de este mundo; jamás mencionó que también podíamos secarnos por dentro y que el desamor era el más desgraciado inherente a la piel, que destruye la memoria, que revienta los huesos, el alma y todo lo demás; jamás mencionó que sería imposible evitar caer en él y que entonces se desecharía toda la definición de amor para poder reconocer con todo derecho que el desamor es algo así como un infierno minúsculo. Si tan solo alguien me hubiese advertido el colosal tamaño de las cicatrices, hubiese optado por nacer con sentimientos desechables, de tal manera que no titubeara en gritar lo cobarde que soy.
A veces me gustaría que la memoria fuera más estricta, más delicada, que no fuera tan perfecta. A veces preferiría que los viajes al pasado fueran menos frecuentes y que si las personas por las que los hacemos nos han abandonado, entonces también aprender a abandonar. A veces preferiría ser más impaciente y malgastar los recuerdos que tengo o decolorarlos, sumergirlos con un ancla pesadísima en medio de un triángulo en bermudas, o asfixiarlos, siempre con la certeza del riesgo de un suicidio premeditado. A veces me pregunto si el dilema del recuerdo descansa en la huida o en el incesante combate por la extinción del mismo estúpido infeliz.
Y aquí entran los fantasmas, como lo hicieron desde el principio de este texto que no maldigo.
A veces aparecen esos fantasmas que creíamos sepultados; a veces los muy fieles son más grandes que el puto insomnio. Algunas veces los volvemos a sentir y apretamos con tanta fuerza las piernas que también se oprime el corazón; entonces entendemos que el revivir descansa en una simple definición, pues el intentarlo nos encajonaría en el más rojo de los infiernos y entendemos que hasta el más puro de los sepulcros, es tan temporal como la perversidad de una hoja en otoño. Sin dudar besamos y vejamos su carne todavía viva. También maldecimos la cobardía, esa contra la que siempre perdimos hasta la guerra más santa. Otras tantas veces, los fantasmas se desvanecen con la promesa de un eterno retorno y entonces Nietszche, se vuelve a degustar.
Entonces, siempre entonces, la memoria te enseña que no condena para sí a cualquier fantasma sino solo a aquellos que han muerto en ti, o tú en ellos; siempre una eterna viceversa.
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