¡Alto! Todavía no le pongas play. Favor de comenzar a escuchar la canción más abajito, cuando se mencione en la lectura.
Lo primero que compré cuando acordamos mudarnos juntas fueron los portavasos y un mapa gigante del mundo en papel couché brillante. ¿Y por qué los portavasos? Bueno, es que a mí esas cositas de mierda me vuelven loca. Luego compré saleros, un par de fruteros, seis hermosos vasos de cristal para hacer cocteles y otros seis para servir güisqui a nuestros amigos que, cuando nos visitaran un domingo por la tarde, sonara esta canción de fondo que tendríamos en el iPod de la mesa que estaría a un lado de la minicantina (ahora sí, favor de darle play a la rolita del inicio).
Es una mecánica muy curiosa, esa de pensar en todas las cositas que acomodarás en el departamento que todavía no tienes. Es bella porque el amor es fantasioso.
Fantaseamos con las cortinas y con el acomodo de la sala; querías unos muebles de madera que habías visto en internet; yo quería ir a la Lagunilla, y el día que lo propuse, te convencí: «no, chula, es que no has ido, pero ¿recuerdas el tocador francés de mi tía Romelia?». Incluso te fuiste de viaje y trajiste hermosos cuadros que, conciliamos, harían perfecta sincronía junto a los de mi amigo Ramiro, el pintor. Estábamos de acuerdo en casi todo. Hasta en las putas lámparas.
Pero nos echamos para atrás antes de desempacar maletas y, aunque nos llamé cobardes en un principio y terminé llamándonos incapaces –por no llamarnos idiotas sin fe–, entendí que el tiempo nomás no se nos alineaba. Éramos jóvenes, todo se nos hizo medio fácil y no terminábamos de arruinarlo (porque destruir lo bello cuesta, y cuesta mucho trabajo): romper, volver, romper para volver a romper y así unas cuatro veces hasta que ‘ora sí, el tiempo nos puso cara a cara y nos enojamos como se enoja la gente que se quiere y se lastima al mismo tiempo: creyendo que todo argumento es razonable y golpeándonos con palabras cuyo dolor no se muere ni lamiéndolo con una lengua para entonces arrepentida.
Ahora, de lejos miro las cajitas con los objetos que, de alguna manera valoré como transicionales, y he dejado de preguntarme «¿Qué tan bonito hubiera sido si...?», y si hubiera sido mejor vivirlo: saber cómo funcionaba a costa de sacrificar nuestra paz solo para yo ver puestos, sobre la mesa española, los malditos portavasos que compré únicamente porque combinaban bien con la pared color menta que querías… y porque a mí esas cositas de mierda me volvían loca.
Te soy sincera: no sé qué hacer con las cajas, si reventarlas en la pared como reventé el florero de cristal cortado que mamá nos compró en rebaja, o regalárselos a la próxima amiga mía que sí decidió arriesgarse y está a punto de irse a vivir con su novio; no sé si al regalarlas estaré regalando esa parte nuestra maravillosa que vive encerrada en vasos para güisqui porque, pues, a mí me da por pensar que la felicidad puede aprisionarse en cositas de mierda como, por ejemplo, en el aceitunero rojo comprado a precio regular, ese que nunca viste.
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