En 1872 Verlaine cae enfermo y Rimbaud no duda en regresar al lado de su amigo. Una vez restablecido Jean Arthur Rimbaud regresa a Roche, donde empieza a escribir su célebre obra póstuma: Una temporada en el infierno. Verlaine viaja a Jehonville, en las Ardenas belgas. Después de varias citas de su amigo, a las que no acudió, Rimbaud vuelve junto a él, y los dos parten, desde Amberes hacia Inglaterra. La amistad entre los dos cae en lo enfermizo, el ambiente es tenso, y a finales de Junio, Verlaine abandona a su protegido, y se embarca hacia Bruselas, con la esperanza de congraciares con su esposa, pero ya todo intento es inútil. Entonces suplica a Jean Arthur que regrese, pero ya la relación entre ambos es insoportable. Rimbaud decide regresar a París y Verlaine le dispara en el puño. El herido llama a la policía y el agresor es encarcelado dos años. De regreso a las Ardenas, en soledad, Jean Arthur Rimbaud culmina su devastadora Temporada en el Infierno, corrosiva desde el inicio, y que es, además, una suerte de poética personal y autobiografía espiritual:
Ayer, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde se abrían todos los corazones, donde corrían todos los vinos.
Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la injurié.
Me armé contra la justicia.
Huí. Oh miseria, oh hechiceras, oh odio, a ustedes mi tesoro les confié.
Logré desvanecer de mi espíritu toda la esperanza humana. A toda alegría, para
estrangularla, di el salto sordo de la bestia feroz.
Llamé a los verdugos para morder, agonizando, la culata de sus fusiles. Invoqué las plagas para ahogarme en la arena, la sangre. La desdicha fue mi dios. Me revolqué en el fango y me sequé con el aire del crimen. Y le jugué buenas trampas a la locura.
Y la primavera me trajo el horrible reír del idiota.
Y ahora, últimamente, encontrándome muy cerca de proferir el último ¡cuac!,
he pensado buscar la llave del festín antiguo, donde volvería tal vez a tomar apetito.
Esta llave es la caridad. ¡Esta inspiración demuestra que soñé!
“Será siempre hiena, etcétera¼”, exclama el demonio que me corono de dulces adormideras. “Gana la muerte con todos tus apetitos y tu egoísmo y los pecados capitales”.
Ah, estoy harto: pero amado Satán, conjuro para que se me vea con menos irritación, y a la espera de pequeñas infamias retrasadas, a ustedes que aman en el escritor la ausencia de facultades descriptivas o instructivas, desprendo estas hojas horribles de mi carnet de condenado.
La fantasmagoría, término forjado para designar un espectáculo muy popular en su tiempo, pero hoy completamente olvidado y que tuvo fortuna a todo lo largo del siglo XIX, es el arte de hacer aparecer espectros o fantasmas por ilusiones ópticas. La palabra “fantasmagoría” pasó al lenguaje común; ya que es apta, como la palabra “fantástico” pero con connotaciones ópticas más marcadas, para evocar una actividad imaginaria.
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