El Oasis de la Insignificancia
Óscar de la Borbolla
El currículum amoroso
"El peso ontológico de los papeles determina que quien desee ser alguien debe, más allá de afanarse en conquistar una auténtica solidez, emplear toda su energía en conseguir cartas de recomendación, diplomas, comprobantes, credenciales, cartoncitos con sellos y firmas y, sobre todo, títulos".
La semana pasada festejé con ustedes mis 500 columnas en SinEmbargo, y hoy quisiera celebrar también la publicación de mi libro “Asalto al Infierno e Instrucciones para destruir la realidad”, que acaba de ser publicado por el FCE. He decidido traer a cuento este libro porque también fue resultado de mi trabajo como columnista en otros medios hace mucho tiempo. Aquí, en SinEmbargo, mi propósito ha sido presentar ideas que inciten a pensar, a dudar, a reflexionar. En aquellas otras columnas, que duraron cerca de 15 años, mi propósito fue: invitar a mis lectores a imaginar un mundo distinto, provocarlos con humor para que imaginaran que vivíamos en otro México. Mi compromiso en SinEmbargo es y seguirá siendo pensar; pero hoy quisiera compartir con ustedes una muestra de lo que hacía cuando mi compromiso era soñar… he aquí como muestra una de aquellas columnas humorísticas: El Currículum Amoroso:
En nuestra sociedad credencialicia, el individuo vale de acuerdo con el número de hojas que abarca su currículum: poco importan su saber y su experiencia si no están avalados por documentos, si no tiene manera de acreditarlos con certificados. Uno es quien dicen los papeles: extraviarlos equivale a perder la identidad, a carecer de fundamento; es necesario que la verdad acerca de nosotros esté certificada, y esto llega a tales extremos que, de hecho, en México, la realidad se fabrica en las imprentas y un demiurgo la expide oficialmente: uno es docto cuando posee título de doctor; uno sabe manejar cuando tiene licencia; uno es, cuando puede probarlo, cuando enseña la fotocopia del diploma que dice: Fulano de tal es. El peso ontológico de los papeles determina que quien desee ser alguien debe, más allá de afanarse en conquistar una auténtica solidez, emplear toda su energía en conseguir cartas de recomendación, diplomas, comprobantes, credenciales, cartoncitos con sellos y firmas y, sobre todo, títulos. Vivimos en un mundo de apariencias, donde quien más documentos posee inclina la balanza a su favor y, claro, se piensa que este sistema absurdo opera con justicia, ya que es tan fácil obtener las constancias que quien no cuente de menos con un kilo en su haber es por fuerza un inepto.
No voy a discutir si el saber real y la larga experiencia son superiores a la fachada refulgente con la que nos inviste un título, pues, por un lado, comprendo que es inútil: todas las sociedades primitivas donde rige, como en la nuestra, el pensamiento mágico, son nominalistas; y por el otro lado, comprendo que es suicida: para qué pretender reducir el valor de los papeles: si con algo curan los médicos ─aparte de con la sugestión que nos provocan su jerga incomprensible, lo blanco de sus batas de brujos esotéricos y sus precios─ es con el influjo benéfico de las cuatro docenas de diplomas con los que tapizan sus consultorios. Para qué socavar la validez de los documentos: en las escuelas terminaría de desatarse la confusión si los profesores no se destacaran de los aprendices por el título. En fin, creo que el credencialismo, lejos de ser un mal, es lo que aún mantiene cierta dosis de orden en México: si las constancias perdieran de pronto su valor, nos hundiríamos en el caos de lo indiferenciable.
Por eso me alegra que el credencialismo, por fin, haya llegado a una de las esferas de la vida en que se había mantenido al margen: el amor. Hasta hace poco, elegíamos pareja, nos entregábamos o nos amarrábamos al cuello una soga legal sin dar ni recibir un currículum, y esto era la causa de muchísimos desenlaces lamentables. El otro, ciertamente, nos contaba parte de su historia; pero, al igual que nosotros, lo hacía exagerando u omitiendo algunos pasajes: es inherente a la conquista amorosa el que los participantes se esmeren en pulir y levantar su imagen: el deseo de agradar nos vuelve involuntariamente mentirosos, cada quien enseña solo su faceta más amable, la más seductora, y es comprensible: sería imprudente, sería insensato, autodestructivo y patológico hacer gala de una torpe y brutal sinceridad. El enamorado obra de buena fe: la necesidad que siente del otro lo lleva a creer que el antifaz y a veces hasta el disfraz completo que se pone concuerdan con él. Es legítimo, sano y obligatorio que los enamorados se engañen, que se pasen horas frente al espejo corrigiendo sus defectos, que se perfumen y masquen chicle para eliminar malos olores, que cuiden su apariencia, vigilen su conducta, ajusten su biografía y estrenen los ideales, los gustos e inclusive los sueños que hagan falta.
Obviamente, la máscara que el amor nos obliga a inventar no aguanta las patadas del tiempo: uno no puede pasarse la vida sosteniendo en vilo la pizarra sobre la cual pintó el retrato de un príncipe azul o de una princesa encantadora: los brazos se cansan, la pantalla se cae y un día despertamos con los pelos parados, la cara abotagada y los ojos impúdicamente lagañosos. En esos momentos era cuando uno lamentaba no haber sido más cauto, no haber solicitado un currículum o, de perdida, no haber pedido cartas de recomendación y referencias.
Ahora que se ha impuesto en México, de forma obligatoria, entregar a quien se pretende el currículum vitae amoroso la vida cambiará hondamente: de toda relación obtendremos una constancia con valor a currículum: contarán los años de experiencia a partir de la titulación; los cónyuges intercambiarán, según el caso, cartas de felicitación por actuaciones excepcionales, por solidaridad y comprensión, o actas recriminatorias por incumplimiento de las obligaciones, por incompetencia profesional, así como lacónicas cartas de puntualidad y asistencia. Quien posea un buen currículum amoroso podrá aspirar a un mejor sitio dentro del mundo sentimental, pues, aunque en asuntos de amor siempre se toma en cuenta la apariencia física, es posible que por virtud de las constancias se empiece a reparar en otras cualidades ─la eficiencia, por ejemplo─ para asignar a alguien el puesto de compañero. El currículum comienza a hacer que la elección de la pareja sea menos ciega, pues, aunque con seguridad comenzarán a darse casos de fraude, falsificación y venta de certificados de aptitud erótica, la nueva costumbre nos ubica más allá de ese engaño total que caracterizó los comienzos amorosos a lo largo de la historia.
Estoy seguro de que muy pronto todos los países seguirán el ejemplo de México y, por ello, hago desde aquí un llamado a mis antiguas compañeras de alcoba, invocando aquellos momentos que, pese a todo, seguramente no habrán olvidado, para que envíen a mi domicilio de siempre las constancias respectivas; yo prometo a vuelta de correo otro tanto: necesito los comprobantes, me urgen para elaborar mi currículum y estar listo para estos nuevos tiempos que nos han tocado.
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