Fabrizio Mejía Madrid

Nuevo orden

"En 1989 nos decían que habíamos llegado a la hora del mundo. En estos días parece que hemos llegado a la hora de su crueldad".

A muchos nos ha tocado vivir ya el final de dos órdenes mundiales: el de la Guerra Fría en 1989 y el del Imperio de los Estados Unidos, tal parece ahora. La caída del Muro de Berlín, la reunificación de Alemania, el final del Bloque Socialista, y la posterior disolución de la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas trajo una euforia del bando ganador. Creyeron ---y lo dijeron públicamente--- que había terminado el Estado que planea y ya todo era el mercado que no definía sólo el precio de una cosa, sino también todas las relaciones humanas incluyendo la política y hasta el amor. También nos dijeron que las revoluciones habían terminado. Esto trajo cambios a la forma en que veíamos el quehacer político; se desestimó la voluntad política, el pueblo pasó a ser una palabra prohibida, ridícula, y sostén de una ideología caduca que había demostrado su fracaso histórico al desbaratarse ---decían--- casi por inercia, y los dirigentes políticos desaparecieron. Ahora tachados de “caudillos”, los que se votaban eran unos administradores, unos gerentes, de preferencia de Coca-Cola. Desaparecerían, con el tiempo o al menos eso presagiaron, las naciones porque el mundo se iba a ser bien global, y con ellas la soberanía, ese término roñoso de los “caudillos” latinoamericanos.

Los ganadores fueron muy poco dignos en su victoria y exigieron que todos nos arrepintiéramos de haber apoyado a Cuba, a Salvador Allende, o a la Nicaragua de los sandinistas. Si no lo hacíamos, éramos totalitarios o ---peor--- trasnochados, premodernos, agrícolas, vernáculos. Había que estar a la hora del mundo y esa era la que dijera Washington. Pero lo que se inauguraba no era un mundo globalizado, sino el despliegue de las corporaciones por todo el mundo en busca de mano de obra esclava, materias primas baratas, y maquiladoras con condiciones laborales de terror. No vendría la paz, sino más guerras.

Del 27 de agosto al 2 de septiembre de 1990, con el segundo informe de Salinas de Gortari de trasfondo, los intelectuales triunfantes mexicanos se reunieron en el Foro 2 de Televisa San Ángel y transmitieron sin pudor el equivalente a siete tomos de una enciclopedia parroquial boquiabierta por el cosmolitismo de tener invitados que lo mismo hablaban el francés, que el polaco. Lo único memorable del encuentro fue que los vencedores, es decir, los que ya habían salido plenamente del closet neoliberal jamás pudieron responder a la pregunta: Si el socialismo ha desaparecido, ¿cómo haremos para resolver los problemas que plantea, es decir, las miserias del capitalismo? En cambio, lo que será siempre recordado será la indigna y desesperada defensa que tanto Paz como Krauze, que en ese entonces todavía no lo hacía famoso López Obrador o el monero Hernández, esa vergonzosa defensa que hicieron entre los dos del PRI al llamarlo, no dictadura perfecta, como socarronamente lo bautizó Vargas Llosa, sino “dictablanda” y hasta “sistema de partido dominante”, como dijo el poeta, ya molesto porque en México no estaban sucediendo las cosas de Europa, es decir, el triunfo del desodorante sobre el futuro colectivo. Algunos de esos que hablaban en su encuentro habían aprobado el fraude electoral de Miguel de la Madrid a favor de Carlos Salinas apenas dos años antes. Octavio Paz nunca lo llamó fraude electoral, sino le dedicó con cariño el nombre de “bautizo democrático” y prefirió centrar su mirada, no en la violación a la voluntad del pueblo mexicano ni a su Constitución, sino a que el usurpador Salinas cumpliera con las reformas que estaba haciendo el mundo bien moderno, como Polonia o Hungría. Lo que desde entonces querían decirnos a los demás mexicanos estos intelectuales de foro de televisión era que un McDonald's bien valía una dictadura. Luego vino la historia conocida por todos: según ellos, México entró en una transición que no duraba dos o tres años, sino cuatro décadas con fraudes electorales en 1988, 2006 y una compra de cinco millones de votos en 2012, la creación de una burocracia de los pactos secretos en los partidos y los institutos autónomos, incluyendo el electoral y, cuando perdieron contra la izquierda que ni siquiera los consideraba como interlocutores válidos, empezaron a decir que se estaba instalando una dictadura con la complicidad de la mayoría de los ciudadanos que salían a votar. En ese panorama muy poco inteligente y desfasado de la historia política del país, según ellos, pasamos de una transición eterna a quién sabe qué democracia a una dictadura que empezó en la primera elección realmente abrumadora en 2018. Mientras hubiera participación y desgano, ahí íbamos a la democracia, pero cuando la gente salió realmente a ejercer su derecho al voto, ahí sí ya estábamos camino a una dictadura que, por lo demás, será como su transición, es decir, estaremos llegando a ella durante cuarenta años. Al diablo con sus intelectuales.

Empecé con este bonito recuerdo porque ahora tal parece que atestiguaremos la caída del Imperio de Washington. Ya va quedando claro que sucederá: un quiebre de lo que durante 37 años fue el dominio comercial de los Estados Unidos, el debilitamiento del nexo con Europa y el conflicto abierto con China. Para América Latina, el destino histórico de ser parte de la esfera de influencia e intervención de los Estados Unidos. Para México la condición geográfica de tener con ellos una frontera norte y regresar con toda nuestra energía a lo que celebraban los intelectuales de 1990 que iba a desaparecer: la soberanía, la seguridad nacional, el interés general, la política, el Estado y el pueblo. “Occidente”, al que se refieren los esquemáticos para referirse a la Europa del norte, blanca, y a los Estados Unidos blancos y cristianos, se ha ido decantando en lo que fue una de sus herencias más perniciosas: el racismo.

Occidente es la historia de varios grupos de personas que se piensan esenciales dentro del resto que es desechable. Fundan la idea de que lo humano es un rasgo restrictivo y exclusivo de su grupo. Los griegos consideraban bárbaros a los que no hablaban su idioma y sostenían que eran pueblos balbuceantes destinados a la esclavitud. Es una idea que legitima toda forma de dominación, primero en Europa y, luego, en Estados Unidos. Los demás son un contagio. Puede ser de criminalidad, de culturas distintas, y hasta de lo que se considera “feo”, como dijo hace poco el Presidente de los Estados Unidos a un grupo de deportados por sus agentes de inmigración y aduanas, el ICE. Pero, tras los sucesos de Minessota, donde es acribillada una señora rubia de clase media con hijo dentro de su camioneta, se convierten en  parásitos que le chupan la sangre al hombre común, decente, trabajador y que, además, reclaman un lugar que no se han ganado, se reproducen a velocidades de terror, y su subhumanidad se va pasando de generación en generación, no sólo los inmigrantes o los del Islam, a los somalíes, venezolanos, o mexicanos. Esos parásitos también son los llamados en Estados Unidos “liberales”, es decir, los que tienen cierta consideración, aunque sea cosmética, por los semejantes. A estas alturas ya son parásitos hasta los demócratas. Como aquí lo son “los pobres” para la ultraderecha en el México actual. Racializada la pobreza, los señalados llevan en el color de piel su desventaja natural que justifica que se les trate como cosas. Los soberbios “occidentales¨ nos tachan de impuros a los que nos consideran inferiores, no al que asesina a sangre fría a un igual.

Pero veamos qué ha sido “Occidente”, con el que se llenan la boca lo mismo los trumpistas, que los de Vox en España, la OTAN, y hasta una ralea latinoamericana que espera que el “Primer Mundo” le llegue, aunque sea a bombazos. Primero, el nombre “Occidente” incluyó todo lo que estaba al norte de Europa, con todo y la Rusia de Pedro El Grande. Pero, tras la victoria de los rusos sobre Napoleón, Occidente, aterrorizado, se convirtió en algo que excluyó para siempre a Rusia. Lo que pasaba del oeste de Alemania y del sur de Italia era “oriental”, “musulmán”, “cosaco”. “otomano”, “turco”, “bárbaro”. Pero he ahí que el racismo se fue haciendo exclusivista: los del sur de Europa, España e Italia incluidas, no eran ya realmente Occidente, por ser católicos. Y, como consecuencia, en la propia Gran Bretaña, los irlandeses no eran tampoco “occidentales”. No era la Europa cristiana, porque estaban fuera los ortodoxos del “Oriente”, incluyendo a los mismísimos griegos. No eran tampoco franceses y alemanes porque, entre ellos, se disputaron ser el centro de la humanidad. Como hasta la fecha en que Alemania y Francia son los tiranos en la Unión Europea.

Pero fueron los positivistas de Francia, Augusto Comte en específico, que colocó a su patria en el centro desde donde él sostenía bien patriotero que emergía la universalidad, con un guiño al imperio de Carlomagno, sucesor supuesto de la Roma de los césares. Alemania se quedó con su profunda “kultur”, es decir, su propio alemanismo que se resiste a ser el universalismo francés hecho de fórmulas. Los Estados Unidos entran ahí, no sólo porque se digan herederos de los migrantes europeos, sino porque son muy cristianos, blancos, y “superiores”, es decir, porque llevan consigo el racismo al que le suman su supuesta supremacía tecnológica. Desprecian a los europeos católicos, y se ponen al frente de ese imaginario del racismo fluctuante y voluble que se llama “Occidente”. Así, los esclavistas del sur de Estados Unidos están convencidos de que fueron puestos por Dios en esta tierra para explotar a los inferiores y apropiarse de sus recursos. Al “negro” flojo e ignorante, lo sustituyen con el afroamericano criminal, drogadicto, y naturalmente violento después de la emancipación. A los latinoamericanos nos consideran subhumanos con poderes sobrehumanos para “minar su modo de vida”, engendrar el caos, y las sobredosis. No merecemos los recursos naturales porque hacemos mal uso de ellos. Somos, a la vez, autoritarios e indolentes. Contagiosos y desechables. Pero lo cierto es que ese “Occidente” del que hablan los que quieren ver una entidad política e ideológica basada en quién sabe qué cultura en común, está desde el inicio resquebrajado. En la Guerra Fría se adueñó del término “libertad” y de la democracia liberal. Después de ella del mercado y hasta de la tecnología. Según estos voceros del Occidente, lo que hacen los demás países, incluyendo a China, es copiarles y venderlo más barato. Pero al resquebrajarse lo único que habían construido, es decir, la alianza militar de la OTAN, mucho de eso está puesto en cuestión.

Pero quisiera terminar esta columna con un ruego a que pongamos atención en el fin de la idea de humanidad. Es muy peligroso que todo parezca un juego entre potencias militares y comerciales, sin detenerse a pensar en lo que nos hace iguales, que es la dignidad humana. El genocidio de Israel en Gaza demostró que no somos un sistema global bajo ningún concepto. Lo mismo sucedió con el homicidio de pescadores inocentes en las costas de Venezuela. Cuando los medios globales que apoyaron a Israel en sus matanzas nazis o que callaron ante Venezuela que se lo merecía por tener un dictador con dos reelecciones, ahora gritan por Groenlandia, lo que están demostrando es el final de la humanidad. Sólo les interesa lo que les queda cerca.

Lo humano que surgió después de las bombas de Hiroshima y Nagasaki habló de nuestra vulnerabilidad ante nuestra propia tecnología de muerte. Ahora los mega millonarios hablan de prescindir de lo humano con la IA y los robots que no reclaman derechos ni hacen huelgas. Después de Hiroshima y Nagasaki, se expandió el imaginario de que todos teníamos un irreductible: nuestra propia dignidad. Vivíamos en naciones que, al menos en el papel, tenían todas por igual derecho a la autodeterminación. Todo eso se está rompiendo en estos días. El Presidente de los Estados Unidos dice que el límite de su poder global es “su propia moralidad”. Con esa declaración quiere dar por terminado un ciclo que desde Hiroshima y Nagasaki se extendió a muchos ámbitos de lo humano y aun de lo natural. Cada vez que los fascistas de ahora abren la boca, un nuevo grupo, nación, o modo de vida deja de ser considerado un igual, es decir, un ser humano con dignidad no negociable. No permitamos que esto suceda, queridas lectoras y lectores. Así como hace 37 años nos pedían que aceptáramos dejar de pensar en el futuro compartido y disfrutar de más sabores de yogur, ahora nos están exigiendo subirnos al tren que descalifica como humanos a los diferentes. En 1989 nos decían que habíamos llegado a la hora del mundo. En estos días parece que hemos llegado a la hora de su crueldad.

Fabrizio Mejía Madrid

Es escritor y periodista. Colabora en La Jornada y Aristégui Noticias. Ha publicado más de 20 libros entre los que se encuentran las novelas Disparos en la oscuridad, El rencor, Tequila DF, Un hombre ... Ver más

MÁS EN Opinión

MÁS EN Opinión