Leopoldo Maldonado
Epstein y el poder en estado puro
06/02/2026 - 12:01 am
"Epstein también obliga a mirar algo más amplio. La existencia de redes internacionales de explotación sexual, muchas veces vinculadas a circuitos de poder global".

Cada nuevo dato que emerge sobre el caso Jeffrey Epstein confirma algo que muchos prefirieron no ver durante años. Nos confirma que no se trató de un depredador solitario, sino de un sistema que lo cobijó, le fue útil y lo protegió. El verdadero escándalo no son solamente los nombres que aparecen y desaparecen, sino el sistema que permite cometer las más terribles vejaciones contra niñas, niños y mujeres.
Epstein no apareció de la nada. Circuló con comodidad en los salones donde se cruzan dinero, poder político y seguridad global. Fue cercano a figuras de ambos partidos en Estados Unidos, frecuentó a Donald Trump y mantuvo una relación prolongada con Bill Clinton, quien voló varias veces en su avión privado, el tristemente célebre Lolita Express. Ninguna de estas conexiones prueba por sí sola responsabilidad penal, pero todas dibujan un ecosistema de impunidad.
El propio Ehud Barak -exprimer ministro de Israel- reconoció la relación, incluso después de la primera condena del financista por delitos sexuales en 2008, minimizándola como encuentros políticos o intelectuales. En el contexto de esta relación, diversas investigaciones periodísticas han señalado la cercanía de ambos con círculos vinculados a la industria de la defensa, la inteligencia y la vigilancia tecnológica. Por eso no es casual que, aun después de su primera condena, Epstein mantuviera acceso a recursos, contactos y protección.
Las víctimas, en cambio, fueron sistemáticamente invisibilizadas. Jóvenes y niñas sin apellido rimbombante, sin abogados influyentes, en situación de pobreza, padeciendo una profunda asimetría de poder frente a sus agresores. Sus denuncias chocaron una y otra vez con fiscales indulgentes, acuerdos secretos y un sistema judicial dispuesto a negociar. El acuerdo de no procesamiento de 2008 en Florida, que permitió a Epstein evitar cargos federales y cumplir una condena mínima, sigue siendo uno de los ejemplos más obscenos de justicia selectiva en Estados Unidos.
Aquí resulta inevitable recordar la adaptación cinematográfica de la obra del Marqués de Sade, Saló o los 120 días de Sodoma, por parte del poeta, escritor y director italiano Pier Paolo Pasolini. Más allá de ser una metáfora del fascismo, hoy nos redirige hacia una metáfora del poder sin controles, un poder en estado puro. O más bien a la “fascistización” de dicho poder.
Con Epstein los políticos, nobles, médicos, abogados, fiscales, financieros, magnates de la tecnología, artistas, fueron los protagonistas de historias indecibles, de relatos que creíamos propios de la más delirantes y perversas mentes. Los cuerpos de estas niñas, niños y mujeres se volvieron territorio de dominación, cosificados bajo una violencia ritualizada. Hubo un ejercicio brutal de control, una demostración de que el poder no se autocontiene y puede hacerlo todo cuando nadie lo confronta.
En Saló, la violencia busca humillar, poseer, destruir en un orden que lo permite y lo aplaude, simplemente porque puede y porque así se reafirma así mismo. Con la trama Epstein y sus redes sucede algo parecido. Durante años, instituciones enteras miraron hacia otro lado. Los propios medios de comunicación, por miedo o complicidad de sus dueños, decidieron vetar voces que se atrevieron a hablar de las vejaciones años antes de que explotara el escándalo. También la justicia estadounidense funcionó como suele hacerlo cuando los acusados pertenecen a las élites.
El tratamiento posterior del caso tampoco ha sido ejemplar. Cada gesto de supuesta transparencia termina por revictimizar a quienes ya cargan con el daño. Así lo acaban de denunciar un grupo de sobrevivientes el viernes pasado. Como contraste, los nombres más influyentes fueron protegidos por mucho tiempo, ya sea por tecnicismos legales o silencio cómplice.
Epstein también obliga a mirar algo más amplio. La existencia de redes internacionales de explotación sexual, muchas veces vinculadas a circuitos de poder global, donde confluyen dinero, guerra, vigilancia y control. No es casual que su nombre aparezca cerca de “paraísos” de turismo sexual infantil, como México.
La pregunta de fondo no es cuántos Epstein existen, sino qué tipo de orden político y económico los produce. Qué dice de nuestras supuestas democracias que los mecanismos de rendición de cuentas se suspendan cuando se trata de las élites. Qué revela sobre nuestra idea de justicia que el sufrimiento de los más vulnerables sea negociable, como lo fue el primer caso contra Epstein que se diluyó en Miami hace casi 20 años; y que hasta la fecha ningún hombre poderoso haya sido sujeto a investigación y proceso formales.
El caso Epstein es un espejo incómodo de la política actual. Un recordatorio de que la corrupción, el autoritarismo y la impunidad, cuando no encuentran límites, se traducen en un dominio cruel y atroz. Para quienes quieren darle un matiz ideológico al problema, exhiben una forma simplista de confinar el mal como algo que está “en otro lado”, eludiendo que es un peligro latente de cualquier poder sin límites, venga de donde venga.
Mientras sigamos tratando estos episodios como excepciones y no como parte de un sistema, todo seguirá igual. Cambiarán los nombres, las filtraciones, los escándalos. Pero la lógica que los sostiene —esa que convierte la violencia en instrumento y la impunidad en privilegio— permanecerá intacta. Y entonces, como en Saló, el horror no será solamente lo que ocurrió, sino lo que permitimos con indiferencia que pase ante nuestros ojos.
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