Por Andrea Fischer
Ciudad d México, 5 de abril (SinEmbargo).- De pronto, es difícil evitar el rechazo por las imágenes. Hay algo en la puesta en escena del ritual de la Muerte Niña que llama la atención; las flores recién cortadas, o el dolor de las madres arrullando a sus bebés sin vida.
Después de leer la 15ª edición de la editorial Artes de México El ritual de la muerte niña. Nos damos cuenta que tomar una fotografía en el siglo XIX era un evento en sí mismo, la marca del duelo es indeleble. Aunque los cadáveres —tan chiquitos, tan endebles— de los bebés están rodeados de flores y vestidos con ropajes festivos, los rostros de sus familias cuentan otra historia. La pregunta es legítima, ¿qué llevaría a una familia a retratar a los bebés fallecidos?
La Muerte Niña: un ritual de duelo y despedida
El púrpura es el color del luto en la tradición católica, y la revista-libro no deja escapar este detalle, pues la primera página está vestida de morado. Los interiores, sin embargo, brillan con otra luz.
Los bebés e infancias en las primeras etapas de vida visten “galas y exuberancias”, apunta el historiador del arte Gutierre Aceves, en el capítulo “Imágenes de la inocencia eterna”, estos ropajes son dignos de arcángeles, el rango más alto de los ‘mensajeros’ de Dios. Y no es casualidad, los tocados, los arreglos florales y los ropones cosidos con hilo de oro pretendían ser atavíos de fiesta. Según la creencia, explica el poeta Alberto Ruy Sánchez Lacy en el texto editorial “Resucitar en el arte”, estos bebés dejaban su vestimenta de carne para convertirse en querubines.
Todo el pueblo participaba en el evento llevando; flores, comida, hierbas de olor, mantas para el cadáver, cualquier cosa que aportara un valor simbólico a la escena del niño-vuelto-ángel. Al ser niñas y niños ‘sin pecado’ al morir, explica el autor, inmediatamente se convertían en ángeles. Como menciona Alberto “la Muerte Niña es aquella vista y vivida con alegría: […] no es muerte, sino nacimiento festivo a otra vida”.
Este esfuerzo colectivo se cristaliza en un instante, aquel en el que el fotógrafo aprieta el gatillo y hace una imagen. A todo este ritual de preparación
fúnebre se le conocía como la Muerte Niña: el rito donde los bebés se convierten en ángeles.

De los conventos a las calles
Esta costumbre no es nueva, de acuerdo con el investigador Gutierre Aceves, se encuentran pedazos de esta práctica desde la época colonial en Nueva España. Con la técnica al óleo, estas imágenes muestran a los niños como si estuvieran dormidos, y vestidos con ropa digna de los más altos mandatarios en las huestes celestiales.
Parece que el uso de retratar personas muertas no es nuevo en México, la revista-libro menciona a las ‘monjas coronadas’; esta costumbre trataba de hacer retratos a mujeres que se dedicaron al servicio de la Iglesia. Se les conoce como las ‘coronadas’, porque los tocados eran elaborados con flores nativas, que muchas veces crecían en los jardines de los conventos.
Las coronas de flores eran una afronta directa a la muerte; después de una vida de claustro y pureza conventual, las monjas habían vencido a la muerte y resucitado en el Paraíso. Esta costumbre se salió del contexto religioso y migró a las familias adineradas que comisionaron obras al óleo de sus hijas e hijos muertos. En ocasiones, explica el investigador Aceves, les pedían a los retratistas que las representaran cómo hubieran sido años después de su muerte.
Iconografía del duelo
Con la introducción de la fotografía a la vida mexicana, las familias quisieron replicar esta costumbre centenaria en un formato diferente, pues de acuerdo con el registro del Centro INAH Sonora, la mortalidad infantil en México a finales del siglo XIX e inicios del XX aumentó el 30 por ciento. Visto así, no es extraño pensar que las familias quisieran darles permanencia a sus bebés fallecidos, a través de estas fotografías, y al armar un jardín ficticio en torno al cadáver, estaban haciendo un guiño al renacimiento en la vida eterna y preservar su recuerdo.
Esta edición tiene una fotografía particularmente desgarradora. Una madre sosteniendo a su bebé; con un ropón blanco, largo, que casi parece un sudario. La comparación es inevitable: es como si fuera la Virgen María sosteniendo a Jesús después del sacrificio, es la representación de la madre que se despide de su hijo.
El ritual de la Muerte Niña también es eso: una muestra de piedad para ellas, que gestaron, esperaron y ahora se despiden. Imágenes como ésta muestran que, tal vez, eran más para las madres que, después de meses de gestación, les daban la bienvenida a sus hijas e hijos sólo para despedirles de manera prematura.

Andrea Fischer reseña piezas del acervo editorial de Artes de México. Editó National Geographic en Español y Muy Interesante México. Diversos títulos de talla global les dan hogar a sus textos. A veces hace fotografía análoga. No deja de escribir.



