Ya lo dijo el Papa Francisco al cerrar su primera visita pastoral en la playa de Copacabana, Río de Janeiro (Brasil), en el marco de la Jornada Mundial de la Juventud (2013): “Jóvenes, sean revolucionarios, revélense contra la cultura de lo relativo y lo provisional”.
Lo anterior se da en un contexto mundial donde vemos manifestaciones multitudinarias de alto impacto realizadas en su mayoría por jóvenes en diferentes países, por citar algunas: la egipcia contra el régimen del depuesto Presidente Hosni Mubarak y su lucha por un Estado civil; en Turquía, contra la arrogancia del primer ministro Erdogan y la violenta represión policíaca derivada de la defensa del parque de Gezi; en Brasil y su “Pase Libre” contra el Mundial de Futbol 2014, exigiendo más hospitales que estadios; y en México –de manera más tibia, dicen algunos– con el movimiento #YoSoy132 contra la “imposición” presidencial y por la caída de los medios de comunicación manipulados por el poder. A ese respecto, es inevitable recordar Atenco y Tlatelolco, escenas imborrables en la memoria de los jóvenes y sus luchas a través de la historia de México. En la actualidad, estos recuerdos siguen siendo alicientes palpables y fuertes para seguir en la causa, dicen muchos. Pero… ¿cómo se aprecia-juzga a las juventudes hoy en día? ¿Cuál es el paradigma?
Cientos de estudios sociales se realizan al respecto. Las políticas de prevención del delito en los países-estados-municipios mayoritariamente se centran en la juventud, todos quieren hacer notar que atienden ese sector poblacional en especial; que los jóvenes son lo más importante en sus comunidades porque, “son el futuro de México” frase que resuena como un obligado dicho popular en los discurso políticos.
Cabe resaltar la perspectiva sobre la juventud que aporta Naciones Unidas, organización que desde 1978 desarrolla el Programa de las Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (UN-HABITAT), y que fue fruto de la Cumbre de las Naciones Unidas sobre Asentamientos Humanos, celebrado en Vancouver, Canadá (1976). La misión de UN-HABITAT es promover el desarrollo de asentamientos humanos social y ambientalmente sostenibles y la oferta de viviendas adecuadas para todos.
Derivado de años de experiencia e investigación realizada por UN-HABITAT, se logró consenso al admitir que lograr mantener un ambiente de paz y adecuada seguridad pública en las comunidades, es requisito obligatorio para que estas sean dignas y sustentables. Así también, se llegó a la conclusión de que las juventudes eran piedra angular en este tema, y se decidió que atender sus necesidades tendría que ser prioridad para los países.
¿Por qué los jóvenes? La misma ONU en su Guía para la prevención con jóvenes hacia políticas de cohesión social y seguridad ciudadana (2011) apunta:
“La importancia de focalizar el problema de la juventud y la violencia deriva de tres hechos: el aumento de la violencia en Latinoamérica durante las dos últimas décadas, en particular de la violencia juvenil; los límites de las políticas públicas dirigidas hacia los y las jóvenes; y, por último, la importancia cuantitativa del segmento juvenil en la región. Estadísticamente, los jóvenes son los principales victimarios y las principales víctimas de la violencia y la juventud es una etapa del ciclo vital en la cual se puede intervenir efectivamente para transformar la personalidad”.
Es decir, estadísticamente los jóvenes o somos criminales o “peor” –creo– seremos víctimas. Realidad dura, pero es la que es.
La percepción sobre las juventudes que aporta Naciones Unidad a través de sus estudios no es tan desalentadora, al menos en una de ellas. Según sus guías, las y los jóvenes son estigmatizados principalmente en tres grupos –palabras más palabras menos–; la sociedad-Estado nos ve como: inmaduros, criminales o actores estratégicos.
Refiriéndonos al primer estigma –inmadurez–, la juventud es planteada según la ONU como una etapa humana de preparación para poder ingresar al mundo adulto, considerado este como la consolidación del desarrollo de cualquier individuo, es decir, para ser productivo, maduro, responsable, y/o cuerdo moral, política y socialmente, tienes que tener ¿35-40-45? Según esto, la etapa de la juventud se entiende pues como una oportunidad para que ensayemos y nos equivoquemos, mientras nos preparan para ser adultos.
Esta conceptualización de las juventudes me parece “adultocentrica”, y violenta el derecho a la autonomía del joven, quien puede y debe decidir e involucrarse en la vida de manera única, positiva y productiva; además de tener esencia, carácter, criterio y voz en su comunidad.
Para el segundo estigma, decir joven es decir “crisis y riesgo” o “la edad difícil”. Se asocia con los embarazos no deseados, la delincuencia, las drogas, la deserción escolar, las pandillas, etc. Se tiende a construir una percepción generalizadora y estigmatizadora sobre la adolescencia y juventud a partir de esta mirada negativa, y se organiza desde el mundo adulto la prevención y atención para la eliminación de los riesgos y peligros sociales más que para el fomento del desarrollo integral de los adolescentes y jóvenes. Una visión exagerada de este precepto nos llevaría a la criminalización generalizada de las juventudes, y los prejuzgaría por el sólo hecho de serlos.
Por último, la visión de los adolescentes y jóvenes como ciudadanos y actores estratégicos. En este paradigma se piensa que el o la joven es actor protagonista en las sociedades, garante de ciudadanía, lo que permite reconocer su valor como sector flexible y abierto a los cambios, expresión clave de la sociedad y la cultura global, con capacidades y derechos para intervenir protagónicamente en su presente, construir democrática y participativamente su calidad de vida y aportar al desarrollo colectivo.
Sin duda, lo ideal es que las sociedades-Estado tengan una conceptualización similar a la última aquí presentada, y hacer suya la responsabilidad de que las juventudes no se desvíen hacia conductas no favorables.
El ímpetu, entusiasmo, creatividad, flexibilidad, frescura, y capacidad de las y los jóvenes se tiene que aprovechar, y esto sólo puede ser posible cuando el Estado propicia las condiciones. Preguntémonos entonces, ¿están dadas las condiciones en México?
En junio pasado, la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) presentó el informe Panorama de la Educación 2013, el cual reveló que México tiene siete millones 337 mil 520 “ninis” y que es el tercer país en el que más se manifiesta este fenómeno, sólo después de Turquía e Israel. La OCDE señala que el desempleo y el subempleo aumentaron a causa de la recesión mundial y los principales afectados son los jóvenes, además que la deficiente oportunidad para la educación superior incentivan el fenómeno “nini” en México.
El joven es de alma inquieta y revolucionaría. De no tener las condiciones socialmente justas para vivir adecuadamente y desarrollarse, el hartazgo los hará organizarse, y sin vacilar saldrán a las calles a buscar sus derechos. Su energía sobre estimulada los hará exigir con tono alto, y la línea entre el derecho a manifestarse y la violencia tumultuaria se vulnerará, como lo hemos visto ya en escenarios recientes, esto en combinación con la inadecuada –represiva– manera de responder por parte del Estado, generará violencia, y por supuesto, las cosas así no terminan para nada bien.
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