Mario Campa
El petróleo de Venezuela y la órbita imperialista de la Doctrina Donroe
"Venezuela posee las mayores reservas de petróleo del mundo. Al ritmo de producción vigente, ciertamente mermada por las sanciones de Estados Unidos, Venezuela podría producir petróleo durante más de mil quinientos años".
La historia de Estados Unidos es inexplicable sin el petróleo. El golpe militar a Venezuela es una entrega más de una saga de lápidas dentro y fuera del país. Como hoy en nombre del combate al narcotráfico y al terrorismo, ayer Bush padre e hijo bombardearon naciones ricas en la materia prima más importante de los últimos 200 años. En su estatus todavía indisputable como el energético más eficiente y accesible, el petróleo es el engrane principal de la maquina capitalista y su corolario, la corrupción, como prueba la historia del “barón ladrón” John Rockefeller y la Standard Oil, fragmentada sólo por la movilización popular contra los magnates sin escrúpulos. Tan negra es la historia del petróleo en Estados Unidos que Hollywood, apenas rascando la superficie, logró grandes éxitos taquilleros recientes como Petróleo sangriento (2007), Tierra Prometida (2012) y Gasland (2010). Para acabar pronto, el petróleo fluye como sangre oxigenadora y contaminada a la vez por todas las venas de los Estados Unidos con cada latido de su corazón imperialista.
Contrario a lo que podría pensarse en un contexto de crisis climática, Estados Unidos atraviesa un boom petrolero sin parangón. A principios de enero del 2026, la producción de crudo estadounidense alcanzó niveles récord de aproximadamente 13.8 millones de barriles diarios, un aumento impulsado por la fracturación de alto rendimiento en la Cuenca Pérmica y el resurgimiento de proyectos masivos en alta mar en el Golfo de México. Para poner en contexto, la producción en suelo estadounidense supera hoy día en más de doce veces la de Venezuela.
Trump ha sido un factor clave como impulsor. Sus posturas se centran en un concepto que él denomina "Dominancia Energética". Para el Presidente, el petróleo no es sólo un recurso económico, sino una herramienta de seguridad nacional y un motor para templar la inflación.
Mediante la expansión masiva de oferta bajo el mantra “drill, baby, drill”, Trump aboga por eliminar las restricciones a la perforación en tierras federales, incluyendo áreas protegidas como el Refugio Nacional de Vida Silvestre del Ártico (ANWR). Desde su regreso a la Presidencia en 2025, Trump ha firmado órdenes ejecutivas para simplificar los permisos de construcción de oleoductos (como el Keystone) y reducir las exigencias de informes de impacto ambiental. También eliminó los incentivos a los vehículos eléctricos, a pesar del cabildeo de Elon Musk.
Claramente, hasta antes del ataque a la soberanía venezolana, la estrategia de Trump estaba basada en políticas al interior.
La “Doctrina Donroe”, como se renombra la Doctrina Monroe (1823) y su lema “América para los americanos” bajo la segunda Presidencia Trump, volcó la prioridad de la estrategia petrolera hacia el exterior. Con el control de Venezuela, Washington tiene bajo su influencia hemisférica, desde Canadá hasta la Patagonia, el 40 por ciento de la producción y el 20 por ciento de las reservas mundiales de petróleo, según cálculos del columnista de Bloomberg Javier Blas. En este contexto, la pregunta clave no es por qué querría Trump más petróleo de fuera, sino para qué.
Venezuela posee las mayores reservas de petróleo del mundo. Al ritmo de producción vigente, ciertamente mermada por las sanciones de Estados Unidos, Venezuela podría producir petróleo durante más de mil quinientos años. No obstante, para reactivar la producción la consultora Rystad Energy estima que se necesitarían 110 mil millones de dólares en gastos de capital sólo en exploración y producción para retornar a niveles de hace 15 años: el doble de la cantidad invertida por las principales petroleras estadounidenses en todo el mundo en 2024.
Tras el golpe militar a Maduro, Washington comenzó a comercializar petróleo crudo venezolano en el mercado global. Para ello, contrató a las principales comercializadoras de materias primas para ejecutar y brindar apoyo financiero. De acuerdo a la Casa Blanca, “todos los ingresos provenientes de la venta de petróleo crudo y productos derivados venezolanos se depositarán primero en cuentas controladas por Estados Unidos en bancos de renombre mundial para garantizar la legitimidad e integridad de la distribución final de los ingresos. Estos fondos se desembolsarán para beneficio del pueblo estadounidense y del pueblo venezolano a discreción del gobierno de Estados Unidos. Estas ventas de petróleo comienzan de inmediato con la venta prevista de aproximadamente 30 a 50 millones de barriles. Continuarán indefinidamente”, dice el comunicado oficial.
Con una creciente cuota del mercado global y la capacidad de fijar precios, Trump es ahora mismo el guardián o llavero del precario orden internacional. Aun así, las principales compañías petroleras estadounidenses parecen reticentes a invertir en Venezuela, y ninguna ofreció planes concretos durante una reunión el viernes en la Casa Blanca. El más explícito fue el director ejecutivo de Exxon, Darren Woods, quien le dijo a Trump que Venezuela es "imposible de invertir" en las condiciones actuales. El comentario irritó a Trump, quien posteriormente acusó a Exxon de "hacerse el tonto".
Guste o no, el petróleo sigue siendo una llave geopolítica maestra. Una primera razón para “liberar” las reservas venezolanas son los negocios potenciales para las petroleras estadounidenses. Una segunda puerta abierta es el conflicto con Guyana en campos colindantes, donde Estados Unidos también tiene interés. Una tercera es la contención de Rusia en el contexto de negociaciones por Ucrania. Una cuarta es el estrechamiento de cerco a un importador neto como China, potencia emergente con la que Estados Unidos libra una feroz guerra comercial. Una quinta es la creación de un dique a la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) para evitar la colusión. Como sexta, controlar las reservas venezolanas también contiene las amenazas de Irán, país que —mera causalidad— enfrenta revuelta social. Y una séptima y última tiene que ver más con la crisis de asequibilidad al interior de Estados Unidos, fundamental para la reelección de Trump y estratégica de cara a las elecciones intermedias de noviembre, donde MAGA se juega todo.
Una lección básica para los países latinoamericanos es que los combustibles fósiles atan a las naciones a la órbita de Estados Unidos. Acaso por ello China subvencionó agresivamente la fabricación y compra de vehículos eléctricos. México, condenado por caprichos de la geografía, depende poco de la importación de petróleo refinado, pero mucho de las compras de gas natural texano. Las agresiones recientes de Trump y su Doctrina Donroe son un llamado de atención sobre el riesgo geopolítico que conlleva descuidar la soberanía en cualquier dimensión. No obstante, con los tentáculos imperialistas extendiéndose por todo el continente, el repliegue táctico es aconsejable antes que atacar de forma suicida o esconder la cabeza en la tierra: linces, no abejas ni avestruces.
En lo inmediato, sin un orden mundial confiable, la prioridad es eludir el estrangulamiento. Después, ya se verá. O si se prefiere una adaptación del refrán, primero hay que apagar el fuego del petróleo incendiado para después ver cómo pintar las paredes.
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