Melvin Cantarell Gamboa

El político y el filósofo

28/01/2026 - 12:05 am

"A diferencia de la política, la filosofía tiene una dimensión práctica ligada al materialismo existencial fundamentado en la resistencia a la absurdidad del mundo".

El político y el filósofo
Alejandro y Diógenes. Pintura: Sebastiano Ricci

“El filósofo no impone la verdad,
… es un artista de la existencia”
F. Nietzsche

“El político es un gobernante cuyo objetivo principal es ejercer, mantener y aumentar su poder”
Maquiavelo

La política debiera ser la más civilizada actividad humana, algo práctico e inmediato para la mejora de la sociedad; mal entendida, ha sido definida como “el arte de gobernar a la humanidad mediante el engaño y la fuerza” (Isaac Disraeli). Maquiavelo, en El príncipe, agrega, “la actividad política se basa en el egoísmo y se despliega en un ámbito donde todo se vale, sin que los actos de quienes se dedican a la política tengan consecuencias éticas o legales”. Desde ambas perspectivas, el uso de la mentira y la fuerza bruta, no la razón, imperan en el campo político, donde la interacción entre sociedad y política se reduce a una lucha en la que triunfa el que miente mejor para llegar al poder. Sin importar los medios, el más fuerte y despiadado triunfa sobre el débil, las instituciones y las reglas ocupan un papel secundario. La política, nos ilustra Maquiavelo, se asemeja a la selva, ahí el león se impone como el depredador más despiadado y sanguinario, no se detiene hasta colocarse en la cima de la cadena alimentaria; el político, a semejanza del león, que aterra con su solo rugido, obtiene lo que quiere mientras más despiadado, hipócrita, cínico y alevoso se comporta, convencido de que vale más ser temido que amado, usa la crueldad como el método más eficaz para demostrar mayor “competencia” y “capacidad” para gobernar que sus rivales.

En el lado opuesto se encuentra el filósofo que sólo busca el poder sobre sí mismo, aspira a ser su propio dueño, sin la mínima huella de melancolía por no ser amo de ningún semejante; en él la voluntad de poder se ha transmutado en sabiduría de vida, en tanto espíritu autárquico, insobornable y soberano. El filósofo, para serlo, ha de vivir sin ambiciones, ocioso, en calma y tranquilo, emancipado y por encima, sobre todo, de los poderosos, como lo ilustra la conocida anécdota del encuentro de Alejandro Magno y Diógenes de Sinope; el Gran Conquistador encuentra al filósofo tirado al sol en una playa del puerto de Corinto, cercano a la ciudad de Atenas. Alejandro sabía de Diógenes y al tenerlo cara a cara le confiesa que desearía ser Diógenes o, por lo menos, aprender de él, le pide que lo acompañe en su campaña de conquista, a cambio le dará lo que pida, incluyendo un reino, a lo que el filósofo, fingiendo no saber de quién se trata responde: “sólo quiero que no me tapes el sol”. El encuentro es histórico y pone de manifiesto al sabio que, en tanto tal, nunca será cómplice del poderoso; el auténtico filósofo dará siempre la espalda al subjetivo principio del poder, a la ambición, al deseo de fama, riqueza y reconocimiento porque ha eliminado de su vida el deseo de someter a los demás, pero, sobre todo, ha superado el poder del deseo y, en tanto hombre libre, nunca será esclavo de ambiciones que tengan que ver con las satisfacciones que ofrece el poder y el dominio sobre otros. En este sentido, Diógenes es la figura más auténtica y genuina del filósofo y, para bien de la filosofía y escarnio de los que ambicionan el poder, nunca se sometió a los de alto linaje, nobles o gobernantes. Cuenta Diógenes Laercio en su libro Vida de los grandes filósofos (Editorial Tomo) que “habiéndolo llevado uno de estos a su magnífica y adornada casa y prohibiéndole que escupiese en ella, arrancándose de la garganta un enorme gargajo lo lanzó a la cara del anfitrión diciéndole que no había hallado lugar más inmundo”; desafortunadamente, ya no hay filósofos como Diógenes cuya filosofía no quedó escrita en ningún texto suyo; pero quienes recopilaron sus insolentes anécdotas nos permiten escribir un tratado filosófico con cada acto de su vida. Otros contemporáneos suyos, como Platón, noble, influyente y figura emblemática de la filosofía idealista Occidental, tuvieron un comportamiento diferente; Platón, por ejemplo, obsesionado por un Estado ideal, la república, un día viajó a la isla de Sicilia con la intención de probar que los filósofos debían gobernar, siempre y cuando, fueran guiados por el conocimiento de su teoría del mundo de las ideas (un mundo trascendente de su invención que representa lo real verdadero y la esencia de las cosas); hizo este viaje convencido por un discípulo suyo (Dionisio el joven, sobrino de Dioniso I el Viejo, tirano de Siracusa), con el argumento de que a su tío le gustaba rodearse de filósofos y que seguramente haría suya la idea de los reyes filósofos; Platón no sólo fracasó en su intento, sino que en su último viaje fue capturado por piratas y esclavizado, sus ricos amigos lo liberaron pagando el rescate y nunca más intentó convencer a ningún otro gobernante con su filosofía; esta y otras situaciones fueron causa de las frecuentes insolencias que Diógenes cometió contra Platón, su filosofía, su mundo de las ideas y de haberse sometido indignamente a Dionisio ofendiendo de esta manera la nobleza y la grandeza que hay en la sabiduría filosófica. Cuenta Diógenes Laercio que un día Platón encontró a Diógenes de Sinope lavando hierbas y le espetó: “Si sirvieras a Dionisio, por cierto, no lavarías hierbas”; más él acercándosele también le respondió: “Y si tú lavaras hierbas, seguramente no sirvieras a Dionisio”.

Vuelvo a la política: si partimos de la idea de que el objetivo de la política es gobernar un conglomerado múltiple y plural bajo un orden común, que la libertad política en una sociedad abierta y democrática exige tolerancia no inclemencia; entonces ¿por qué la política no es una cuna de seguridad? ¿Por qué los políticos se destrozan entre sí? Si la competencia política genera tragedias y abusos ¿para qué sirve? ¿Por qué el político no ve en la política la oportunidad de servir a la sociedad resolviendo atingentemente asuntos públicos? ¿Por qué ha convertido la política en un campo de batalla donde grupos de individuos se golpean mutuamente en una competencia por el poder? ¿Por qué otorga autoridad, influencia y atribuciones sobre el comportamiento de otros? ¿Por qué devorado por la ambición el político termina convirtiéndose en una persona soberbia, autoritaria, corrupta o en un tirano autócrata y dictatorial? ¿Acaso, porque obnubilado por el poder rompe toda relación entre capacidad intelectual e inteligencia política y que su estupidez y necedad son parte complementaria de su ambición?

En contra partida, la tarea del filósofo es dañar la estupidez de los hombres, enfermedad mortal que sólo produce desdicha y dolor. Ante la notable torpeza e incapacidad de actuar de la naturaleza humana, que se muestra en todo su esplendor en la necedad y estulticia de los políticos, Heráclito de Éfeso renunció a su reino y se refugió en una gruta a llorar; Demócrito de Abdera con su probada lucidez, claro entendimiento y sabiduría al observar tal insensatez respondía con una sonora carcajada; pensaba el filósofo que la risa y el humor nos inoculan contra la falta de juicio e incapacidad para actuar con sabiduría de la mayoría de los seres humanos, especialmente del más estúpido de los individuos: el político, que se sabe oportunista, hipócrita, cínico y corrupto y se atreve a presentarse como benefactor social, cuando sólo es un maestro de la mentira con apariencia de ser veraz. En suma, no es la verdad ni el amor a la justicia la que mueve a los políticos, sino la voluntad de poder y sus complementos: voluntad de dominio, jerarquía y riqueza mal habida.

En lo que concierna a la otra parte, lamentablemente ya no hay filósofos; hay maestros de filosofía que enseñan, explican y, como los antiguos exegetas interpretan a otros maestros de filosofía; hoy la mayoría de los que se dicen filósofos son meros funcionarios del conocimiento “filosófico” obsesionados por programas oficiales que han hecho de la filosofía una disciplina alejada de la vida real avasallada por el poder político institucional.

A modo de conclusión, el político es el hombre ocupado que actúa principalmente en su propio provecho y en función de sus intereses, satisfacciones y beneficios, que reduce lo político a lo utilitario, cuando lo propio de la política es la solución de problemas sociales; en consecuencia, ninguna propuesta política que abra una brecha insalvable entre la necesaria interconexión de política y realidad puede ser considerada la política correcta y adecuada.

A diferencia de la política, la filosofía (que no es sólo memoria y reflexión), tiene una dimensión práctica ligada al materialismo existencial que se fundamenta en la resistencia a la absurdidad de un mundo que carece de sentido y urge rescatar de la voluntad de poder, para contribuir a la formación del hombre total, es decir, de individuos que buscan su autorrealización en el desarrollo al máximo su potencial porque desean pensar y actuar sobre la vida y vivir de acuerdo con su pensamiento, guiados por la prudencia, la sensatez y buen juicio únicas herramientas capaces de romper con la estupidez, estulticia y la necedad dominantes porque no se acomodan a vivir con ellas. Sin embargo, hay que estar advertidos, afirma Karl Popper que la filosofía no escapa a la charlatanería; un filósofo se convierte en charlatán cuando para proteger su mediocridad de la crítica banaliza la filosofía ocupándose de trivialidades para proteger sus ideas de la crítica y no inquietar a nadie.

Melvin Cantarell Gamboa

Nació en Campeche, Campeche, en 1940. Estudió Filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Es excatedrático universitario (Universidad Iberoamericana y Universidad Autónoma de Sina... Ver más

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