Puntos y Contrapuntos

Pedro Mellado Rodríguez

La procaz imbecilidad de Donald Trump

06/02/2026 - 12:05 am

"El pendenciero del barrio volvió a insultar a México el pasado lunes, cuando celebró como una victoria legendaria la invasión armada de nuestro país en 1846".

No son nuestros amigos. Nunca lo han sido. Y bajo la conducción del más sinvergüenza y abusivo de sus presidentes, jamás tendrán el aprecio y el reconocimiento de los mexicanos patriotas y bien nacidos, ni de este ni del otro lado de la frontera.

El pendenciero del barrio volvió a insultar a México el pasado lunes 2 de febrero del 2026, cuando celebró como una victoria legendaria la invasión armada de nuestro país en 1846, cuando al amparo de los cañones y de las bayonetas impusieron a nuestro Gobierno un ominoso tratado para consumar el despojo, el robo descarado de más de la mitad de nuestro territorio. Gobiernos filibusteros, abusivos y sinvergüenzas han marcado la historia del imperio más depredador del que tenga memoria la humanidad, para desgracia de México, vecino indeseable con el que hay que lidiar todos los días.

El pasado lunes 2 de febrero de 2026, en la plataforma oficial de la Casa Blanca, Donald Trump vociferó: “Hoy se conmemora el 178 aniversario del triunfo de nuestra nación en la guerra entre México y Estados Unidos, una victoria legendaria que aseguró el suroeste de Estados Unidos, reafirmó la soberanía estadounidense y amplió la promesa de la independencia estadounidense en todo nuestro majestuoso continente”.

Siempre justificando el abuso de la fuerza y la arbitrariedad, Donald Trump agrega: “Guiados por la firme convicción de que nuestra nación estaba destinada por la divina providencia a expandirse hasta las doradas costas del Océano Pacífico, tras la sangrienta Guerra de 1812, Estados Unidos avanzaba con confianza hacia el oeste y emergía con audacia como una superpotencia continental sin precedentes en el mundo moderno. El pueblo de Texas declaró su independencia de México en 1836 y, para la primavera de 1846, votó a favor de unirse a Estados Unidos, lo que obligó a un ajuste de cuentas por las disputas fronterizas pendientes. Ese abril, las fuerzas mexicanas lanzaron una emboscada a lo largo del Río Grande, matando a 11 soldados estadounidenses e hiriendo a 6”.

En la página oficial de la Casa Blanca, continuó la insolente perorata: “Con la promesa del Destino Manifiesto latiendo en cada corazón estadounidense, el Presidente James K. Polk actuó con rapidez para defender la seguridad de nuestra nación, nuestra dignidad y nuestras fronteras soberanas”, argumento igual al que utiliza Donald Trump para justificar sus abusos guerreros en todas las regiones del mundo.

Agrega el fatuo mandatario estadounidense: “En mayo de 1846, Estados Unidos declaró la guerra a México, con dos titanes estadounidenses, los generales Zachary Taylor y Winfield Scott, al frente de la ofensiva. A pesar de ser ampliamente superados en número en la batalla, las fuerzas estadounidenses se alzaron con la victoria consistentemente gracias a su estrategia militar superior, sus modernas capacidades militares y su firme devoción a la protección del interés nacional. Tras una serie de victorias en los territorios mexicanos de California y Nuevo México, en una victoria triunfal para la soberanía estadounidense, Estados Unidos capturó heroicamente la capital, la Ciudad de México, en septiembre de 1847, allanando el camino para el Tratado de Guadalupe Hidalgo el 2 de febrero de 1848, cediendo formalmente 525,000 millas cuadradas de nuevas tierras a Estados Unidos, lo que representa el 55% del territorio anterior a la guerra”.

Aplaudirán y sin duda serán motivo de celebración para los apátridas ciervos del imperio los groseros despropósitos celebrativos del hombre naranja. Esperarían, con inusitada ansiedad que el gobierno estadounidense metiera su nariz en una intervención armada en nuestro territorio con el pretexto de perseguir y eliminar a los grupos delictivos que definió como terroristas, lo que presumirían sus colaboracionistas en México, sería el primer paso para defenestrar al legítimo Gobierno de la Cuarta Transformación, integrado por esos demoníacos izquierdosos que se esmeran por convertir a la Patria en un émulo de Cuba o Venezuela.

Aplaudirán, seguramente, como los hicieron sus ancestros conservadores y apátridas, las políticas depredadoras del expansionismo estadounidense que en la guerra de 1846-1848 despojó a la joven Nación Mexicana del 55 por ciento de su territorio, incluyendo los estados actuales de Texas, California, Nevada, Utah y Nuevo México; la mayor parte de Arizona y Colorado, y porciones importantes de los actuales estados de Oklahoma, Kansas, y Wyoming. Ese robo fue legalizado por los invasores a punta de bayonetas y estruendo de cañones, en el Tratado de Guadalupe Hidalgo, firmado el 2 de febrero de 1848 en las inmediaciones de la Ciudad de México, que puso fin a una injusta, abusiva e intervencionista guerra.

Con la derrota del Ejército mexicano y la caída de la Ciudad de México en septiembre de 1847, el gobierno estadounidense obligó a nuestro país a reconocer al Río Grande, llamado actualmente Río Bravo, como la frontera sur del territorio robado y anexado. Para mayor agravio y disfrazar el robo, en el Tratado se establece que el gobierno de los Estados Unidos se comprometió a pagar al Gobierno de México 15 millones de pesos, en moneda de plata u oro del cuño mexicano, “en consideración de la extensión adquirida por las fronteras de Estados Unidos”.

Frente a las amenazas del imperio debemos tener siempre presente la carta que el Presidente Benito Juárez dirigió al Embajador de México en Estados Unidos, Matías Romero Avendaño, el 26 de enero de 1865: “Que el enemigo nos venza y nos robe, si tal es nuestro destino; pero nosotros no debemos legalizar ese atentado, entregándole voluntariamente lo que nos exige por la fuerza. Si la Francia, los Estados Unidos o cualquiera otra nación se apodera de algún punto de nuestro territorio y por nuestra debilidad no podemos arrojarlo de él, dejemos siquiera vivo nuestro derecho para que las generaciones que nos sucedan lo recobren. Malo sería dejarnos desarmar por una fuerza superior, pero sería pésimo desarmar a nuestros hijos privándolos de un buen derecho, que más valientes, más patriotas y sufridos que nosotros lo harían valer y sabrían reivindicarlo algún día”.

Si, nuevamente el imperio, dominado por poderosos circunstanciales y mediocres, nos agravia y nos amenaza, pero jamás doblegará la dignidad del pueblo de México. En más de dos siglos Estados Unidos nos ha invadido y robado, pero jamás podrá legitimar en las páginas de la historia el destino manifiesto escriturado por un dios enloquecido y demencial al que rinden culto sujetos de insignificante calidad humana e intelectual, que hoy pueden destruirlo todo.

Pedro Mellado Rodríguez

Periodista que durante cinco décadas ha sido un acucioso y crítico observador de la vida pública en el país. Ha cubierto todas las fuentes informativas y ha desempeñado todas las responsabilidades pos... Ver más

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