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Violeta Vázquez-Rojas Maldonado

17/01/2022 - 12:04 am

La pertenencia al SNI: ¿distinción o derecho?

El ingreso y la permanencia de alguien en el SNI siempre es una buena noticia, pero el funcionamiento del sistema y lo que entraña el logro de pertenecer a él son crípticos para la mayoría de la gente, que tiene derecho a saber cómo se emplean los recursos públicos destinados a este programa.

En el transcurso de esta semana vimos con agrado a decenas de colegas festejar la noticia de que el Sistema Nacional de Investigadores (SNI) los había aceptado en sus filas. Algunos ingresaban por primera vez, otros renovaban su distinción y algunos más ascendieron en su escalafón.

El ingreso y la permanencia de alguien en el SNI siempre es una buena noticia, pero el funcionamiento del sistema y lo que entraña el logro de pertenecer a él son crípticos para la mayoría de la gente, que tiene derecho a saber cómo se emplean los recursos públicos destinados a este programa.

Lo que quiero dejar sentado en este texto es que pertenecer al SNI no es un lujo, ni una condecoración de honor que hace a unos investigadores mejores que otros. Lo que el SNI representa para la mayoría de los investigadores es la oportunidad, en estos tiempos indeclinable, de contar con un complemento salarial tan benéfico como necesario.

La distinción 

El SNI es un sistema de distinciones. Las hay de tres tipos: Candidato a Investigador Nacional, Investigador Nacional e Investigador Nacional Emérito. En la categoría de Investigador Nacional, además, hay tres niveles. Cada año se abre una convocatoria en la que pueden participar todas las personas que cuenten con un doctorado y que laboren en una institución de investigación o docencia a nivel superior, pública o privada, dentro del territorio nacional, o quienes tengan nacionalidad mexicana y realicen labores de investigación en el extranjero.

La solicitud de ingreso o permanencia se acompaña por los documentos que comprueben la producción académica. Un cuerpo colegiado de pares revisa el expediente. Cada solicitante es evaluado por colegas cercanos a su especialidad, que se apegan a unos criterios previamente determinados por área.

Circula en el imaginario colectivo que los investigadores buscan “acumular puntos”, pero esto es un mito: los criterios de evaluación del SNI no se traducen en sistemas de puntos -como sí sucede en los escalafones de otras instituciones-. Sin embargo, hemos de aceptar que prepondera un criterio cuantitativo: se establecen cantidades requeridas de productos a evaluar y sólo en el caso de cumplir con ese requisito se evalúan aspectos cualitativos, como impacto, relevancia, originalidad, conformación de líneas de investigación, etc.

El apoyo económico

La distinción puede venir acompañada de un monto económico. Antes se le llamaba “estímulo económico” pero el término cambió a “apoyo” en el reglamento aprobado en 2020. La elección de la palabra no es menor porque, como explicaré más adelante, tiene implicaciones en la manera como se concibe este ingreso adicional.

No todas las personas que reciben una distinción del SNI reciben el apoyo económico. Para recibirlo, hay que trabajar en una institución nacional y no ejercer un cargo en la administración pública.

El monto recibido depende del nivel al que se pertenezca. Las cantidades se establecen con base en la UMA (Unidad de Medida y Actualización), y se asignan así: los candidatos reciben el equivalente a tres veces el valor mensual de la UMA, los de nivel I, seis, los de nivel  II, ocho y los de nivel III y eméritos, catorce. Para 2022, el valor mensual de la UMA está estipulado en $2925.09. Es decir, los apoyos este año irán de menos de nueve mil pesos para los candidatos hasta los $40,951 para los eméritos y nivel III. Más de la mitad de los miembros del SNI, sin embargo, pertenecen al nivel I, es decir, recibirán apoyos de unos $17,550 mensuales.

Un sistema más incluyente

El SNI se creó por decreto presidencial en 1984, como respuesta a la pérdida de poder adquisitivo del salario derivada de las agudas crisis económicas de la época. Ante esa situación, los investigadores no tenían más alternativas que conseguir un empleo adicional o migrar al extranjero, como explican Gil Antón y Contreras. El programa, en su inicio, aceptó apenas un poco más de mil investigadores. Desde 1984 hasta la fecha, la membresía del SNI se ha multiplicado. Hasta 2021 contaba con poco más de 35 mil 100 miembros y aunque todavía está por determinarse el número definitivo de miembros en este año, en el PEF de 2022 se contempla un aumento para el SNI de mil 700 millones de pesos, suficiente para expandir su cobertura en más de siete mil miembros de niveles I y II.

El reglamento del SNI sufre modificaciones frecuentes, aunque no siempre profundas. La más reciente se hizo en 2020, y es la primera modificación sustantiva en años. Los cambios revelan una manera diferente de concebir el alcance y el objetivo del programa, que se plantea como más flexible e incluyente. En reglamentaciones anteriores, para recibir el estímulo económico era necesario estar adscrito a una institución con al menos 20 horas semanales dedicadas a la investigación. El cambio más importante en la versión vigente es que se eliminó este requisito. Es decir, el apoyo económico ahora se puede otorgar a profesores de asignatura (artículo 62). Esto debe ser un cambio bien recibido, pues nadie ignora que quienes tienen este tipo de contratos suelen enfrentar las situaciones laborales más precarias en la academia.

Otra muestra de flexibilización es que a las investigadoras que hayan tenido un parto durante la vigencia de su distinción se les otorga una extensión de dos años en el nombramiento (artículo 55). En los reglamentos previos estaba contemplada una extensión de un año, en términos tan abstrusos que era casi imposible hacerla valer (aunado a los usos y costumbres que nos convencían de que “se veía mal” exigir ese derecho, pues iba en contra del espíritu de sacrificio y excelencia con el que se interpretaba la membresía al sistema).

¿Reconocimiento añadido o complemento debido?

Es tentador considerar que la distinción de Investigador Nacional es un reconocimiento al mérito, al esfuerzo y a la calidad de nuestro trabajo. Esto es verdad en alguna medida, pues la membresía no se asigna de manera aleatoria ni universal, sino con base en la evaluación cuantitativa y cualitativa de nuestro trabajo. El prestigio asociado al método de selección faculta la interpretación meritocrática, muy favorecida en el sistema jerárquico de la academia, de que los miembros del SNI son los mejores y más productivos investigadores del país.

Por otro lado, algunos de los mejores y más fructíferos generadores de conocimiento nunca han completado los requisitos para pertenecer al SNI (o han decidido no hacerlo), mientras que, como siempre sucede, muchos de quienes logran ingresar lo hacen sabiendo sortear las presiones sin que necesariamente esto sea indicador de la calidad de su investigación. Como en todos los sistemas de reconocimientos, “ni son todos los que están, ni están todos los que son”, pero eso es normal: con todos sus inconvenientes, el sistema de evaluación por pares es el mejor que se ha encontrado hasta ahora para distribuir recursos limitados.

Siendo realistas, para la gran mayoría de los investigadores nacionales, el apoyo del SNI no es un lujo, ni una condecoración, sino un complemento del salario: la posibilidad de pagar la renta en un lugar cercano al trabajo o de apoyar a la hija en sus estudios universitarios. La permanencia en el sistema se vive como una responsabilidad con la que se cumple y no como un añadido prescindible a un salario que sea por sí mismo suficiente. Para muchos investigadores, salir del sistema equivale a renunciar a la tercera parte -o más- de su ingreso.

Más que recibir el monto económico como un estímulo, se trabaja bajo el temor de perderlo. Por eso no es gratuito el cambio del término que lo designa, de “estímulo” a “apoyo”, pues la primera noción evoca la imagen de un aliciente para producir “más y mejor”, mientras que la segunda palabra refleja que se trata de una remuneración para dignificar el ingreso por un trabajo que de por sí se realiza. Recordemos, además, que, como complemento salarial no genera prestaciones, ni crea derechos, ni se considera en el cálculo de las pensiones.

Eventualmente habremos de discutir si el apoyo del SNI se debe universalizar como un derecho a todas las personas que realizan labores de investigación, o incluso integrarse a su salario. Esa discusión se deberá tener con todas las partes interesadas y, por supuesto, con las autoridades encargadas de la política de Ciencia y Tecnología. Para ello será necesario atemperar el ambiente de animosidad que prevalece entre un sector de la comunidad académica y el Conacyt, y también se habrá de contar con una voluntad de diálogo abierto y de capacidad de negociación de parte de sus directivos.

No sé si eso sucederá pronto, o si será siquiera un tema de este sexenio, pero en algún momento habremos de poner en la mesa si las distinciones y apoyos del SNI deben ser una herramienta para aminorar desigualdades o, como les gusta interpretarlo a algunos, una carta de prestigio para enfatizar las jerarquías entre miembros de la comunidad académica y agudizar sus diferencias.

Violeta Vázquez-Rojas Maldonado
Doctora en lingüística por la Universidad de Nueva York y profesora-investigadora en El Colegio de México. Se especializa en el estudio del significado en lenguas naturales como el español y el purépecha. Además de su investigación académica, ha publicado en diversos medios textos de divulgación y de opinión sobre lenguaje, ideología y política.
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