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Darío Ramírez

25/01/2018 - 12:00 am

Los 24 segundos de Meade

El primer problema no tiene solución. El segundo tampoco, si somos honestos. Sin embargo, a pesar de ser un mal candidato Meade, la espada de Damocles que cuelga sobre su cabeza es la corrupción del sexenio de Peña Nieto del cual él ha sido una pieza fundamental. Tanto que terminó de candidato de la continuidad.

“El candidato priista tiene un serio problema: ser el candidato del PRI. El candidato priista tiene otro serio problema: La corrupción generalizada del PRI”. Foto: Saúl López, Cuartoscuro

24 segundos le tomó al precandidato del PRI, José Antonio Meade, presentar su iniciativa anticorrupción. No se ría, es en serio.

Al parecer nos tendremos que acostumbrar rápidamente al alud de mentiras y verdades a medias que padeceremos por parte de los candidatos durante el proceso electoral. La mentira parece que será –otra vez- la moneda de cambio.

El candidato priista tiene un serio problema: ser el candidato del PRI. El candidato priista tiene otro serio problema: La corrupción generalizada del PRI.

El primer problema no tiene solución. El segundo tampoco, si somos honestos. Sin embargo, a pesar de ser un mal candidato Meade, la espada de Damocles que cuelga sobre su cabeza es la corrupción del sexenio de Peña Nieto del cual él ha sido una pieza fundamental. Tanto que terminó de candidato de la continuidad.

La presentación de la iniciativa es el segundo intento de Meade por aparentar (ojo con el verbo) tener la voluntad de luchar contra la corrupción y así descargar un poco el lastre que trae su partido. Ganar la narrativa y presentarse como un candidato que será diferente se antoja prácticamente imposible. Ejemplos sobran sobre el verdadero “compromiso” del Partido para castigar la corrupción.

Los 24 segundos bastaron para que el candidato dijera: “Mi iniciátiva tiene tres elementos centrales: recuperar el dinero, las propiedades y todos los bienes de los corruptos para canalizarlos a un fondo nacional de becas para niños y mujeres; aumentar las penas a los funcionarios públicos deshonestos; y volver obligatoria la certificación patrimonial para los altos funcionarios y legisladores”.

El inocuo discurso anticorrupción de Meade apelaba más a la foto que al contenido. Es decir, en sus 24 segundos quiso convenientemente olvidar que no necesitamos una nueva iniciativa anticorrupción cuando hace menos de un año (19 de julio de 2017) se instaló –después de años de trabajo y negociación- el Sistema Nacional Anticorrupción (SNA).

Entonces el candidato habla y habla de combatir la corrupción: que les va a quitar el dinero a los criminales -hecho que no hizo en su paso por Hacienda-, convenientemente olvidando que ya existen leyes en materia de extinción de dominio para estos casos – también ignoradas en su paso por Hacienda-.
Lo que nosotros no debemos de olvidar es que las palabras no cambian la realidad.

Es claro que las omisiones y los olvidos de Meade son por conveniencia y tienen que ver con la realidad, elemento que continuamente se les escapa a los candidatos. Y los hechos son claros: el PRI ha obstaculizado desde hace muchos meses los nombramientos del SNA (fiscal anticorrupción y magistrados especializados) y, sobre todo, la reforma al artículo 102 de la Constitución para llevar a cabo una reforma profunda y real de la Procuraduría General de la República que le dé autonomía de gestión y transforme la procuración de justicia.

¿Por qué obstaculizar estos procesos y nombramientos? Los nombramientos pues es claro, su intención es poner personas cercanas a sus intereses. De lo contrario se estarían jugando su impunidad el próximo sexenio si llegase a no ganar el tibio candidato Meade. La transformación de la PGR a una Fiscalía General de la República va por el mismo camino, no querer perder el control de la procuración de justicia como un brazo de la voluntad política.

Las palabras de Meade parecen hacer eco ante una realidad repleta de ejemplos que contradicen su discurso electoral. Venderse como el “candidato diferente” solo será posible si la amnesia ciudadana toma relieve y la sociedad sufraga sin tomar en cuenta lo que ha pasado los últimos años.

Si me sentaran frente al candidato Meade –suponiendo que sea real su deseo de combatir la corrupción- le sugeriría revisar la corrupción del PRI en el caso Oderbrecht (México y Venezuela son los únicos países de Latinoamérica en los que no hay nadie en la cárcel). Pero si hace eso, entonces Meade tendría que pedirle resultados al presidente, lo que significaría que varios priistas connotados tendrían que ser descansados en la cárcel. Pero, seamos sinceros, la inoperancia de la PGR no es por falta de habilidades o capacidad técnica, es por la falta de voluntad política y el perpetuo deseo de Los Pinos de aceitar la impunidad que les conviene.

O bien, le contaría la historia de cómo su coordinador en el Senado, Emilio Gamboa, ha obstaculizado que el SNA nazca fuerte y efectivo como lo necesita el país. Pero ahí tendría que enemistarse con los caciques priistas y verdes de ambas cámaras. Y tal vez, Meade llegue a considerar que no es para tanto. Total, se puede presentar una nueva iniciativa de ley para combatir la corrupción, y –esta vez sí- impulsarla y hacerla funcionar.

No dejaría de sugerirle que el gobierno federal deje de ignorar el mayor fraude del cual se tiene registro en el presente sexenio: La Estafa Maestra. Me imagino que ese tema le dolería porque su paso por la Secretaría de Desarrollo Social tiene puntos de contacto con la Estafa. Pero la sugerencia sería que se investigue y castigue seriamente a los implicados en el escándalo de corrupción. Sé que se removería en su asiento, pero ignorar, omitir y “olvidar convenientemente” los hechos solo refuerza la idea de que la corrupción y la impunidad es parte de la política del PRI.

Seguramente terminaría nuestro acercamiento diciéndole que es una vergüenza que César Duarte se pasee cómodamente por Estados Unidos por el pasaporte de impunidad que el gobierno federal le ha otorgado.

No necesitamos más leyes o reglamentos para verdaderamente perseguir la corrupción. Eso es una falacia, porque además, ya existen. Nuestro gran error es pensar que las leyes en sí –siendo un país que no respeta la ley porque no hay consecuencias al violarla- resolverán nuestra realidad. Por ello, el 80% de los triunfos que México presume ante organismos como la ONU son de carácter legislativo.

Seguir legislando para que parezca que se está en una lucha perpetua contra la corrupción no nos va a llevar a ningún lado. ¿Y si ahora dejamos de simular por 24 segundos? Para ver qué pasa.

Aún no sabemos qué tan efectivo es el SNA. Ha nacido, por culpa de los partidos, incluido el del señor Meade, agonizando. Se ve difícil que recobre fuerza y sea un sistema que logre erradicar la corrupción. Tal vez nos hemos equivocado en su diseño. Pero imposible saberlo cuando lo han intentado asfixiar antes de que camine. Y parte de la asfixia sucede cuando los candidatos hablan de luchar contra la corrupción mientras observan cómo agoniza el SNA.

Entonces, tal vez antes de proponer nuevas legislaciones, lo que se debería de hacer es dar pasos firmes para que nazca y trabaje efectivamente el SNA. Pero “la foto es la foto” en el contexto político, y solo tomó 24 segundos de Meade para darle otro golpe al SNA y reafirmar que la mentira es la moneda con la que se trafica en nuestra política.

Darío Ramírez
Estudió Relaciones Internacionales en la Universidad Iberoamericana y Maestría en Derecho Internacional Público Internacional por la Universidad de Ámsterdam; es autor de numerosos artículos en materia de libertad de expresión, acceso a la información, medios de comunicación y derechos humanos. Ha publicado en El Universal, Emeequis y Gatopardo, entre otros lugares. Es profesor de periodismo. Trabajó en la Oficina del Alto Comisionado para Refugiados de las Naciones Unidas (ACNUR), en El Salvador, Honduras, Cuba, Belice, República Democrática del Congo y Angola dónde realizó trabajo humanitario, y fue el director de la organización Artículo 19.

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