Toda flor tiene un rastro de corazón. Pintura Tomás Calvillo Unna

Toda flor tiene un rastro de corazón. Pintura Tomás Calvillo Unna

Para Concepción Calvillo Vda. de Nava por su cumple

Era la noche del 15 de septiembre de 1961.

La resistencia cívica continuaba en San Luis Potosí,

en el barrio de Tequisquiapan se celebraba la noche del grito,

Los navistas, así se comenzaban a nombrar

los seguidores del líder cívico Salvador Nava,

compartían con sus familias esa fiesta nacional.

Los rumores de que algo no grato se avecinaba,

se esparcían al paso de las horas.

“No vayan a la plaza de armas”, alertaban las voces de aquellos

que llegaban del centro de la ciudad,

“el Ejército está ocupando las calles, algo traman”.

“El doctor”, recuerda Conchita a sus 103 años, “le pedía a la gente

que se fueran a sus casas ya era tarde pasada la media noche,

y los dichos de que algo muy feo pasó en el centro crecían”.

 

El Hospital Central estaba recibiendo a heridos de bala y a algunos muertos.

 

Esa balacera que se suscitó la noche del 15 y la madrugada del 16 de septiembre en la Plaza de Armas de la capital potosina,

la interpretaría años después el líder estudiantil del 68, Raúl Álvarez Garín,

como el antecedente del 2 de octubre de Tlatelolco.

Un antecedente bajo la responsabilidad de quien declaró que: “mi Gobierno es, dentro de la Constitución, de extrema izquierda”,

palabras del Presidente Adolfo López Mateos.

Fue el mismo diseño represivo que ejerció el estado mexicano

contra la insurgencia cívica democrática del navismo

y del movimiento estudiantil del 68, así lo advirtió el dirigente estudiantil.

 

Conchita recuerda que fue una larguísima noche: “no dormimos,

oímos el ruido de los DINA, los motores,

veíamos las sombras de los soldados tras las cortinas de las ventanas”.

El Ejército había bloqueado la calle de Arista, y tomado algunas azoteas.

“Nadie podía salir. Las amistades nos hablaban por teléfono,

preguntando cómo estábamos”.

“El doctor Salvador Nava había pedido

a todos los que lo acompañaban esa noche

que se fueran a sus casas,

y nos dijo que si el Ejército quería entrar

que derribara la puerta.

Al día siguiente desvelados,

uno de mis hijos le fue abrir la entrada a mi hermana Blanca,

que venía a ver cómo estábamos,

en ese momento, un soldado aprovecho

para dar una fuerte patada al portón y pasar”.

 

“Un pelotón, serían entre cinco u ocho soldados se metieron,

al frente venía un abogado, como agente del ministerio público”.

(años después sería Gobernador del Estado).

“Nos dijo que traía un orden para revisar que no hubiera armas y propaganda subversiva. Y arrestaron a Chavo (como solía decirle a su esposo Salvador), también se llevaron al Ing. Cesar Morelos Zaragoza, y Vilma su esposa quiso irse con él, pero los soldados lo impidieron”.

 

Más de 50 dirigentes, médicos, comerciantes, empresarios, líderes obreros, estudiantes, fueron trasladados al campo militar No. 1 de la Ciudad de México. Acusados de conspiración y “quien sabe que más inventos”.

 

Conchita se quedó a cuidar a sus hijos, y no tardó en organizarse para ir a México a acompañar y defender a su esposo, como lo hicieron otras potosinas,

indignadas y valientes que habían creído que era posible la democracia en México.

 

Toparon con el Estado autoritario y con su brazo ejecutor: el Ejército.

Lo inverosímil de las acusaciones hizo que no tardaran en desecharse;

los dirigentes de ese movimiento cívico potosino retornaron a San Luis.

 

El Dr. Salvador Nava fue traslado a la cárcel de Lecumberri

donde pasaría preso unas semanas más. Ahí Conchita estaría a su lado.

Los cargos contra el doctor se esfumaron y regresó a San Luis a su casa.

 

Existen dos fotografías de aquellos días que contrastan;

una del balcón del palacio de Gobierno donde aparece el Gobernador impuesto

López Dávila, acompañado (o más bien custodiado) por militares

saludando a contingentes, a los cuales solía llamarse acarreados,

que sin mayor entusiasmo se concentraban en esa ceremonia manchada de sangre. En la otra imagen, se observa al doctor con Conchita en el balcón de su casa saludando a las familias que lo recibieron con entusiasmo afecto y un espíritu cívico que marcaría el rumbo de su movimiento, cuyo origen es la casa de la democracia.

 

En la Ciudad de México un abogado se acercó a Conchita y sus hijos, les dijo que defendería al doctor Nava, de las absurdas acusaciones,

la familia no tenía el dinero para pagarle, era un abogado reconocido,

y él les respondió: “no necesitan pagarme, para mí es un honor la defensa del doctor Salvador Nava, enaltece mi profesión”, el jurista se llamaba Adolfo Aguilar y Quevedo.

 

Conchita no ha cesado de luchar, sus batallas son muchas, algunas la llevaron a protestar contra el intento de experimentar con la posibilidad de una reelección presidencial, (encabezando el frente antirreeleccionista nacional); así como el viajar a las montañas del sureste en Chiapas a sumarse con otras mujeres junto con el Obispo Samuel Ruiz, y Pablo Gonzales Casanova, para apoyar los Acuerdos De San a Andrés de la lucha zapatista. Y hace dos años se presentó en el mitin de cierre de campaña de uno de sus nietos: Xavier Nava y tomó la palabra para subrayar el coraje cívico que se necesita en estos tiempos y evitar así que la democracia se hunda en las tinieblas del crimen.

Coraje cívico, una de sus valiosas enseñanzas para el país hoy en día.