Julieta Cardona

Lisa B

09/06/2012 - 12:02 am

A una amiga que también fue mi amor

Lisa B.:

Escribo cartas porque son la manera más sensata de terminar de morir en alguien, así como alguna vez escribí que el amor era una forma de morir también. Qué digo “sensata”, las palabras atinadas son “para siempre”, porque bien dice mi padre "hay muertos que aun muertos, hacen ruido", y yo quiero que toda esta algarabía interior deje de sangrar, a quien engaño si yo escribo para que los muertos dejen de doler para siempre. Todo se traduce en un juego de muerte, donde se elige cómo hacerlo, esencialmente para darle fin a una historia que, a ciencia cierta, nunca se sabe dónde comenzó.

De todas las veces que estuviste presente, me da miedo pensar que imaginé la mitad; me da miedo haber imaginado que las veces que nunca te fuiste apenas amanecía, realmente me dejabas sola y desnuda en una cama individual a propósito.

Hoy te escribo para que quemes lo que leas, para que me quemes, para que nos quemes. No sé si entregarte esta carta o quemarla después de escribirla toda, para quemarte, para quemarnos.

La última vez que te vi, nos desconocimos. Ya éramos intrusas en nuestras propias vidas por habernos ignorado tanto; no había calma y sobraba indiferencia. Ya éramos dos intrusas a pesar de poner a prueba una amistad que no sé dónde está.

Siempre quise escribirte a ti sola y con la pureza que da la tinta cuando se abre paso en una hoja blanca, pero nunca supe cómo. Mi carnalidad me llevaba a cartas sobre tus piernas y sobre tu espalda, pero nunca a tu interior. Mi desfachatez me obligaba a justificar mis actos, vanos en su mayoría y a cerciorarme que los humanos somos bestias también; actuaba sin darme cuenta que quemaba todo aquello que mis manos tocaban para así buscar sin cesar salvarme del caos que yo misma había creado.

Hoy la desnudez de mis palabras viaja en otra dirección, en un rumbo que exige el perdón que nunca te pedí para intentar volar tan alto como dos alas rotas puedan, para que mis pecados puedan dejar de albergar mi nombre porque el perdón exige lugares más grandes que el corazón, por eso tenemos alma.

También, con claridad sé que las mujeres en mi vida merecen el tributo más grande de amor y el resguardo más fiel que yo no les pude dar porque no he aprendido a ser capaz, eso tienes que saberlo, y todo lo demás.

Entonces, a veces te aprecio tan fuerte que asumí en tu partida el mejor acto de valentía y también de amor en su máxima expresión.

Y te escribo, sobre todo, para decirte que aún puedo cuidar tu espalda, amiga mía, que aún puedes creer en mí aunque parezca una mujer débil que siempre tiene la culpa.

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