¿Por qué nos cuesta a veces tanto trabajo escribirle al primer amor?
Escribo muy cerquita de mi corazón; escribo desde la memoria que no se pudo borrar; escribo para inmortalizarte y porque aprendí a amarte de la manera más pura cuando entendí que conmigo nunca serías feliz.
No sabía cómo comenzar a escribir porque hablar de un amor difunto no es cosa fácil. Como diría mi padre, "hay muertos que aún estando muertos hacen ruido", entonces el amor no es la excepción, el nuestro no la ha sido.
Un día borré todo lo que nos escribimos por mero desamor, rompí cada una de nuestras fotos y cartas, pero sobre todo, busqué con deseo desbordante que dejaras de dolerme, porque no sé en qué momento dejó de haber algo de ti.
Cuando decidimos alejarnos no teníamos fuerza para detenernos, a ello agradecí lo hondo de tu partida porque tus pasos fueron tan pesados que yo también, sin más, me fui.
Mi primer amor, siempre tan necio, tan cálido, tan insensato, tan explosivo, tan visceral, tan protector, tan maldito, tan perfecto.
Nada tan sabio y tan agónico como abandonarse porque aunque nos queríamos, no nos hacíamos felices. ¿Recuerdas aquello que me escribiste cuando comenzamos a enamorarnos? Lo saqué de esa parte de nuestra memoria que no descansa:
«Mis argumentos siguen siendo torpes. Doy una cantidad desesperante de vueltas mentales en la imaginación. El tratar de concordar algún texto en el que estás implícita se complica conforme pasa el tiempo.
Aún me siento como la irreverente persona que conociste durante ese invierno, intentando mantener una conversación interesante con el fin de que no te fueras.
Recuerdo fotográficamente la primera vez que reconocí tu cara entre tanta gente. En ocasiones todavía me siento como una torpe al recordar los pretextos para invitarte a caminar por algún parque de la ciudad o en nuestro café preferido.
–Ya tengo que irme, gracias por haber venido– desde entonces detestaba esa parte del día en que te despedías y me dejabas.
–Te voy a extrañar– para ser sincera, quería decirte algo más profundo, pero terminé siendo la estúpida adolescente que no podía confesar.
Siempre estaré en este lugar, de donde eres, donde te conocí. Y nunca te lo dije, pero desde aquel invierno, tus sueños comenzaron a ser los míos».
Después el caminar del tiempo para amarte sin lastimar, para amar tus sonrisas aunque yo no fuera parte de ellas, para dejar de anhelar tus manos, para respetar y admirar a quien habitara tu pecho, para cuidarte siempre desde el lugar más seguro que siempre fue lejos de ti.







