Me desperté con más preguntas de las que han de imaginar. Esta vez quiero que me lean como si estuviesen viendo y escuchando un monólogo, que imaginen el sonido de mi voz, la textura de mi cara, mis muecas y mis ademanes. Sé que antes me han leído así sin pedirlo, pero quiero que esta vez sea más clara que la del huevo.
Antes de lo que viene y para que me imaginen más o menos como necesito, deben saber que soy de complexión atlética, 1.70, cabello lacio como la lluvia color café castaño y por debajo de los hombros, bronceada, uso lentes con medio armazón; mi voz ahora es un poco ronca, ya saben, la enfermedad como consecuencia del clima o de un algo atorado aquí en el pecho; suelo mover mis manos cuando hablo y también acentuar con voz las palabras altisonantes y alzar la ceja derecha cuando comienzo a hablar de amor.
Comencé a buscar al amor de mi vida cuando mis padres perdieron el que se tenían, hablo mucho de infidelidad y de desamor porque ellos (mis padres) me han dado bastante material para hacerlo, y porque mi terapeuta dice que es un trauma no superado. Yo nunca he dicho que no, y a decir verdad, mientras no lo supere, sé aprovechar perfectamente en letras lo que me hace sentir.
Como les decía: mi vecino fue el primer amor de mi vida; en aquél entonces yo tenía 12 años y cualquier regalo suyo lo veía como un pedacito de cielo, pero sepan que nadie imaginó que 13 años después, ambos seríamos un par de personas homosexuales afuera del clóset, porque estar adentro da calor, más en verano.
Los amores de mi vida que vinieron después, los encontré en cuerpos de hombres y de mujeres. Siempre se me ha hecho bastante egoísta pensar que tenemos un solo amor para todos nuestros años, como si no fuese suficiente tener unos padres para toda la vida, o un kínder, o un triciclo, o un par de zapatos que nunca olvidarás. No quise limitarme y por eso he tenido muchos, muchos amores.
Nunca he sido enamoradiza, pero cuando llega el momento siempre termino lastimándome las ganas, las ansias, los sueños, la carne, el corazón y los recuerdos que siempre cuidé; regularmente termino culpando la poca fe que algún día logré conseguir gritando fuerte con dirección al cielo. Y sepan que incluso el no ser correspondida es el destino chiquito que habita en un par de labios que no besamos jamás.
Sepan todos ustedes, que no hay momento más sufrible que despertar con el cuerpo en otra cama y el alma en otro lugar, que no hay instante más ficticio que aferrarnos a dos manos que aún no nos suceden. Y es justo en este momento donde conseguimos amantes vacuos que terminan por formar parte de un final con un tamaño cualquiera.
Entonces, mirándolos a todos ustedes, confieso que si no muero de cirrosis por tanto beber, de cáncer pulmonar por tanto fumar o de amor por tanto sentir, no sé de qué. Y no me gusta este final.
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