Julieta Cardona

Amar sin correspondencia

25/08/2012 - 12:02 am

Hoy no habrá elemento sorpresa, la historia es un desastre lejos de la ficción, o si miramos más de cerca: ficción absoluta.

¿Han amado sin correspondencia? Alguna vez escribí que el amor era esa paloma mensajera que siempre pierde la dirección, y seguramente lo hice para sentirme mejor, porque cuando entregas, consciente o inconscientemente esperas un regreso considerable, no importa cuando, pero lo esperas, entonces me fue más fácil culpar a esa ingrata ave insistiendo en que pierda el rumbo cuando sabe perfectamente dónde parar.

El corazón me latía con tanta fuerza que creí, se me saldría. Después de muchos meses aquél hombre había abierto un canal de comunicación.

Comenzamos a platicar y aunque ambos estábamos lejos, aunque fuimos siempre lejanos, me dijo «ya nos hablamos con muchos kilómetros de distancia», mientras yo todavía deseaba que nuestra distancia fuera geográfica.

—¿Te rompieron el corazón?— pregunté.

—Suena a tragedia, pero vive roto.— él siempre tan poético.

—¿Qué pasó?— yo siempre tan preguntona.

—Peleé con toda mi familia y mi prometida.— dijo.

El hacía mucho frío y parecía no importarle la secuencia de las estaciones (¡era verano, por Dios!); quise contestarle lo primero que me resbaló por la mente, lo que cualquier mujer complicada diría “¿Cuál prometida?; ¿Ahora ya estás comprometido, cómo es que olvidas tan rápido?; ¿Ya no me sientes?”, pero no, tengo atoradas en la garganta palabras que nunca le diré. A cambio me convertí en una mujer sensata sugiriéndole cordura y sobre todo amor a los suyos.

La verdad es que no me olvidó porque nunca me retuvo en su memoria como yo lo retuve en la mía; la verdad es que nunca me sintió porque nunca habité su pecho como él habitó el mío. La verdad es que nunca cupe en su vida, pero yo siempre temí escucharlo, leerlo, escribirlo, entonces vuelvo a justificarme escribiendo que él pudo ser tan feliz conmigo que tuvo miedo.

Recordé todo lo que le dije, recolecté todas las cartas que le escribí, junté sus manos a las mías y con el hervidero adentro de mi cuerpo, rompí cada palabra que le regalé, porque las palabras entre dos personas son un mundo encerrado que a veces necesitan ver la luz, y la luz entra cuando se rompen.

Así lo encerré en estos cuatro cientos de palabras porque solo así pudo ser mío.

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