Me encantan las mujeres cuarentonas, me gustan tanto que mi madre dejó de invitarme a sus reuniones de amigas cuando se enteró que me había involucrado con Renata, su mejor amiga. Sólo nos acostamos durante medio año y realmente no era para tanto, pero mi madre es una exagerada.
Hoy vengo a platicar que hace un par de días me acosté con una hermosa mujer de 49. La cosa fue más o menos así:
–¿Vienes por Emiliano?– me preguntó una señora que, desgraciadamente, no había visto antes.
–Sí, ¿y usted es?– le pregunté después de mirar secretamente su escote.
–Mi nombre es Julia, pero tú puedes llamarme para tener sexo– me respondió la muy ingrata dejando un papel en uno de los bolsillos traseros de mi pantalón.
Emiliano es mi hermano pequeño, a quien le agradezco calladamente el haberme pedido ir por él a la escuela. En fin, abrí el papel de Julia, tenía escrito un número telefónico, una hora y una dirección. Esperé pacientemente que dieran las ocho de la noche; yo había cancelado los planes de emborracharme con mi grupo de amigas porque, pues porque Julia.
Las ocho de la noche y yo estaba puntual afuera de lo que me parecía, era casa de Julia. Antes que yo tocara, la puerta se abrió. Ahí estaba Julia con un vestido rojo pegado a la piel conduciéndome hasta la sala; de fondo un tango majestuoso y en la mesa de centro una botella helada de champaña.
Para qué mentir, si lo que menos hice con Julia fue hablar. Lo último que recuerdo salir de su boca, además de su lengua para hacerme sexo oral, fue cuando me dijo “tenemos hora y media en lo que Roberto regresa del beisbol”, después se me fue encima salvajemente sin dejar de lado su sensualidad.
Le quité el vestido con la delicadeza más fiel y como si no tuviéramos el tiempo contado, nos besamos despacio sobre la alfombra que el marido le había comprado por mero capricho, al parecer era una mujer caprichosa, pero y qué. Tenía los pechos más perfectos que yo había apreciado jamás; su vientre ligeramente abultado me invitaba a conocer el cielo ahí en la alfombra; sus piernas más fuertes que envejecidas se abrían para que me quedara más tiempo del que teníamos, entonces entré a su cuerpo, jamás a su pecho.
No pude ni intenté enseñarle algo a Julia. “Caray, cuánto cabe en 49 años”, me decía a mí misma cuando sentía el recorrido de sus senos sobre mi espalda.
Me fui después de bailar desnudas. Me tomó por detrás y me pegó a ella, después nos movimos en un mismo eje al ritmo de un tango sospechosamente suave.
No volví a verla porque hay emociones que no deben volver a repetirse por mera fidelidad al mundo construido para dos en tan solo una hora y media.
Tampoco iré pronto por Emiliano a la escuela, solo lo llevaré los sábados a sus clases de natación, he visto a la instructora y aquella última vez que le guiñé un ojo, me contestó con una sonrisa.
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