Tuve tanto miedo que borré todo lo que escribí, eran cientos de letras que preferí desechar, pero todavía no puedo olvidarlas, tal vez porque no lo deseo, porque no es momento, porque lo que duele se suelta hasta que uno quiere, porque si no se quiere, entonces seremos enterrados con todo lo que no pudimos sudar del cuerpo y alma.
Entonces estas letras son para todos esos amores perdidos, para todas esas palomas mensajeras que desviaron su rumbo y nunca llevaron la carta al tan anhelado destinatario, para todas esas pisadas cansadas por tanto correr detrás del otro sin alcanzarle, para todos los corazones valientes que perdonan pero también se van.
He amado incansablemente, tal vez de una manera despiadada e incontrolable porque no conozco otra, pues como bien lo dijo Julie de Lespinasse allá por el siglo XVIII: «Os amo como hay que amar: con exceso, con locura, arrebato y desesperación».
Ahora, ya más resuelta, vengo a dejar todo el miedo aquí porque no quiero que ese demonio sea sepultado conmigo:
Le dije que ya no le amaba. Le hablé horas enteras del perdón, le dije que el perdón exigía lugares más grandes que el corazón y por eso teníamos alma, para cuando no fuera suficiente el pecho. Era cierto, yo le había perdonado lo que nos había hecho, pero también había huido lejos (en geografía y todo lo demás) porque nunca supe cómo abandonar. Yo me encontraba con el corazón deshidratado, apenas vivo; así me habían dejado. Aún con todo fracturado y mi piel más vieja que la de una anciana de cien años por tanto esperarle, seguía caminando detrás, entonces necesité andar descalza para sentir el frío de la tierra y lo moribundo de mis pasos; así fue como paré.
Yo había llorado poco porque no sabía cómo hacerlo, ni siquiera sabía qué hacer con todo esto que me hervía y se me salía por las manos en forma de cartas que nunca le di y en revoluciones de palabras que jamás le diré. Es mentira que nuestra memoria se borre o nuestras ganas aguarden. La fuerza de las manos desfallece y dejan de esperar; se pierde fe y se gana agonía. La muerte se precipita, pero es más una urgencia por dejar de sentir, y entonces lo hacemos: dejamos de sentir en defensa propia. Así nos convertimos en asesinos de nosotros mismos. Deseamos con tanta fuerza, que, aparte de urgir exilio, urgimos el cese del dolor. Así me sucedió a mí. Todo el tiempo me quemó los huesos y se me desangró la espalda, ¿será que recuerda mis hélices? Todo el tiempo se me calcinó el pecho, ¿o algún recuerdo por tanto amor? Mi memoria era un cementerio de recuerdos suyos. Ya no había qué salvar porque ni siquiera quería, no es que no supiera cómo, aquí simplemente mi deseo había excedido todo para hacerse carne dentro de mí.
Con miedo algo más minúsculo, tal vez reescribí lo mismo que borré porque no pude olvidar, y si los demonios no se olvidan, entonces liberarlos para siempre en una historia que huye a un eterno retorno.
MÁS EN Opinión
Fundar
México ante el Subcomité para Prevenir la Tortura: entre avances legales e impunidad
""La impunidad, se mantiene como el hilo conductor, igual que los obstáculos que se presentan para la..."
Álvaro Delgado Gómez
Los impostores: De Claudio X. a Televisa
""Queda claro que los opositores a toda reforma son los que representan el antiguo régimen, los defen..."
Óscar de la Borbolla
El Sufismo, un modo no occidental de entender
""Siempre he querido entender: entender lo que me rodea, descifrar cómo funcionan las cosas, aclararm..."


