A mis padres se les ocurrió casarse por bienes mancomunados, a ellos atribuyo que yo quiera compartir todo lo poco que tengo, incluida mi vida; verán que hace poco le dije a una hermosa mujer: “Tengo nada, pero podemos partirlo a la mitad”, aunque esa es otra historia. Yo de lo que vengo a hablar hoy es sobre bodas.
Todo comienza en las invitaciones a la boda: la mayoría blancas con letra cursiva invitando a una misa y a una recepción posterior en algún espacio (salón, jardín, casa, playa, no importa). No olvidemos que, por supuesto, siempre hay un número de pases en la invitación, como cuando te dan un pinche pase, uno. Contaré mi última anécdota. Y así comienza la histeria.
Vayámonos por pasos:
1. “La ceremonia religiosa católica (por decir alguna) o la flojera del sacerdote en turno”. Dígase del discurso machista y de subordinación femenina. Excesivamente molesto, tan molesto que me imaginé aventándole mis tacones al sacerdote y que le cayeran en donde fuera: en la cara, en la panza, en los huevos (de preferencia en los huevos).
Qué decir sobre la emoción de las damas de honor y los padres de los “novios”, hasta se ponen a llorar. Yo lo que hago es voltear discretamente a buscar algún cómplice que ría en silencio conmigo, pero, repentinamente, todos son serios y absolutamente a nadie le resulta gracioso. Vaya mentirota. Encima toda la ceremonia esperé la famosísima oración: “¿Hay alguien que se oponga a este matrimonio?”, para así obtener los anhelados 15 minutos de fama porque, pues porque Andy Warhol.
2. “El registro en el lugar del evento o a ver dónde chingados te acomodan”. Ya sabes, la logística de las mesas es esencial para un ambiente inmejorable, pero no cuando te ponen en la mesa de los anexados. En esa pinche mesa estaba yo, cual exiliada política. ¿Qué habrá pensado la novia al haberme aventado en aquella mesa, que, aparte, estaba detrás de un pequeño escenario con bocinas gigantes que despedían ruido y no música? Tal vez pensó algo como: “Aquí acomodaré a mis antiguos amigos, a Lupita (la secretaria que se lleva bien con todos) y a los padres del novio de mi hermana porque lo único que tienen en común es a mí”, o tal vez no pensó.
3. “Seguir celebrando a los novios o lastimarlos con dolo”. Que si el desperdicio de arroz o la muerte de decenas de rosas para quitarles los pétalos y aventárselos a los “novios”. La cosa fue que, ya instalados en las mesas, pasó una dama de honor con canasta en mano diciendo: “Agarren muchos pétalos y cuando los novios se aproximen, aviéntenlos con dulzura a donde quieran menos a la cara”. ¿Yo qué hice? Aventé los pétalos a la cara de ambos pues porque soy una amargada de mierda, y qué.
4. “Sobre pláticas incómodas con los de tu mesa o soportar otro rato la puta humanidad”. Pues ahí estaba yo, con Lupita y los padres del novio de la hermana de la novia (la de la boda); la señora me miraba como queriendo encontrar cuanta vulgaridad cabía en mí, estoy segura que pensaba algo así como: “Ay, esta mujercita lleva más brandis que años cumplidos”. Luego el diálogo inmediato:
—Hija, ¿cuántos años tienes?— me pregunta.
—25— dije sin más.
—Oh, corta vida— dice la señora buscando conversar.
—Sí, señora, ¿y usted?— digo sin ánimos de conversar.
—Yo 62 recién cumplidos— contestó galante.
—Oh, justo las copas de brandi que me he metido el día de hoy— contesté galante.
Después risitas fingidas.
5. “Sobre el ritual de la novia o no quedarte sentada para eludir juicios que igual te valen mierda”. Como sabrán, el baile de la víbora para tirar a la novia es un clásico; qué decir sobre el lanzamiento del ramo a las solteronas desesperadas. En el baile de la víbora, casualmente fui yo quien debía comenzar a jalar la cadena de mujeres y dar vueltas por todo el salón exhibiendo mi superpoder de quedarme sola a la mitad porque jalé tan fuerte que se cayeron algunas y otras se enojaron porque sus tacones se enterraron en el pasto. Puta madre.
6. “Sobre bailar con los hombres que se te acerquen o hacer el ridículo en la pista de baile porque vida sólo hay una”. Pues sí, se me acercaron algunos y bailé con todos por no parecer descortés pero sí parecer una idiota. Sucede que cuando tu pareja de baile no sabe llevarte o no sabe bailar, debes evitar (a toda costa) bailar más de una canción, ya que si no te importa, el ridículo siempre será una buena opción (la mejor, la única).
7. “Sobre beber gratis o sobre beber gratis”. Este punto no tiene por qué ser alterado, licor divino es licor divino.
Concluyo. Mujeres: la boda no es una competencia para ver quién se ve mejor, pinches prejuiciosas.
Las bodas no me disgustan, me disgusta la manera en la que atormentan al amor convirtiéndolo en un contrato religioso, el pobre no tiene la culpa. Las bodas me divierten, más las damas de honor y las cuarentonas que terminan por aventurarse conmigo en el sanitario o en algún rincón del jardín.
Cásense si quieren; invítenme si quieren; no se enojen si no voy a su misa aburridísima; no me acomoden en la mesa nupcial, pero no me avienten con Lupita; díganle a sus primos que me gustan más sus primas, que no me saquen a bailar; sobre todo sean felices, pues al final siempre se trata de eso.
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