Julieta Cardona

Mota for dummies

01/03/2014 - 12:02 am

«¿Cómo le hicieron para convencer a un país

que siempre ha fumado mota de una

guerra contra el narcotráfico?»

@ixcolai.

Tengo el escenario perfecto para ir a fumar, me dijo mi amiga Pamela (la junkie) antes de colgar el teléfono y, un par de horas más tarde, estaba con Pamela y Laureta (una chica como como yo: virgencita en la cannabis) en el mercado de La Lagunilla ubicado en el centro de la Ciudad de México. Era domingo.

Andando por los pasillos de La Lagunilla, una puede encontrar de todo, en serio. Que si usted quiere una cabecera de cama como la que tenía en el palacio María Carlota Amalia Augusta Victoria Clementina Leopoldina de Sajonia Coburgo y Orléans Borbón Dos Sicilias y de Habsburgo Lorena, alias “Carlota de México”, esposa de Maximiliano de Habsburgo, “Don Chácharas” puede conseguirle uno muy similar. O que si se le antoja un casco de soldado utilizado en la Segunda Guerra Mundial o un tocador francés, usted está en el lugar indicado. Entonces sí, Pamela tenía tazón: teníamos el escenario perfecto.

Caminamos adonde las quesadillas, las cervezas y la música electrónica porque Pamela (nuestra madrina experta en malviajes, agudización del sentido del gusto después de un par de toques y música electrónica) nos encaminó hasta allí. Y ahí comenzó una de las historias más chuscas jamás contadas, o bueno, al menos así la recuerdo.

Un toque, dos toques, tres toques y el powm powm de la gran bocina que descansaba debajo de la mesa de mezcla del gran deejay de La Lagunilla. Loreta, contrariando uno de los efectos generales de la mota que es el relajarse, comenzó a bailar arrítmicamente y a mencionarnos que estaba en un concierto privado. Naturalmente, Pamela y yo soltamos unas buenas carcajadas y, en el menor de los descuidos, parecíamos dos madres correteando a su hijo preso de un ataque de gateo infinito.

No es broma, correteamos a Loreta hasta llegar a los muebles de latón, pasillo en donde dijo que ya podía respirar porque ahí sí entraba mucho aire. La cosa fue que Loreta (proveniente de una familia fuertemente santera y católica) guardaba culpa porque mientras su madre mordisqueaba la ostia, ella sostenía un litro de cerveza en una mano y un churrito en la otra. No sé, será que sentirse rebelde no es para todo el mundo, jo.

Y en ese maldito pasillo nos quedamos un buen rato, o al menos eso recuerdo (porque como ya sabrá, y si no lo sabe, le digo que la mota es una droga que apendeja —y con suerte pierdes dimensión de tiempo y espacio—). “¿Qué le pasó a Loreta? Se sintió loca”, fue y sigue siendo nuestra explicación de aquel domingo de mota for dummies. Después de recuperar la calma e inútilmente tratar de reconstruir la odisea que había sido perseguir a Loreta, nos sentíamos más reinas del mundo que Leo Di Caprio en Titanic cuando se va a gritar a la proa. Nos sentíamos turistas en el mercado de pulgas de Saint Ouen en Francia. No sé, será que no recuerdo haber reído tanto en mi vida por algo que no entendía.

Después de años seguimos tratando de rehacer los hechos, pero caemos en cuenta de que tenemos recuerdos distorsionados de una tarde sabor quesadilla de hongos porque nuestra otra amiga la cannabis.

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