En la lengua del cuerpo de los amantes, en su pronunciación irrepetible, basta un giro, un guiño, un parpadeo, un silencio fugaz, un soplo, una nada para transformar el sentido y la profundidad de lo dicho así, que es lo vivido. Un giro sorpresivo nos nombra y nos canta, nos llama y nos marca, tal vez para siempre.
Por Alberto Ruy-Sánchez.
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