Lo único con lo que una nace en la vida de manera inalterable se me regaló rebosante de la gracia más divina: mi familia. Pero luego les platico sobre ella; la cosa fue que una de mis tías (hermosa como ella sola) me envió una imagen por Whatsapp que decía: “Soltera no significa estar disponible; no vinimos al mundo para estar solas, pero tampoco para estar con cualquiera”, y, bueno, lejos de ser una imagen con texto que pudiese compartirse en Facebook, tiene un fondo bonito. Qué digo bonito, precioso.
Últimamente he estado saliendo con un grupo de amigas honorables —a quienes sí tuve la gracia de elegir y a quienes torpemente se les abandona cuando una se sumerge en una relación amorosa— y, platicando con ellas, me sorprende que sus almas gemelas sigan sin aparecer o, peor aún: que todas las medias naranjas vivan atoradas en duelos permanentes. Porque ya saben: está la amiga que sufre por la misma persona —que no le hace caso— desde hace cuatro años, que no se resigna a que no la amen como ella ama y a quien todas le decimos casi al unísono: “Ay, amiga, más de 7 mil millones de personas en el mundo y tú sufriendo por el mismo pendejo”; está la otra que se la pasa en un vaivén entre estar soltera y sufrir con su pareja; está la otra que extraña a su ex a pesar de las majaderías que le hizo y a quien todas le decimos casi al unísono: “Ay, amiga, más de 7 mil millones de personas en el mundo y tú sufriendo por el mismo pendejo”; está la eterna soltera que presume sus encuentros casuales o la eterna soltera que no tiene encuentros porque sus pretextos por no tenerlos son más grandes que ella misma; y están las amigas como yo que platican al grupo cuando llegaron con su terapeuta a decirle: “He decidido tomar terapia porque me urge dejar de sentir”, y a quien todas voltean a ver como si hubiese dicho la frase más romántica del mundo, cuando no, cuando dije la más triste.
La cosa es que platicamos durante horas y nos esmeramos en tratar de entender nuestros pretextos y nuestras obsesiones para llegar al punto álgido que, aunque sabido, nos avergüenza decir: queremos sentirnos amadas, pero no estamos seguras de amarnos a nosotras mismas. Y como es un camino difícil como suputamadre, optamos por verlo de lejitos y por seguir estancadas en duelos que no ganamos solo para sentirnos vivas. Y está cabrón porque no aprendemos a sentir.
Regreso a casa imaginando a los príncipes azules y a las reinas que merece mi gente porque creo que llegarán en el momento indicado, ese único, porque me gusta pensar en la magia del destino; la magia del destino y la sabiduría del tiempo, así, a secas.
Y sobre mí, bueno, cierro los ojos para que no se me salga todo lo de adentro hasta que mi corazón, ya impasible ante la obscena templanza del miedo, me dice de una vez y para siempre: me rindo.
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