
Mi nombre tiene historia y santo: Santa Regina, virgen y mártir. Y desde que supe su significado, tengo claro que santa y mártir sí soy.
Me llamo Regina y tengo el cabello largo. Cada que, incidentalmente, sale al tema el asunto del cabello cuando platico con alguien a quien le tengo confianza, me da por decir que las mujeres con cabello largo, cuando se casan, se lo cortan porque el cabello largo es símbolo de sensualidad, es un símbolo muy sexual, pero no lo digo por hacerme la interesante, sino porque es.
Amo profundamente sin hacer alarde: sin comprometerme en Facebook. Pero me enamoro como la inteligente tía Daniela de Ángeles Mastretta: como una idiota. La cosa es que no tengo los ojos grandes ni me llamo Daniela; me llamo Regina y mis ojos son medianitos, semihundidos, con pestaña china y color nutella, por cierto.
Tengo pocas buenas amigas y otras no tan buenas, por eso elijo objetos inanimados, para hacer mi declaración de secretos: mi almohada y el primer disco de Amy Winehouse; otras veces, elijo contarle a la ciudad, por eso salgo a caminar; pero siempre me pierdo, no sé, será que nací sin brújula.
Soy indecisa no porque no sepa qué quiero, sino porque en mi paleta de posibilidades vislumbro pantones infinitos.
Me cuesta mucho trabajo decir que no: ¿Quieres beber una copa? Sí. ¿Quieres ir a bailar? Sí. ¿Quieres ir a ver esa película mexicana que dicen que es muy mala? Sí. ¿Quieres probar esto aunque tenga mal aspecto? Sí. ¿Quieres un boleto de avión a París sin fecha de regreso? Sí. Sobre todo a eso diría siempre que sí; me gusta el francés; me gusta pensar que por algún error de Dios en su logística, no nací en Francia o por ahí a finales del siglo XX en Nueva York. De hecho, tengo un diccionario en francés para dummies. Tengo todo para dummies. Y a veces me pregunto (en realidad, todas las mañanas), como Tyler Durden, si pudiéramos despertar siendo alguien más: abrir los ojos y estar cortando moras en algún lugar de Irlanda; abrir los ojos y descubrirme caminando a un ladito del Río Támesis; abrir los ojos y que las olas de la costa de Bali estén rompiendo en mis pies.
Me gusta el otoño antes de que me dijeran que yo era otoñal por los colores que uso cuando me visto; bueno, no solo me gusta, amo el otoño como amo al hombre que espero, ese que todavía no llega a mi vida.
Soy agraciada, soy bonita, soy alta. ¿Copa DD? Sí. ¿Mide usted más de 1.70? Sí.
Crecí en un par de lugares, pero no soy de ninguno. No me gusta la idea de pertenecer a alguno porque hay lugares que, por más hermosos que se aprecien, están destinados a romperse. Y conmigo basta todo lo que se aprecie como roto. Todo.
Dejo que todo fluya como la simbólica bolsa que vuela dentro de pequeños torbellinos en la película American Beauty y hago muchas alusiones porque las analogías son bellas cuando la similitud es etérea y delicada. Tal como me regocijo en citar escritores porque descubrí que ellos lo dijeron antes que yo.
Mis manos son largas, mi nariz recta con un ligero corte a la mitad en la mera punta, tengo los labios medianos y también tengo miedo, pero pienso que el miedo no es para sentirlo, sino para hacer algo con él, qué sé yo, destrozarlo.
Soy alta, algunos dicen que muy alta, ¿ya lo había dicho? Soy alta y a veces no puedo dormir por culpa de los diarios de Anaïs Nin.
Extraño a mi madre. Probablemente la extraño desde el día que nací, pero tapo sus malos modos con el infinito amor que le tengo. Tapo la parte oscura de la gente porque en mi cabeza suena la playlist “Música para ser muchacha feliz” que hice en Spotify, pero regularmente encuentro la manera de defenderme de los malos. Será que por ser yo me siento en desventaja con el mundo.
¿Se halla usted en este mundo? No.
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