Fabrizio Mejía Madrid

El tren enemigo

“Las palabras resuenan y, cuando lo hacen, sintonizan con cierto tipo de personas".

Fabrizio Mejía Madrid

01/01/2026 - 12:04 am

https://youtu.be/VEwLInTKjC8

Esta columna no trata de las mentiras sobre el descarrilamiento de un vagón del tren interocéanico en Oaxaca por la simple razón de que nadie, ni el Reforma, El Universal, Loret de Mola ni Alito Moreno son los peritos encargados que darán un informe sobre lo ocurrido. Los peritajes no se hacen con imágenes de la cámara de un celular o con los puros deseos de que le vaya mal a los mexicanos, sino que son procedimientos técnicos y científicos. Esta columna trata, en cambio, de la operación de propaganda de odio, hostilidad, aversión que se echó a andar con el accidente.

Primero es necesaria una breve introducción a cómo la oposición puede estar hablando de un accidente de un tren pero en realidad comunicando toda una forma de ver al país. Hay que decir que las palabras no son unas envolturas que empaquetan conceptos. No son cajas con mercancías o que las palabras envuelven los conceptos, que esperan que alguien muy sabio las desenvuelva para saber su verdadero significado. Si eso fuera así, entonces, cualquiera que tuviera las herramientas para abrir el paquete encontraría lo mismo dentro. Esto es pensar que todos tenemos el mismo contexto compartido, que todos usamos y entendemos las palabras en el mismo sentido, y que nuestras comunidades son uniformes. Como escriben los lingüistas David Beaver y Jason Stanley: “No pienses en la información en paquetes que llegan a tu puerta, sino como algo que fluye hacia ti como la energía de la música bajo que vibra en tu interior. Y no pienses en el significado como un objeto que se transfiere, sino como un estado que se comparte, de modo que, aunque la resonancia requiere una conexión física, puede continuar incluso en ausencia de transferencia de energía”. Las palabras no deben considerarse sólo como portadoras de significados, sino como sustentadoras de conexiones sociales.

Eso de pensar que el significado de las palabras es del sabio que leyó su enciclopedia completa y no una forma de la interacción humana, dejémoselo a los que hacen programas de televisión hablando del “verdadero” significado de las palabras, es decir, lo que dice la Real Academia de la Lengua o su peculiar uso del lenguaje. Aquí vamos a hablar de las palabras usadas como ideología y para ello no las vemos como paquetes con ideas adentro sino como una resonancia que provoca un eco emocional y ciertamente de una forma de estar y comprender el mundo que nos rodea. Las palabras no son las que dicen los catedráticos que están bien o mal dichas, sino las prácticas del lenguaje de comunidades, entre ellas, las ideológicas, es decir, la izquierda y la derecha. Es por eso que, por ejemplo, la discusión entre los que decimos “todes” y los que citan el diccionario y el buen uso del español para censurarnos, es asimétrica porque nosotros sí le concedemos su carácter político a esa práctica del lenguaje que hace existir al “todes”, es decir más de dos géneros, mientras que la derecha se escuda en el buen español para encubirir que creen que sólo hay dos formas de ser humanos, definidas por Dios o la biología. Pero no lo dicen explícitamente. Se escudan con un diccionario. Reducir el tema de las sexualidades a lo que dice el diccionario o la anatomía o una creencia religiosa, es evadir la responsabilidad de asegurar públicamente que los demás géneros son abominaciones, perversidades, mutilaciones, cosas del demonio. Otro ejemplo es el que nos ofrendó con su habitual elocuencia Azucena Uresti, quien hace poco habló para tratar de no decir que está en contra de los programas sociales. Usó a los hijos de Andrés Manuel como muro para ocultarse. La locutora de Radio Fórmula dice: “Ser pobre no nos vuelve mejores personas ni moralmente superior (así su discordancia gramatical). Esa es una estrategia de mercadotecnia, es una estrategia política (para la locutora política y mercadotecnia son lo mismo) de Andrés Manuel López Obrador. La utilizó durante su sexenio, pero la utilizó durante décadas a las que solo se ha dedicado a ser candidato. Es todo lo que ha hecho Andrés Manuel López Obrador. Ese señor que decía que solo tenía 200 pesos en la cartera, miente, mintió y miente porque pues todo se resume a ver a sus hijos, por ejemplo, Andy López y José Ramón López Beltrán, dándose vida de millonarios en Tokio, vacaciones de lujo, en Nueva York, compras en las tiendas más exclusivas. Concluye la ideóloga de la derecha: “Así que todos tenemos derecho y no nos vuelve malas personas, todos tenemos derecho a buscar una mejor vida, una mejor calidad en la educación, un mejor trabajo y eso no nos convierte en malas personas, nos convierte en mejores ciudadanos, en ciudadanos más felices, más responsables que cumplimos nuestras metas y nuestros sueños. Así que dejemos de creer que ser pobre es ser una buena persona”. Lo que encubre con esta palabrería sin ton ni son es que está en contra de los derechos sociales de los pobres. Para ella, los pobres no están buscando, como ella, una “vida mejor” cumpliendo con “sus metas y sueños”. Acceder a uno de los programas sociales es, para ella, buscar una peor vida y no ser ciudadano. Los pobres no son ciudadanos mexicanos, sino unos menesterosos asistidos por la beneficencia pública, cuya existencia no se explica por un sistema que premia la desigualdad, sino porque no le echan ganas. Los que han nacido en la familia, clase social, género, geografía, y color de piel afortunado son los buenos porque ya tienen sus posibilidades de cumplir sus metas y sueños. Los pobres no deberían ni siquiera de votar porque lo hacen para recibir recursos públicos. No son buenas personas sino holgazanes, como han repetido Vicente Fox y Xóchitl Gálvez. No lo dice directamente y se escuda en su cantaleta contra AMLO y su familia que han engañado a los pobres porque ni siquiera ellos cumplen con ser pobres. Así es la hipocresía de la derecha que el mismo AMLO, citando a Carlos Monsiváis, enunció tantas veces. No dicen las cosas de frente si no a través de un tema que no genere rechazo como sería decir: “Yo no pago impuestos porque va a las manos de millones que no siento que se hayan esforzado como yo”. Se escuda esta locutora en sus metas y sueños y, de paso, denuncia sin pruebas la ya tan sobada fanfarronada de los fachos de decir que AMLO era corrupto.

En el caso de la desgracia del tren que nos ocupa, decir, como aseguró el periódico Reforma, que el accidente se debió a que ---cito---  “AMLO lo construyó con fallas y descuidos y, además, con trenes con 50 años de antigüedad”, no sólo es una frase con cuatro mentiras rebatibles, sino que entraña una operación de cómo la oposición ve al país en el que vive. Es uno donde el Estado no debería construir infraestructura porque el Estado por naturaleza, o algo así, es ineficiente y negligente al estar rodando trenes de 50 años de viejos, aunque oculta mencionar el Reforma que las locomotoras son del 2001 y los vagones del Intercity británico son los únicos diseñados para ir a 125 kilómetros por hora en una vía que no están diseñadas para trenes bala. Pero eso no importa. Tampoco refieren, como escribió el teórico de la velocidad, Paul Virilio, que la invención del tren también fue la creación de los accidentes: en 2024, Europa sufrió mil 504 descarrilamientos de trenes en los que murieron 750 personas. No les interesa esa cifra  porque no no serviría para apuntalar su creencia en que la inversión pública en transporte en el sureste es un desperdicio porque ahí viven los huevones que no pueden trabajar ocho horas seguidas, como célebremente escupió Xóchitl. Que los carros tengan 50 años de diseñados los hace obsoletos y una “dádiva” peligrosa para los oaxaqueños y veracruzanos beneficiados. Luego apareció Loret con un supuesto audio de los hijos de AMLO riéndose como el Señor Burns de los Simpson porque habían vendido piedras de mala calidad para el tren.

No desmentiré estos relatos, sino que trataré de entender con ustedes cómo y para quién funciona esta campaña ideológica contra los pobres y el Estado que los volvió a considerar como ciudadanos mexicanos. El tren es el enemigo porque es la inversión pública, es AMLO, y es el sureste. Es también lo que permite el comercio entre el Caribe y el Pacífico, es decir, que esa zona se desarrolle con bienestar. Es la Bestia del neoliberalismo que jamás consideró a la verdadera Bestia, el tren de indocumentados que se descarrilaba cada semana, como algo que pudiera utilizarse.

El lenguaje aquí funciona para hablarle a cierto grupo del país que ya cree desde hace décadas en tres presuposiciones: que el Estado es por naturaleza corrupto e ineficiente; que los mexicanos no pueden hacer obras como los gringos y europeos o japoneses; y que no vale la pena invertir en el sureste. Apela a una idea preconcebida de cómo ven al país; son las tías del whatsapp que siguen usando el término “Primer Mundo”. Están coordinados en esta mirada pero también en una forma de hablar de política como mercadotecnia, por ejemplo, e incluso en una forma de tratar a los demás cuando se les considera inferiores o superiores, y también una forma de votar. Las palabras resuenan y, cuando lo hacen, sintonizan con cierto tipo de personas. Las palabras generan redes de hacer y ser, de acción e identidad, que parecen sólo ser palabras que el emisor envuelve y el receptor desenvuelve. Pero no, en realidad, son palabras que nos indican cómo mirar el mundo que nos rodea y cómo relacionarnos con los demás. Cada enunciado es un acto que tiene como objetivo directo vincular al oyente con el hablante mediante un vínculo de algún sentimiento social, que puede apoyar tanto la acción colectiva como el entendimiento mutuo. El lenguaje no solo conecta, sino que también divide, separando a las personas en grupos que carecen de un entendimiento común.

La pregunta que les hago es qué tipo de grupo está tratando de reunir en torno suyo la oposición. Tendemos a armonizarnos con el grupo al que deseamos pertenecer. Eso nos hace conformarnos a una cierta retórica política donde, en lugar de centrarnos en la verdad o la descripción, nos acomodamos a una práctica del lenguaje. Así, por ejemplo, alguien que insiste todos los días en señalar lo que debería ser sin detenerse a explicar cómo es, se ajusta a la práctica de pensar en la política como algo de los políticos o, peor, de los partidos y en el Estado como el mal encarnado en la Secretaría de Marina. ¿Qué hacen los marinos administrando el tren?, se pregunta desgastados por la realidad sin darse cuenta que los marinos estudian varias ingenierías, física, matemáticas, mecánica y hasta antropología. Con el dedo flamígero del deber-ser señalan que la realidad no coincide con el ideal y se elevan a los cielos del juicio sumario. El problema viene cuando el Inquisidor de la 4T o de Morena es el dirigente del PRI, del PAN o del MC. Pero da igual si es un periodista con su fuete argumentativo o el Ayuwaki de la semana, la práctica es pensarse afuera del país, por encima de la mayoría.

Tenemos una necesidad de coherencia en nuestra visión de los demás y de la realidad, necesitamos disipar las disonancias. Y es por eso que, quien siempre tuvo dudas de la capacidad de los ingenieros militares para construir un tren o un aeropuerto, salta a denunciar la improvisación del gobierno con una respuesta directa e inmediata, no deliberativa, al estímulo de ver unos durmientes de madera, sin saber que se usan en en curvaturas y peraltes moderados, como ya lo explicó el ingeniero ferroviario escocés Gareth Dennis a quien el Reforma quiso utilizar como fuete de autoridad técnica.

Los mensajes políticos no dependen de la coherencia lógica, sino de resonancias emocionales, cognitivas y disposicionales, basándose especialmente en la necesidad de las personas de armonizar sus sintonías con las de su grupo de pertenencia. Las experiencias resonantes conectan diferentes partes del mundo de una persona. Así, si apenas se ve obligado a pagar los impuestos que le tocan, no dirá que estaba a favor de las factureras sino que el dinero público se dilapida en obras que se descarrilan o en apoyos para huevones o, de una manera casi mágica, en gente que nunca ha trabajado en el gobierno, como los hijos de AMLO. Y como ejemplo que les reconcilia con sus dos mundos tendrán al tren enemigo.

Las ideologías son artefactos culturales que consisten en prácticas, actitudes, afectos y normas. Conjuntos de prácticas sociales que son, a la vez, productos y presupuestos de nuestras actividades, tanto verbales como no verbales. Por ello, cuando uno cree en algo, también cree en todo lo que se desprende de ello. Cuando uno reacciona a lo mal construido que está el tren lo que está reflejando es una disposición a creer y juzgar que le restaura lo predecible ---“pasó lo que siempre he pensado”---, y le da una cierta coherencia entre su comportamiento y su contexto ---“no soy parte de las focas aplaudidoras”--- se dicen, adquiriendo, de pronto, una cierta mirada exclusiva y una identidad común con grupos a las que quisieran pertenecer.

Pero habría que decirles que, cuando uno cree en algo, también cree en todo lo que se desprende de ello. Así el grupo al que deseas pertenecer no está tan interesado en luchar contra la corrupción o la mala planeación sino que quiere destruir al Estado, que desaparezca la inversión pública, que no exista la moderación de nuestras desigualdades sociales o geográficas, y que todo vuelva a ser privatizado por una élite monopólica. Ese grupo, en algunas de sus oscuridades se lamenta de no haber nacido en otro país, en uno del Primer Mundo, como dicen las tías panistas, porque, lo que es aquí, todo es al aventón, como El Borras, sin pensar a veinte o treinta años.

Fabrizio Mejía Madrid

Fabrizio Mejía Madrid

Es escritor y periodista. Colabora en La Jornada y Aristégui Noticias. Ha publicado más de 20 libros entre los que se encuentran las novelas Disparos en la oscuridad, El rencor, Tequila DF, Un hombre de confianza, Esa luz que nos deslumbra, Vida digital, y Hombre al agua que recibió en 2004 el Premio Antonin Artaud.

Lo dice el reportero