Agenda Ciudadana
Lorenzo Meyer
Retroceso y ¿avances?
"Trump ha mostrado que Estados Unidos puede transformarse muy rápidamente de un gran mercado a un vecino nada confiable".
EL RETROCESO. El sorpresivo ataque de Estados Unidos a Caracas para secuestrar al jefe de gobierno venezolano, la amenaza del Presidente Donald Trump de apoderarse de Groenlandia sin que importe vulnerar la soberanía de un pequeño, pero fiel aliado -Dinamarca- más otras acciones recientes, pueden interpretarse como otros tantos indicadores de una vuelta al pasado imperialista norteamericano más crudo o como el inicio de una nueva era.
El objetivo imperial es controlar, por las malas, unos de los mayores yacimientos de petróleo del mundo o apoderarse sin más de una gran isla al norte del continente americano de dimensiones mayores que México (2.16 millones de km2), casi despoblada (menos de 60 mil habitantes) pero que hoy tiene un gran valor económico y estratégico por poseer minerales y “tierras raras” y, sobre todo, por su localización estratégica en tiempos de proyectiles supersónicos.
La acción armada norteamericana en Venezuela lo mismo que la amenaza de apoderarse de Groenlandia, incluso por la fuerza, deben interpretarse a la luz de un documento: el National Security Strategy (Estrategia de Seguridad Nacional) donde Estados Unidos por sí y ante sí redefine la llamada “Doctrina Monroe” de 1823 y subraya su determinación de impedir que alguna otra gran potencia arraigue su presencia política y económica en el hemisferio occidental: América es para los (norte)americanos. Y es que la relación petrolera y política de China con la Venezuela chavista no era del agrado de Trump como tampoco lo es el apoyo político de ocho países europeos a la negativa de Dinamarca de transferir a Washington su soberanía sobre la isla. Lo relevante es que ese apoyo europeo al gobierno danés puede ser signo de los límites que hoy tiene la tradicional subordinación y disciplina de los miembros de la OTAN -la gran alianza atlántica formada en 1949 para enfrentar a la URSS- a las demandas de Washington.
La presión de Trump sobre Dinamarca muestra que el ser miembro de la alianza atlántica así como el haber colaborado históricamente en las aventuras militares norteamericanas en Irak y Afganistán, en los Balcanes y en Libia más el haber facilitado a Estados Unidos el uso de bases danesas en Groenlandia desde la II Guerra Mundial -hoy la base de Pituffik es clave para el sistema de alerta temprana norteamericano en caso de un ataque con misiles intercontinentales- no significa ya nada en Washington. Con Trump, el imperio se impone de manera igual de brutal sobre la Venezuela chavista que sobre la obsequiosa Dinamarca.
El crudo ejercicio de la política del poder económico de Estados Unidos en la llamada “Guerra Mundial de los Aranceles” o en los bombardeos recientes efectuados en Venezuela, Irán, Irak, Yemen, Siria, Nigeria o Somalia, tienen su razón de ser en la admisión explícita del mandatario norteamericano de que el único límite a su política del poder es el que le impone su “moral personal”. Esto significa que el resto del planeta tendrá que especular sobre la naturaleza de ese código y olvidarse del derecho internacional.
LAS PRIMERAS REACCIONES A LOS EXCESOS. Para el hombre más poderoso del mundo las normas del derecho internacional actual parecieran ser irrelevantes. Sin embargo, es justamente ese imperial desprecio por los límites, que el resto del mundo ha codificado a lo largo de siglos, es uno de los factores que está acelerando el fin de la actual estructura de relaciones entre los estados soberanos, estructura que más o menos mantuvo vigencia en el período que va del colapso de la Unión Soviética en diciembre de 1991 hasta que Trump lo desechó.
Estados Unidos fue el centro indiscutible del sistema de poder internacional en los últimos 34 años, pero todo indica que hoy ese sistema está experimentando una desordenada desintegración o reconfiguración y que lo mismo apunta a la bipolaridad Estados Unidos-China que a una multipolaridad aún por cuajar.
Para intentar entender esta etapa de descomposición y recomposición se puede empezar por el primer gran cambio introducido por Trump: la destrucción del sistema de comercio internacional nacido de los acuerdos económicos de Breton Woods en 1944. Punto central de dichos acuerdos fue el tratar de limitar las barreras arancelarias proteccionistas en el comercio internacional y poner al dólar norteamericano como la moneda mundial de referencia pues la mitad del PIB mundial se generaba entonces en Estados Unidos. La URSS y China no llegaron a sumarse al acuerdo, pero éste funcionó hasta que empezó a mostrar sus límites en los 1970 y el golpe final lo dieron Trump y sus aranceles. Casi de la noche a la mañana Estados Unidos empezó a convertirse en una economía protegida bajo el pretexto de que el resto del mundo estaba “abusando” de su generosidad y lo había desindustrializado. La “Guerra Mundial de los Aranceles” se mantiene y para México es una verdadera Espada de Damocles que pende sobre la renegociación del T-MEC, especialmente porque Trump ha comentado que para él, ese acuerdo ya le resulta irrelevante.
La reacción mundial al trumpismo imperial aún está por adquirir forma y fuerza, pero puede ser que la negativa europea a ceder Groenlandia a Estados Unidos haga que la OTAN deje de ser la gran alianza militar de Occidente que fue. Por otro lado, el gran acuerdo comercial que tras una larga negociación -más de treinta años- se acaba de lograr entre la Unión Europea y el Mercosur está a punto de dar a luz una zona de libre comercio con 700 millones de compradores que muy probablemente será parte importante de la reconstrucción del sistema internacional. El acuerdo Unión Europea-Mercosur puede ser el germen de un polo de poder económico con implicaciones políticas internacionales sustantivas.
La lenta pero evidente pérdida de interés de Washington por Europa en general y Ucrania en particular también puede interpretarse tanto como un debilitamiento de la OTAN empeñada en frustrar la “operación especial” rusa en Ucrania como la aceptación tácita de Washington al “derecho” de Moscú de dar forma a su zona exclusiva de influencia y a que China haga lo mismo en Asia.
La visita del Primer Ministro de Canadá a China -la gran potencia en ascenso y némesis de Trump-, el acuerdo comercial resultante y el retador discurso de Carney en Davos, pueden interpretarse como un alejamiento de un Canadá muy humillado del proyecto que originalmente inspiró al TLC y al TMEC.
¿Y MÉXICO? Para México, la agresividad de la política exterior de Estados Unidos es hoy su mayor reto externo. Trump le ha mostrado que Estados Unidos puede transformarse muy rápidamente de un gran mercado a un vecino nada confiable. Nuestro país está obligado a caminar hoy por una cuerda muy floja tendida entre la defensa de su soberanía -siempre relativa por la asimetría de poder frente al norte- y la necesidad de evitar el choque directo con Washington. Sin embargo, no debe perderse tiempo en buscar o crear oportunidades en la caótica recomposición del sistema de poder internacional para disminuir su gran dependencia económica del vecino del norte.
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