Mario Campa
El hundimiento del dólar
28/01/2026 - 12:05 am
"Detrás de todo el ruido ensordecedor, el hundimiento del dólar delata una recomposición sustancial de los flujos globales del dinero".
Una tormenta recorre Estados Unidos, y no sólo de nieve. En la política interna, crece el riesgo de un cierre parcial del gobierno si el Senado no aprueba nuevo financiamiento ante los abusos de las redadas de ICE en Minneapolis. En paralelo, Trump amenaza a Canadá con aranceles de 100 por ciento si concreta un acuerdo con China. Y en la vorágine de los mercados, el oro superó por primera vez los cinco mil dólares por onza y acumula un rendimiento de casi 100 por ciento en sólo un año, mientras la plata también alcanzó máximos por compras de refugio que solían tener como destino los bonos del Tesoro estadounidense. Y entre tanta neblina y nubarrón, el dólar continúa debilitándose y acumula un hundimiento atípico de 10 por ciento en 12 meses. Detrás de todo el ruido ensordecedor, el hundimiento del dólar delata una recomposición sustancial de los flujos globales del dinero.
El dólar no sólo es la moneda de Estados Unidos, sino también del mundo. Los países la usan para transar con la economía norteamericana y además con otros socios comerciales. Además, la moneda hegemónica domina las transferencias bancarias globales, y captura una parte sustancial de los depósitos y créditos de la banca internacional. Cerca de un 90 por ciento de las transacciones de divisas involucran al dólar. Y hasta hace unos pocos años, cerca de dos tercios de las reservas internacionales de los bancos centrales y los gobiernos se cotizaba en dólares, aunque ese peso va en declive acelerado. En suma, el dólar guarda un peso desproporcionado frente al tamaño relativo de la economía estadounidense en el mundo.
La dominancia del dólar se explica por factores históricos y estructurales. En primer lugar, la economía estadounidense sigue siendo la más grande, si bien su peso declina aprisa. En segundo, el mercado de bonos del Tesoro —considerados activos de refugio por la dominancia y el historial de Estados Unidos— es el mercado más grande y más líquido de activos bursátiles en el mundo, y además restringe poco el acceso de inversionistas extranjeros, en oposición a los controles de capital de China. En tercero, que Estados Unidos haya prestado créditos en dólares al Reino Unido y a Francia en la Segunda Guerra Mundial para la defensa, y a Alemania y al resto de Europa para la reconstrucción posguerra, asentó la supremacía de Nueva York sobre Londres como epicentro financiero global, dominancia después consolidada por Keynes y Harry Dexter White con la creación del FMI, el Banco Mundial y el sistema Breton Woods. Por último, pero no menos importante, esa delantera del dólar se refuerza a sí misma con el tiempo por la facilidad de transar con una moneda aceptada en cualquier lugar, lo cual eleva el costo de rutas alternas.
El economista e historiador estadounidense Barry Eichengreen llama “privilegio exorbitante” al cúmulo de ventajas para quien acuña la moneda dominante. De entrada, los bancos y las empresas disfrutan de menores costos de transacción y reducen el riesgo cambiario transfronterizo. Además, el gobierno federal toma préstamos a tasas de interés favorables por la demanda de dólares del banco central, las instituciones financieras privadas y los corporativos. Y finalmente, dado que un porcentaje elevado de los ahorros externos transados en dólares pasan por el sistema financiero local, Estados Unidos posee un “arma financiera formidable”, en palabras de Eichengreen. Ante la eventualidad de tensiones geopolíticas como las actuales, el gobierno puede congelar balances en dólares de inversores y gobiernos extranjeros, como lo hizo Trump con Venezuela y Biden con Rusia. En condiciones normales, el dólar solía fortalecerse ante cualquier viso de catástrofe inminente. Pero Trump rompió la normalidad.
Por la pandemia, el cambio tecnológico, las desigualdades y sobre todo la geopolítica, el mundo está dividiéndose. Un proceso de desacoplamiento entre las economías de Estados Unidos y China avanza a ritmo acelerado. En 2025, las exportaciones de China a Estados Unidos cayeron un 20 por ciento y las importaciones estadounidenses a China disminuyeron casi 15 por ciento frente al año anterior; ambas tendencias responden a lo que se conoce como friend-shoring, el intercambio entre aliados geopolíticos, y near-shoring, la integración de cadenas con vecinos. Más allá del comercio, la inversión extranjera directa y la inversión de cartera entre las dos superpotencias continúa a la baja.
Como resultado, la dominancia del dólar cae en tiempo real. Un declive gradual acentuado en los últimos meses amenaza como nunca la hegemonía. El peso de las reservas internacionales cayó hasta mínimos de varias décadas. China y Rusia desarrollan alternativas para el sistema de pagos Swift en dólares y acumulan más reservas en monedas alternativas. Desde el regreso de Trump, China, India, Brasil y México encabezan la venta de bonos del Tesoro, y sólo este último vendió más de 13 mil millones de dólares en treasuries en los últimos 12 meses hasta noviembre.
Como principal causa del hundimiento del dólar está la emergencia de China como superpotencia económica, pero está lejos de ser la única. El endeudamiento público creciente, aupado por el recorte de impuestos de Trump, mina la confianza. La instrumentalización política de las sanciones también pesa. Asimismo, el riesgo de una pérdida de independencia en la Reserva Federal, con la subsecuente expectativa de inflación, incuba riesgo de cartera. Temores por la erosión del Estado de Derecho y la recomposición de alianzas geopolíticas de Estados Unidos, como recién mostró la venta de bonos del Tesoro de grandes fondos de pensiones de Suecia y Dinamarca tras la amenaza a Groenlandia, redondean la tormenta perfecta.
No falta quien vea genialidad de ajedrecista en el hundimiento del dólar. Si China devaluó el yuan para exportar, por qué la Casa Blanca no haría lo mismo, dicen. No obstante, la evidencia es mixta. Por un lado, Trump valora la ubicuidad del dólar. Por otro, sus acciones debilitan la moneda en la práctica. Una hipótesis razonable es que la cotización del dólar no sea objetivo prioritario. En el balance, un dólar débil podría ayudar al déficit comercial, pero perjudicar el déficit fiscal. Una hipótesis razonable es que Trump simplemente cabalgará la contradicción.
El ritmo del hundimiento del dólar dependerá de los retadores. Para el euro, una alternativa es desarrollar un mercado de bonos en Europa, como propuso el economista francés Olivier Blanchard. El yuan es otra opción, si bien el mercado de bonos del Tesoro es cinco veces más grande que el mercado total de bonos chinos. Una red de monedas digitales podría ser otra carta. Una más sería la creación de una canasta de monedas con peso proporcional al tamaño de las economías. Todos los casos enfrentan complicaciones, pero también grandes recompensas por diversificación de riesgo.
¿Dónde estará el dólar en cinco, 10 o 20 años? Imposible saberlo ante una coyuntura con un magma volcánico al borde de la erupción. Pero mientras Trump alimente dudas y temores, activos como el oro y la plata seguirán desanclados de la normalidad. Frente al caos, el manejo de portafolios prescribe diversificar fuera de Estados Unidos, acto de antemano desfavorable al dólar por primera vez en décadas. El hundimiento total de corto a mediano plazo, que implicaría perder hegemonía, sigue siendo escenario improbable, pero ya no es impensable. Y esa noticia moverá mares de dinero.
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