Héctor Alejandro Quintanar
Salinas Pliego y Francisco Calderón: una derecha que se traga sus insultos
04/02/2026 - 12:05 am
"El oligarca del Ajusco era, sin más, un moroso que por corrupción no cumplía con sus obligaciones fiscales".
https://www.youtube.com/watch?v=QnXx3iHb_kY
En los últimos meses, el señor Ricardo Salinas Pliego se vio envuelto en una muy mal llamada polémica. Y es mal llamada porque nunca hubo puntos por refutar: se trata de un hombre que desde 2008 debía una cantidad enorme de dinero al país por adeudo de impuestos, en un monto que hoy acumula más de 30 mil millones de pesos. No hubo margen para la discusión. El oligarca del Ajusco era, sin más, un moroso que por corrupción no cumplía con sus obligaciones fiscales.
A pesar de ello, en algunos sectores de la prensa el manejo informativo planteaba la posibilidad de que esto fuera no un caso más de adeudos de élite, sino que era una tensión, presión o posiblemente una persecución política de los gobiernos de la llamada Cuarta Transformación en contra del hablantín empresario. En el colmo de la desmesura, algún noticiario de ADN 40 llegó a insinuar en noviembre de 2025, con base en una esperpéntica columna de Salvador García Soto, que había paralelismos entre el desafuero de López Obrador en 2005 y el caso que enfrentaba Salinas Pliego.
Así, un plumero de mucha imaginación y escasos escrúpulos, comparó a un acto abiertamente autoritario, cuya evidencia jurídica y política daba entera razón a López Obrador y lo tornaba en objeto de una ilegítima asonada; con un adeudo producto de la desidia y tráfico de influencias de parte de un hombre famoso por cometer atropellos de toda laya en México. Comparar a una víctima con un victimario no sólo es una sandez ilógica, sino ante todo una falta de ética.
Aunado a ese precario, cuando no cómplice, manejo informativo sobre el adeudo salinista, resaltaron varias veces las actitudes del propio dueño de TV Azteca, quien en su cuenta de X, de forma sistemática, expuso que él no debía nada al Estado mexicano y que en consecuencia no pagaría. En su obstinación, fueron memorables, por indignantes y reveladores, los vocablos que usó para referirse a quienes, entre otras cosas, su adeudo le recordaron, como los muy misóginos, “putonas del bienestar” o “marranas”; o la muy coprofílica y pueril frase de “zurdos de mierda” hasta el bastante extraño mote de “bañagatos”, cuestión que quizá tendrá sentido en el mundo veterinario, pero resulta enigmático como ofensa.
Pues bien, luego de 18 años de evasión y tráfico de influencias; y luego de más de dos años de conflicto directo con el único actor que lo obligó a cumplir sus responsabilidades, es decir, la llamada Cuarta Transformación, el 30 de enero pasado Salinas Pliego emitió un pago de poco más de 10 mil millones de pesos hasta finiquitar, en otras 18 emisiones, como si fueran abonos chiquitos, el adeudo pendiente.
La dimensión jurídica-económica del caso concluye aquí, con un acto de autoridad y de justicia que pone en orden a un evasor histórico. Pero la dimensión política continúa, porque debe resaltarse que luego de negativas sistemáticas a pagar, y de escribir con claridad varias veces que él no debía nada y que nunca pagaría tal cosa; al magnate no sólo se le cayó su mojiganga obstinada, sino que hay una sola conclusión lógica: todos los insultos que emitió a ese respecto, quedan nulificados y la imagen final del entuerto es la de él derrotado por su propia irresponsabilidad, pagando en plazos aquello que dijo que nunca pagaría.
No es casualidad que de forma simultánea a ese saldo de cuentas de uno de los principales cabecillas de la oposición mexicana, se diera a conocer otro caso revelador. Y es que el principal caricaturista del periódico Reforma, Francisco Calderón, reconoció el 29 de enero pasado, igualmente mediante un mensaje en X, que es beneficiario del programa de Pensiones del Bienestar del Gobierno federal.
Hasta aquí no hay nada extraño ni incorrecto. Se trata de una pensión universal a la que todos, independientemente de sus ideas políticas (o a su falta de ellas), tienen derecho. Nadie debe cooptar ese logro y es una buena noticia que, efectivamente, personas de toda postura política puedan recibir tal acto de reivindicación a los adultos mayores. No hay incongruencia alguna entre ser crítico del Gobierno y recibir una pensión propuesta por éste, por el hecho simple de que los derechos así funcionan y no hay selectividad en ellos.
Lo que sí es resaltable, y asimismo es muy criticable y preocupante, es que este personaje ha mentido abiertamente sobre este programa social por años, porque, sin ninguna evidencia y basado en sus meros prejuicios o malsanos deseos, ha asegurado sin pudor que se trata de “dádivas” o “limosnas” que no resuelven la pobreza y, en cambio, son parte de un programa para conformar una clientela política y cometer con ello delitos electorales.
Desde el año 2004, cuando dibujaba a adultos mayores en éxtasis fanatizado abrazando fotos del entonces Jefe de Gobierno López Obrador; y sin menudear eufemismos contra ese sector para siempre considerarlos una clientela cautiva para actos de mapachería del PRD o, más tarde, de Morena, Calderón ha sostenido que ese programa no sólo no sirve sino que, en el peor de los casos, sólo enturbia elecciones.
Hoy, su propia conducta lo desmiente. Luego de preconizar clientelismo de ese beneficio, el tipo se dio cuenta de que es un derecho universal, porque él mismo lo tramitó y obtuvo, procedimiento que corrió, como puede inferirse, sin ningún tipo de traba, obstáculo o afiliación clientelar. Como un ciudadano más entre los 14.4 millones de personas que son parte de ese programa de justicia, Calderón está hoy en el padrón de beneficiarios que, con toda legitimidad y corrección, reciben una pensión bimestral como reconocimiento a su edad, a su pago de impuestos y a su trayectoria como trabajadores por toda una vida.
Es de suponerse que de haber habido alguna cortapisa clientelar cuando Calderón tramitó ese derecho, se hubiera tratado de un acto ilegítimo, que además él habría gritado, con razón, a los cuatro vientos. Pero no fue así. El monigotero del periódico Reforma y vocero oficioso del narcotraficante García Luna, pudo recibir la pensión sin ningún obstáculo. Si bien eso era lo correcto, en su fuero interno y en su discurso público él estaba obligado a matizar sus críticas, porque la realidad evidenció que se equivocó al asumir como clientelar un programa que él mismo comprobaba como universal.
Es legítimo que él tuviera aún escepticismos ante las pensiones. Es legítimo que él tuviera contraluces o matices que señalar a ese respecto. Pero por honestidad intelectual, su diatriba acerca de que es una treta de mapachería electoral debió quedar zanjada para siempre, por ser, simplemente, una falsedad.
Pero el problema se agrava con otro dato. Calderón no sólo ha mentido sistemáticamente sobre el presunto uso clientelar de esas pensiones, sino que lleva dos décadas insultando, de forma generalizante, sin matiz de ningún tipo y con anatemas racistas, a todos aquellos quienes han sido beneficiarios de ese programa.
Las agresiones a ese respecto han sido algunas como las siguientes: “fócidos del bienestar”; “limosneros”, “masa bovina” o “estira manos”. Todo ello congeniado en cartones donde suele dibujarlos con rasgos físicos que asocian color de piel a estrato económico, en aras de resaltar a ese sector como necesariamente manipulable.
En el último año, y sobre todo en 2024, el panfletero del Reforma escaló en sus diatribas contra ese sector social, los beneficiarios de Programas del Bienestar. Si nos atenemos a que el personaje de marras nació en febrero de 1959 y que la pensión que recibe es para adultos de 65 años y más; es de deducirse que el personajillo ya había tramitado y acaso recibido la pensión cuando persistió en sus publicaciones mintiendo sobre la supuesta trama clientelar del programa e insultando a sus beneficiarios.
Así, el monigotero no sólo debió neutralizar sus propios insultos, sino que debió tragárselos. Cada vez que agredía a un receptor de ese derecho universal, más bien se estaba describiendo a sí mismo. Cuando de forma correcta se le criticó esta incongruencia, el tipo tenía dos caminos: o recular en sus mentiras y matizar sus críticas para volverlas válidas; o insistir en sus mentiras para así convertirse en todos aquellos adjetivos que ha proferido. El tipo optó por lo segundo.
Y, lo que es peor, para justificarse aseguró que si recibe la pensión es porque él “paga impuestos”, cantaleta absurda de los ególatras que creen que son los únicos que hacen eso (aunque, bueno, con Salinas Pliego en la palestra, la duda cabe). Noticias para el señor Calderón: todos los demás beneficiarios del programa que ha atacado por lustros también pagan impuestos. El razonamiento del monero se resume en algo así como “si yo recibo la pensión es mi derecho y soy un salvaguarda del erario; pero si la recibe otro es limosna”. Eso ni siquiera es un simple error conceptual. Eso ni siquiera es una simple equivocación elitista. Es sin más un acto horrible de narcisismo.
Luego de eso, como cargada de los búfalos, varias voces necias del debate público salieron a defender al monero garcialunista, dándole la razón, o, peor, acusando que había una campaña censora en su contra orquestada por Jesús Ramírez, el Gobierno, o sabrá Zeus qué tinieblas del mal orquestaron esta conspiración contra el pobre caricaturista.
De ello se desprende el poco respeto que esas voces le tienen al monigotero. Si de verdad lo apreciaran, en vez de solaparle su doblepensar orwelliano y su narcisismo -donde él no es ni limosnero ni fócido ni nini por recibir una pensión, sino un héroe del tesoro público-, le habrían recomendado un poco de autocrítica. Pero cada palmeo en su espalda fue, sin darse cuenta, una ratificación de que en su pecho se quedan los insultos que el desorbitado caricaturista del Reforma se había proferido a sí mismo por tanto tiempo.
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