Melvin Cantarell Gamboa
El cuerpo que eres
11/02/2026 - 12:05 am
"Los nobles valores creados por Jesús, los convirtió Pablo en valores débiles: desprecio del mundo, odio al cuerpo, ascetismo, obediencia, mansedumbre".

“Sí a todos los placeres siempre y cuando
no perturben la serenidad y
el equilibrio del sabio”
Demócrito.
“Mi cuerpo soy yo íntegramente, y ninguna otra cosa…El intelecto y el espíritu son simples instrumentos al servicio del cuerpo”. F. Nietzsche
“Sin cuerpo no hay experiencia posible. Yo soy mí cuerpo, tú eres tu cuerpo”. La frase suena a provocación y esa es la intención, despertar en ti amable lector interés por tu propio cuerpo, en su existencia biológica y espiritual, en la interacción con otros cuerpos y en las relaciones humanas. La función principal del cuerpo es ser el vínculo entre el yo, los otros y las cosas percibidas. En relación con otros cuerpos, no ver en el otro un objeto, sino el punto de contacto con otras subjetividades, ver la relación con las cosas, desde la perspectiva de una apertura al mundo pues el cuerpo, además de percibir su entorno, hace una interpretación cerebral y cognitiva de lo que le rodea que genera información. Ver la percepción como punto de partida define nuestra relación con la realidad y con el entorno social que se amplía a las relaciones políticas y de poder; desafortunadamente, estos vínculos han convertido al cuerpo humano, en toda sociedad organizada jerárquicamente, en receptor y transmisor de relaciones sociales que actúan en los límites de la libertad y la opresión.
Cuando digo: “Somos nuestro cuerpo”, no me refiero a una entidad metafísica, sino a una fisiología consciente; él cuerpo no es la cárcel del alma ni una máquina de muerte, sino una gran razón plural y activa que supera la conciencia individual; es el campo de batalla de fuerzas y afectos, sede de la voluntad de afirmación vital y una realidad que es fuente de sabiduría y creatividad. En todos los cuerpos humanos existe más sabiduría que en la mejor de las consciencias, porque el cuerpo siente, actúa y se autoorganiza, vence obstáculos, crece y crea, no sobrevive simplemente; razón por lo que Spinoza dijo en su Ética: “Nadie sabe lo que puede un cuerpo” y argumentó para probarlo, “el cuerpo no es una entidad fija y estática, sino una potencia infinita que actúa de diversas maneras, dependiendo de su interacción con otros cuerpos y su contexto”.
De ahí la necesidad de liberar al cuerpo de la opresión y de la miseria espiritual acumulada durante milenios a causa de su sometimiento, proceso que fue configurándose a partir de jerarquizaciones a que llevaron la esclavitud, el servilismo, el vasallaje y la explotación mediante técnicas disciplinarias que hicieron posible el actual sujeto del rendimiento que se cree libre cuando arrastra cadenas y muere de agotamiento a causa de la violencia física y neuronal a que lo somete el sistema capitalista en su versión neoliberal. Ahora bien, la “gran salud” del cuerpo, dice Nietzsche (Genealogía de la moral), sólo se alcanza a través de un estado interior que libera al espíritu del resentimiento, sin importar las prisiones en que anida ni el rincón donde se halle escondido para acercarlo de nuevo a la vida.
Sin embargo, mientras no encontremos las vías correctas para una razón más humana, no se superen las mentiras que dieron lugar al desprecio del cuerpo, sin denunciar los horrores que lo acompañaron en el pasado y abrir paso a una reflexión libre sobre su existencia y su relación con el mundo, todo es inútil, superfluo y desprovisto de razón. La historia de la que se nutrió la civilización occidental, de la que nosotros somos un irrelevante eco lejano, se levantó sobre la destrucción y las ruinas de la cultura y la filosofía griegas; la “civilización” occidental, si somos sinceros, representa el triunfo de la grosería y la violencia sobre la inteligencia y la delicadeza del cuerpo humano.
A partir de su formación como civilización cristiana (durante el imperio romano y a partir de Constantino), occidente adoptó prácticas punitivas contra el cuerpo durante la esclavitud y el feudalismo que se ampliaron hasta el capitalismo; desde entonces, la actitud del poder ha sido constante: sometimiento, castigos corporales, azotes, trabajos forzados, ahorcamientos, guillotina, torturas, cárcel, etc.; penas que han actuado destructivamente sobre el corazón, la mente, los sentimientos, el pensamiento y la voluntad para predisponer a los cuerpos a la aceptación de condiciones de existencia que, de otra manera, hubieran sido inaceptables. Al cuerpo, se le impusieron creencias y valores que cancelaron la posibilidad de que los individuos ejercieran la capacidad de pensar por sí mismos y actuar según lo que consideren conveniente para vivir comunitariamente sin peligros ni violencia.
Ahora bien, de haber sido el sometimiento y la crueldad los únicos caminos para someter al cuerpo, el sistema hubiera colapsado, ya que hubiera exterminado a la mayoría de esos cuerpos explotables y habría sucumbido; para evitarlo suavizó las penas e inventó los derechos sin comprometer su capacidad para castigar y disponer de cuerpos útiles para sus fines e incorporó a su proyecto de dominación la ideología, la religión y el ascetismo cristiano.
En la práctica, ningún poder puede prevalecer sólo con leyes, normas, coacción y violencia, necesita de una política, la política requiere de una ideología y la ideología de relatos que actúen en tiempo histórico para uso faccioso del poder (uso faccioso se refiere a la introducción de elementos perturbadores de la quietud publica); las narrativas y relatos religiosos, por ejemplo, al fundamentarse en ilusiones y no en hechos verdaderos, tienen la ventaja de esconder el propósito de servir a intereses y deseos de dominación, pues unen a grandes grupos humanos más que ningún medio (el recurso ha perdido parte de su eficacia a raíz del surgimiento de las redes sociales). Sin embargo, su eficacia es innegable.
En todos los tiempos las minorías acaudaladas y los grupos dominantes han construido, con el apoyo de profetas, sacerdotes, religiones e iglesias, más la complicidad de los ingenuos, relatos a modo para interconectar a miles de millones de seres sin tener que recurrir a la fuerza, la coacción o la violencia; se trata de verdades inventadas de naturaleza, maleable y adaptable a las circunstancias y al momento que tienen efectos mayores que cien divisiones armadas juntas.
Es así, que occidente opto por el cristianismo, al que “Yo llamo, escribe Nietzsche, la única gran maldición, la única grande intimísima corrupción, el único gran instinto de venganza, para el cual ningún medio es bastante venenoso, sigiloso, subterráneo, pequeño, - yo lo llamo, la única inmortal mancha deshonrosa de la humanidad…la iglesia cristiana ha hecho de todo valor un no valor, de toda verdad una mentira de toda honestidad una bajeza de alma” (El anticristo. Alianza editorial, página 109). Sucedió cuando Pablo inventó el concepto de pecado y San Agustín, la doctrina de pecado original, una visión profundamente negativa de la naturaleza humana y enemiga de la vida y el cuerpo (Ibid. nota 68, página 133).
“Con excepción de Jesús, el último cristiano verdadero, por su forma de vivir y su espíritu libre, lo que hoy conocemos por cristianismo es sólo una doctrina y una institución: la iglesia (católica, ortodoxa, evangelista, etc.), inventada por Pablo; Jesús no habló nunca de iglesia, predicó una verdadera vida, una vida en la verdad vinculada a la vida ordinaria; nada más lejos de él que el burdo sentido de un Pedro eternizado a través de una institución. Los nobles valores creados por Jesús, los convirtió Pablo en valores débiles: desprecio del mundo, odio al cuerpo, ascetismo, obediencia, mansedumbre y esperanza de una vida inmortal en el más allá, sin más fundamento que la nada. Lamentablemente, quien ofrece la esperanza como promesa condena a las personas a sufrir el peor de los males; en la mitología griega, quien da al hombre esperanza prolonga el tormento de los seres humanos (Hesiodo); por todo esto, el cristianismo es antinatural, además de haber hecho de la ignorancia una virtud y del ascetismo (la renuncia a los placeres terrenales) la disciplina por excelencia para acceder al cielo” (ibid.).
Sí el cristianismo subsiste, dice Nietzsche, es porque los locos, los idiotas, los deshechos de la humanidad creen que tienen un alma inmortal; sin embargo, concluye, “lo que yo temo es que el primer cristiano también será el último; Jesús, ese auténtico y único cristiano, desde lo más profundo de su instinto, es un rebelde contra todo lo privilegiado, que vivió y luchó siempre por derechos iguales, el Dios que Pablo creó es la negación de Jesús” (ibid).
El “cristianismo” de Pablo no tiene ningún contacto con la realidad, es enemigo mortal de la sabiduría del mundo al que envenena, calumnia y desacredita, como hace también con el espíritu; en él, la pureza y la severidad de la conciencia, la aristocrática frialdad y libertad del espíritu humano es borrada de un plumazo; por eso Pablo y sus seguidores deshonran la sabiduría del mundo, van contra lo real y contra la historia.
Cuando se hace de la vida el centro de gravedad y no se centra en el más allá, en la nada, la gran mentira de la inmortalidad, que destruye la vida, la razón y la conciencia pierde su eficacia ideológica. Cuan diferente resultaría el sentimiento general de la vida si pudiéramos desembarazarnos de la creencia en el pecado, la culpa, el instinto de venganza y el temor a los infiernos; sólo entonces llegaríamos a comprender lo que es una sagaz sabiduría; sólo entonces, bendeciríamos al enemigo y haríamos el bien a quienes nos han agraviado, para que mueran de repugnancia de sí mismos.
En conclusión, El anticristo de Nietzsche es sólo un símbolo de oposición a los valores cristianos que promueven una moral de la debilidad y la decadencia; de ahí, la necesidad de reivindicar al cuerpo, no verlo como un objeto y reconocer las vivencias corporales como placer, goce y dolor como naturales. El cuerpo es nuestra consciencia del mundo; la carne y la sangre, los sentidos y la sensibilidad, las emociones y la razón son los fundamentos sobre los que descansa la reflexión y comprensión de nuestra propia existencia y de nuestra propia historia.
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