
“Una puerta se había abierto de pronto
por obra de mi intimidad con Melissa,
intimidad más maravillosa aún por ser
inesperada y absolutamente inmerecida”.
Fragmento de “Justine”, de Lawrence Durrell
Esto es un grito de amor. Aquí dejaré todas mis razones y también mi falta de ellas. Necesito terminar esta larga plegaria escrita para poder soltarte de cualquier manera o sujetarte con mis manos siempre torpes, pero siempre fieles.
Escribo con miedo desbordante y nervios aplastantes. Te escribo porque aparte de besar, escribir es otra manera de hacer saber lo que siento, por eso he venido a dejarlo aquí.
Septiembre, mes del silencio y la resaca. Miércoles, día del agua.
Necesito que te enamores de mí porque el viento, los árboles, los puntos suspensivos, los tulipanes, el cementerio de cigarrillos, la voz que urge súplicas, la copa medio vacía, porque sí.
Necesito enloquecer por ti porque las hojas entintadas, la piel suplicante, la niebla de la mañana, la música, los libros para colorear, porque me revientan las manos y la boca por todo lo que ansío escribirte y decirte.
Enamórate de mí porque puedo conocer a los peces, aprender a mirarlos, olerlos, hablarles de tú, porque puedo platicarte sobre Piscis Austrinus en la mitología griega, porque puedo platicarte de ti en mí. Podrías intentarlo porque no solo te amaría una vez sino tantas que no sabrías dónde acomodarlas; porque si somos justas siendo dos en un mundo de miles de millones podríamos enamorarnos todos los días.
Enamórate de mí porque si pierdo la batalla, prometo retirarme y quemar la cinta a como de lugar; porque dejarte ir lo haría gradual y sin destiempos, despacito y sin parar; porque prometo arriesgarme y siempre sonreír en días lluviosos; porque el otoño viene con más fuerza que la última vez; porque no quiero asfixiar toda la música en una sola canción, ni hincharme de pavor y angustia que me dicte redactar tu abandono o el mío porque nunca te pude.
Mujer, los tiempos no siempre se aproximan, ni se entienden, tal vez ni siquiera se sienten, solo muere uno siempre en el otro. Mujer, sé mía, aprende a fusionarte con mis manos torpes y mi sensatez al hablarte de nosotras. Entiende que cuando hablo de amor me muerdo la lengua, los sesos, las entrañas, me tropiezo y no vuelo, gateo, lloro y pataleo porque no hay de otra.
Mujer, escribirte nunca fue tan serio como hoy, ni tan difícil, ni tan tuyo también; pensar en ti nunca me quemó tanto las manos; saber que podría no tenerte jamás fue tan frío.
Mujer, si alguna noche piensas en mí recuerda que nos debemos tantas vidas como años tenemos y recuerda que mi calor no cambia. Si alguna vez piensas en mí debes saber que te besaría suave y para adentro, que te tomaría por la cintura, de preferencia por detrás y te recorrería desde la nuca hasta la última vértebra de la espalda convenciéndote de que las pinzas de un escorpión también salvan.
Enamórate de mí porque hay personas que nacen para estar juntas aunque sea una vez en la historia.
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