
Me llamo Bernarda Noalba y me las doy de señora de abolengo. Nací apiñonada, pero eso sí: con los ojos verdes de mi madre; soy un mal trazo de una trigueña que mide 1.60 y que vive con el eco de «no le cuentes esto a nadie» cuando hablo de alguien más.
Pero hoy hablaré de mí porque los secretos de los otros ya los dije.
Mi madre tiene ascendencia española. Nació rubia, con ojos verdes y tiene en su haber –muy guardada– la historia de mi padre: un indio muy pobre de la sierra norte de Puebla, de quien se enamoró y quien la embarazó de mí y de mis 8 hermanas, y también quien la dejó por otra morena como él. Dios me perdone, pero ojalá nunca reciba en su santísima gloria al hijo de puta ese. Los hombres que dejan a sus mujeres no merecen pasaporte al cielo.
Mi madre no volvió a casarse para que la gente no hablara. Hizo bien.
Y, bueno, yo, odiando la inalterabilidad del destino, me dediqué a repetir solo la mitad de la historia: me casé con un hombre pobre muy trabajador, pero eso sí: muy rubio (como esos güeros de rancho); un tipo con buena suerte que hizo mucho dinero de puro vender verduras y a quien lo único que le reprocho es no haberme inspirado el más pequeño amor.
Tuve la mala suerte de haber nacido en una familia pobre porque nací mestiza y ya después desarrollé todo lo de creerme criolla. Malditos amerindios.
La buena venta de verduras, llevó a Juan a cumplir la primera de mis demandas: vivir en un residencial, vivir bien, vivir bonito como la gente decente de piel así blanquita.
Luego: encajar. Se logra cuando se ofrece carroña al buitre, tributo a los dioses, secretos. Se logra preparando cenas con vecinas en donde hablamos (maravillas) de nuestros esposos, de nuestros viajes, de nuestras hijas vírgenes preparatorianas que asisten a un instituto de señoritas bien y quienes están obligadas todas las tardes a rezar un rosario para limpiar sus pecados y de paso me los limpien a mí.
Me casé sin estar enamorada. Tuve hijos sin estar enamorada. Me casé por aquello que la gente sensata debería de casarse: por interés. He hecho cuanto he querido sin amor y mi precio ha sido la envidia plena de caminar algún día, cualquier calle, con libertad.
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