Mario Campa

La trampa de los minerales críticos

11/02/2026 - 12:04 am

"La carrera minera entre superpotencias abre oportunidades de exportación para América Latina, pero también siembra amenazas de concentración comercial".

El gobierno de Trump está en una contrarreloj para impugnar el dominio de China en minerales críticos: insumos esenciales para tecnologías avanzadas, infraestructura energética y sistemas de defensa. El control casi total de China sobre la tabla periódica, y su disposición a utilizar ese dominio como arma defensiva, puso a Estados Unidos y sus aliados en alerta. En una anomalía histórica, tanto Biden como Trump intervinieron con políticas industriales formadoras de mercados. No es para menos. Precipitada por la guerra comercial, una carrera otrora subterránea que podría tener como recompensa la hegemonía económica global emerge a la pista central de la geopolítica.

Los minerales críticos son aquellos que un país considera vitales para su economía o seguridad nacional, pero que puede tener dificultades para conseguir. Las listas varían entre países en función de los recursos poseídos y de las industrias establecidas. Por ejemplo, mientras el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) enlistó 60 minerales críticos a finales del 2025, la Unión Europea y el Reino Unido expandieron el listado a 34 materiales estratégicos en 2023 y 2024, respectivamente; por su parte, China suele trabajar con catálogos de controles de exportación flexibles a la coyuntura. Algunos de los minerales críticos más comunes cuya demanda está prevista para aumentar en los próximos años son: el cobre, ​​utilizado en infraestructura energética y construcción; el litio, para almacenamiento de energía; el cobalto, para baterías portátiles y aleaciones de alta resistencia a menudo utilizadas en turbinas eólicas; el grafito, para pilas de combustible, baterías, lubricantes y energía nuclear, y las tierras raras, esenciales en los microchips, cruciales desde la defensa hasta la electromovilidad y la salud. En general, sin una oferta estable y predecible de estos insumos, las cadenas de suministro podrían tensarse hasta afectar de manera desproporcionada a la economía en tiempos de paz y, sobre todo, de guerra.

Los minerales críticos más comunes se distribuyen globalmente, aunque algunos países poseen ingentes reservas. Por ejemplo, el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) estima que China posee 44 millones de toneladas de reservas de tierras raras, mientras que Brasil posee 21 millones, India 6.9 millones, Australia 5.7 millones y Rusia 3.8 millones. Groenlandia, país de repentino interés geopolítico, tiene 1.5 millones de toneladas en reservas de tierras raras, valuadas en 1.5 billones de dólares, que rondan las 1.9 millones de toneladas de los Estados Unidos. Por otra parte, en cuanto a metales y minerales más convencionales, la Agencia Internacional de Energía afirma que los proyectos mineros actuales cubrirían la demanda en la mayoría de los casos pero que, a partir de la década de 2030, tanto el cobre como el litio podrían enfrentar déficits.

Washington redefinió el financiamiento a la industria minera como un instrumento de seguridad nacional que combina capital estatal, garantías de precios y acuerdos de compra a largo plazo. Para el ojo atento, acontece un cambio estructural: respaldadas por el Estado, las empresas mineras estadounidenses ya no sólo compiten con los mercados, sino con la industria china. Desde la óptica occidental, el modelo garantiza la certeza financiera de los proyectos, ayuda a atraer nuevos inversores y acelera el desarrollo. El respaldo gubernamental también protege a las empresas estadounidenses de la capacidad de China para socavar a los productores con precios artificialmente bajos. Sin exagerar, implica un cambio de paradigma.

En una clara ruptura con la historia de intervencionismo mínimo de Estados Unidos en tiempos de paz, el gobierno de Trump tomó una participación accionaria o tiene acuerdos para hacerlo con al menos 10 empresas. Muchas de las inversiones respaldaron a empresas minerales críticas más pequeñas, como USA Rare Earth y MP Materials, pero también incluyen grandes empresas industriales y tecnológicas como U. S. Steel e Intel. Altos funcionarios federales, como el secretario de Comercio, Howard Lutnick, y el secretario del Interior, Doug Burgum, han argumentado que el gobierno estadounidense está invirtiendo en industrias estratégicas para reducir la dependencia de Taiwán en el caso de los semiconductores y de China en minerales críticos. Mediante intervenciones, el Estado se asocia en directo con privados, dentro y fuera de Estados Unidos.

Las medidas atípicas forman parte de una estrategia más amplia. Estados Unidos dominó en su momento las tierras raras a través de la mina Mountain Pass en California, que cerró en 2002 debido al peso de las regulaciones ambientales. China llenó ese vacío. Con el 85 por ciento del procesamiento mundial de tierras raras controlado por China y el 78 por ciento de los sistemas de armas del Departamento de Defensa dependientes de estos minerales, las reservas estadounidenses se están agotando, lo que pone en peligro la seguridad de las cadenas de suministro. Viendo amenazado el trono hegemónico, Washington entró en modo urgencia. En abril de 2025, Estados Unidos y Ucrania sentaron las bases de un acuerdo sobre minerales críticos que abarca litio, cobre, zinc, titanio, níquel, cobalto y tierras raras, con regalías reinvertidas en la minería. En el verano, Trump impuso aranceles desproporcionados a las importaciones chinas, lo que llevó a Pekín a tomar represalias restringiendo las exportaciones de tierras raras a las empresas de defensa estadounidenses. El talón de Aquiles estadounidense es la carencia de una cadena de suministro completa.

En esta coyuntura donde confluye la furia y el ruido de Trump con una guerra comercial entre superpotencias, el Departamento de Estado organizó a inicios de febrero el primer evento ministerial sobre minerales críticos, al que asistieron aliados de Estados Unidos. En él, el país sede firmó once nuevos marcos bilaterales sobre minerales críticos o memorandos de entendimiento (MoU) con países como Argentina, Ecuador, Paraguay, Perú, Filipinas, Emiratos Árabes Unidos, el Reino Unido y Uzbekistán, adicionales a 27 negociaciones cerradas o acuerdos logrados en los últimos cinco meses. Trump también creó una reserva de minerales críticos (Project Vault) por 12 mil millones de dólares con 10 mil de ellos en crédito del banco EXIM y el resto (dos mil) del sector privado. Todo sumado, el gobierno está movilizando recursos sin precedentes para asegurar cadenas de suministro de los minerales críticos, soltando en los últimos seis meses más de 30 mil millones de dólares en cartas de interés, inversiones y préstamos en asociación con el sector privado.

La carrera minera entre superpotencias abre oportunidades de exportación para América Latina, pero también siembra amenazas de concentración comercial y dependencia extractivista. Washington pretende importar bienes poco procesados de economías atrasadas para agregar valor industrial en casa. Dado que la mayoría de los apoyos y subsidios benefician a empresas estadounidenses en patio ajeno, el retorno para los países se ciñe a la creación marginal de empleo y a la recaudación tributaria. Por su escasa innovación y las pocas derramas que genera, la minería puede retrasar planes de industrialización si los gobiernos abandonan la planeación estratégica y la dejan a la suerte de un mercado que procura pagar menos impuestos en paraísos fiscales, esquivar la regulación ambiental, minimizar la voz de los trabajadores, drenar zonas en estrés hídrico y agregar valor en naciones con bazucas de subsidios. En esas condiciones de juego, la región obtendría una victoria pírrica a cambio de subordinación productiva.

Para abordar desafíos existenciales, los gobiernos están recuperando las políticas industriales, caídas en desuso durante décadas. En ese contexto de nuevas posibilidades, facilitadas por Trump y su agenda ultranacionalista, Estados Unidos trastoca el paradigma del intervencionismo mínimo. Si los países de la región prestan atención, podrían surfear la ola con el bono de legitimidad obsequiado. Pero si caen en la trampa y quedan a expensas de Washington y del fundamentalismo de mercado, un estancamiento en el extractivismo subordinado equivaldría a tirar oportunidades de varias generaciones por la ventana.

Mario Campa

Mario A. Campa Molina es economista político e industrial, graduado del MPA de la Universidad de Columbia (2013-2015). Colabora como columnista y panelista en diversos medios y es editor contribuyente... Ver más

MÁS EN Opinión

MÁS EN Opinión