Y para consolarnos y hacer más llevadera nuestra quietud, hemos cambiado la vida que quisiéramos vivir al territorio de la fantasía. Foto: Óscar de la Borbolla.

Todo en la naturaleza es infinitamente diverso y cambiante, incluso nosotros y, por ello, no es extraño que lo monótono nos produzca aburrimiento ni que la permanencia termine por cegarnos, pues sólo la alternancia es capaz de mantenernos alerta o interesados, con los ojos abiertos. Ante lo monótono: una pared lisa -blanca de un borde al otro- o ante un lago sin oleaje es muy fácil quedarnos dormidos; en cambio, frente a lo inestable, lo voluble, lo mutable, nuestro ánimo se enciende y somos capaces de mantenernos con la atención despierta.

Estamos hechos para la diversidad que compone el mundo y, sin embargo, la vida nos fuerza a mantenernos en lo mismo, no sólo para ser sustentable sino posible; en el mismo oficio, en la misma cueva, en la misma red de relaciones afectivas (pareja, amigos, parientes…), y aunque nada de eso es para siempre, pues el oficio se abandona o se acaba, se muda uno de casa o cambia de pareja y de amigos y, en ocasiones, hasta se da el caso de romper con la familia, todos estos vínculos suelen ser relativamente estables y, para los efectos prácticos, uno se convierte, como decía Óscar Wilde, en “un animal de costumbres”.

Y es que la vida nos impone rutinas que no pueden variar: dormir regularmente, comer regularmente y una serie interminable de hábitos que van haciendo de la existencia de cada quien un molde rígido, pues, además, la destreza en ese oficio que cada quien haya elegido no se conquista en la mudanza, sino en la persistencia; ni el amor se ahonda cuando uno va mariposeando sin mantener una convivencia dedicada; ni la amistad es capaz de construir un vínculo sólido y solidario si no se le dedica ese “tiempo de calidad,” que permite que se compartan muchas experiencias. Todo lo que construimos supone estabilidad y permanencia y, sin embargo, insisto, estamos hechos para el cambio. Contra nuestra naturaleza nómada y aventurera, la agricultura nos arraigó a la tierra. Contra nuestro impulso más atávico: explorar y asomarnos a lo ignoto, la sociedad terminó por encerrarnos en un campo enrejado con asfalto y nos hizo depender unos de otros con la división del trabajo. Contra nuestra más honda condición: seres hechos para morir, nos contuvimos y optamos por la comodidad tibia de lo doméstico y, claro, nos aburrimos, pues no pertenece a nuestra condición contemplar de fijo la monotonía de una pared blanca, y por ello nos quedamos dormidos contemplándola.

Y para consolarnos y hacer más llevadera nuestra quietud, hemos cambiado la vida que quisiéramos vivir al territorio de la fantasía: sentados en lo más estático y muelle de nuestro achicado universo, vivimos de prestado lo que ocurre en las series televisivas, en las películas, en las novelas, en todo aquello que nos brinde el narcótico de una simulación, que nos preste un poco del oxígeno de la diversidad. Y era lógico que termináramos aquí, pues quienes no se arraigaron, los nómadas, no tuvieron descendencia; somos los herederos de las anclas, no de las velas: pertenecemos a la estirpe que traicionó la diversidad del mundo, y hoy, todos metidos en el confinamiento y encarados a la realidad virtual, comprendemos melancólicos la frase con la que finaliza uno de los manifiestos surrealistas: “la verdadera vida está en otra parte”.

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