Me gustan los aeropuertos. Me gusta su estatuto de paso, me gusta su carácter de no lugar, me gusta su promesa de llevarnos a otro lugar y quizás en el camino a otro tiempo. Me gusta estar en aeropuertos y me gusta estar solo en aeropuertos. Me gusta estar en ese estado de limbo, transicional, uterino casi, que supone pasear por un aeropuerto. Me gustan los aeropuertos porque son un emblema de la modernidad, un emblema de cuando todavía era deseable y glamoroso trasladarse de un lado del mundo.
Por Nicolás Alvarado
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