Julieta Cardona

Me enamoré de la novia de mi mejor amiga

Actualmente, ya que en mi vida está de moda el sentirme valiente y hacerme responsable de mis actos, platicaré un suceso, porque mientras más se verbaliza, más se le resta autonomía, y ese es el fin último.

El crimen más grande que he cometido ha sido haberme enamorado de la ex novia de mi mejor amiga Gisela.

Anteriormente escribí un texto titulado “La primera vez que fui infiel”, donde explico que Gisela tuvo la desdicha de cargar con mi primera infidelidad porque fue a ella a quien le fui infiel. Y no me da orgullo decirlo, ni me siento rebelde, dichosa o cínica, pero sí me siento liberada, y ese también es el fin último.

Es verdad, y entrando en un tema paralelo: uno de los mayores crímenes ante los otros es enamorarse de la persona que tuvo un vínculo íntimo con nuestra mejor amiga(o). No estoy de acuerdo, ¿por qué defender a muerte un contrato de exclusividad inexistente de nuestra ex pareja? Cosa únicamente digna de las mentes insanas que dejan todos los círculos que tuvieron alguna vez, abiertos.

Pero volviendo a lo mío: me había enamorado de la novia de Gisela (en aquél entonces) y no podía moverme de lugar, ¿hacia dónde correría? Tenía tanto miedo que me sobraba.

Me había encontrado con esta mujer en un espacio que no nos pertenecía porque si dos cuerpos se ubican cómodamente en un espacio, no significa que les pertenezca , y si entonces dos almas se sincronizan en un mismo lugar, se pertenecen, pero tal vez no en esta vida; yo quería vivir un amor que en esta vida no se podía, porque la culpa, porque el amor a mi mejor amiga, porque los prejuicios, porque para vivir un amor se necesitan dos y yo solo era una.

Entonces nuestro último diálogo:

—Lo matas tú o lo mato yo.—Ella llegó a mi casa vociferando en tono alto mientras yo estaba sentada en la sala fumando un puro viejo que había encontrado en mi alcoba.

—¿De qué estás hablando?—dije fingiendo completa incomprensión. Ella me miraba seria, muy seria. Hablaba de amor, del nuestro. Y yo estaba a punto de ser una verdadera cómplice o la asesina más alcoholizada de la historia, de la nuestra.

Entonces seguí:

—Odio las rimas, los versos, los gatos y las flores. Detesto el olor de las mañanas y el dolor de los colchones usados. Amaba verte entrar furtiva por mi puerta alguna noche, tu sarcasmo, tu voz; amé todo en potencia. –y no dije más.

—Odio tu estúpida condescendencia, tu completa ceguera y tu minúscula memoria. Me aterra tanta fuerza tuya y tantas vidas en una sola. Amaba sentirte al despertar, el calor de tu cabello, tu obstinación, el sonido de ti.—dijo después de cerrar la puerta que ya jamás se abriría.

Escribí el diálogo porque nunca sucedió, porque más veces de la que muchos imaginan y yo misma imagino, me gustaría que hubiera pasado lo que escribo porque es otra forma de darle vida a un final que inevitablemente llegaría.

Yo amaba desmesuradamente a Gisela, quien también era mi cómplice, mi compañera de viaje, uno de los amores de mi vida, pero mi carne había deslizado y aposté todo por su mujer, la única que me hiciera llorar, tal como el ludópata apuesta todo por la carta que lo hunde.

Gisela se desvaneció como se desvanece la neblina sin saber en qué punto cardinal refugiarse: si al acogimiento del cielo o a la plena desesperanza de las gotas de agua en la atmósfera que no saben a dónde van. Gisela se fue y no la culpo, ni siquiera culpo su falta de perdón.

De este suceso gané cientos de textos de desamor, gané palabras recias que salieron de gargantas lastimadas con razón, gané desestima, gané puñaladas por la espalda no merecidas, gané el perdón propio; perdí una amiga, perdí una mujer que nunca fue mía, perdí el perdón ajeno que nunca se me dio.

Esperando que esta moda y esta responsabilidad por mis actos me duren toda la vida, el hecho está escrito, y no hay vuelta atrás, ni adelante, solo hoy, por eso escribo hasta donde ya no puedo, porque aprendí a sostener mi propia agonía como se sostiene el final en una ópera de Verdi: con inquietud desbordante.

Después de todo, quiero y es necesario confesar que, aunque tarde, perdoné a la mujer dueña de mi abismo, la perdoné porque no la necesitaba en mis entrañas; la perdoné porque necesitaba librarme de ella; la perdoné porque vi en su cuerpo el paracaídas que no pudo abrir, pero sobre todo, la perdoné porque nunca me quiso.

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