Alguna vez alguien me dijo: “Todos esos que hablan de la muerte no saben lo que están diciendo, ellos nunca se han muerto para saber de lo que hablan. Si yo quisiera escribir de lo que es la muerte y no la vida, ya me hubiera muerto tres veces”.
No hablo de la muerte porque no sé qué decir que no se asemeje al vacío. Qué divino sería que llegara encarnando a Brad Pitt, que Brad se llame Joe Black y que seamos la hija de un multimillonario al que se lo cargará la chingada con previo aviso, pero no sé qué decir que no se asemeje al vacío.
Cuando pienso en la muerte recuerdo a mi abuela embalsamada adentro de un féretro barato en un lugar más frío que el invierno, recuerdo a la Santa Evita de Tomás Eloy, recuerdo a esos amores no consumados que me hicieron morir poquito, recuerdo panteones que también son la propia memoria, recuerdo llantos, gritos, coronas de flores blancas (feas, muy feas), susurros, el color negro (tan bonito y tan mal visto en todos aquellos), e insulsos rezos que parecían no tener fin.
Tengo deseos para el día de mi muerte, también un testamento que respalde mis deseos. Quiero que diga más o menos así:
«No dejen entrar a los hipócritas. No dejen entrar a más de la mitad.
El negro úsenlo porque es hermoso, no porque represente el fin de la vida. O hagan lo que quieran, igual no sé si desde donde esté podré verlos para reírme de los hipócritas que se colaron.
Quisiera que no lloraran, pero asumo que será inevitable en mis cercanos. Igual solamente estoy escribiendo lo que quisiera, como siempre.
Quisiera que bebieran mucho brandy y si todo terminara en una orgía maravillosa, entonces también estaría bien aunque yo no estuviera ahí. Ya qué.
Quisiera que no reinara el silencio y los murmullos. ¿A qué se le guarda respeto con silencio, a un muerto? No sean ridículos.
No quiero estupideces religiosas. A las señoras que comiencen con el rosario o algún protocolo parecido, por favor sáquenlas con una patada en el culo. No me interesa que sean mis tías.
Todos mis libros son para mis hermanos. (Tengo seis libros que no me pertenecen, favor de entregarlos a su dueño).
Pongan mi música.
Nada de quedarse toda la noche a lamentar mi pérdida (a menos que suceda la orgía), ni que les sobrara el tiempo.
Crémenme, siempre odié a los gusanos.
No sé dónde quiero que esparzan mis cenizas. Enviaré un telegrama.
Donen cualquier órgano que aún sirva según mis condiciones de muerte. Que si mi hígado sirve, el pinche milagro del mundo.
Entiendan que no se llora por mí sino por ustedes mismos; realmente no se lamenta el fin de mi vida sino que no tendrán, por lo menos a mediano plazo, con quien suplantar mi humor ácido y maravilloso, aunado a mi graciosa y fingida soberbia.
Pónganme una botella de brandi en donde sepan que me la llevaré, tal vez hacia donde camino el brandi sea lo único que necesito porque el corazón lo dejé regado en cada uno de los que amé.
Si piensan en mí no me invoquen porque siempre fui muy puntual.
Regresaría a la tierra para cuidar a mis hermanos y volver a besar a mis padres.
Debajo de mi almohada hay una hoja atestada de palabras dulces. Esa carta es para que sepa que siempre la guardé cerca de mis sueños y de mí. Esa hoja es para la última mujer de mi vida que adoré con frenesí desde que nos sonreímos por primera vez sin saber que ya escribíamos la historia más grande de amor, para mi eterno retorno».
Como verán, no tengo mucho qué decir porque no he callado mucho en vida, siempre he escupido lo que me viene a la mente, incluso cuando sé que puedo perder a quien amo.
La muerte, ese otro trámite carísimo y burocrático, ese otro negocio, ese duelo que muchos no saben cómo librar, eso que no sé si entiendo, esa evocación al recuerdo a veces dura lo que una vida.
@hartatedemi
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